Que no, hombre, que no es la ilusión, carajo

La publicidad no es algo que tenga demasiado efecto en mí, lo reconozco. Ocasionalmente, algún anuncio o estrategia publicitaria me parece ocurrente o gracioso, pero por lo general me deja indiferente o, directamente, me resulta molesta. Incluso cuando el anuncio en cuestión me gusta, no influye demasiado en mí a la hora de decidirme o no por el producto en cuestión que se esté anunciando.

Por suerte, no la sufro en exceso. La mayor parte de las veces que me pongo a ver algo en la tele es algún DVD y, cuando no, doy siempre gracias por los canales temáticos en los que la publicidad se limita a poco más que los anuncios de los próximos programas del canal en cuestión. En cuanto a la radio, me temo que la escucho sólo los veinte minutos matutinos que tardo de llegar de mi casa al trabajo.

Y ahí es donde sí, la sufro. Cada día más. Y un tipo de publicidad muy concreta. Cada vez que oigo uno de sus anuncios me pregunto qué les habré hecho yo a esos publicistas para que me atormenten de esa manera con su “ingenio”.

Hablo de los anuncios radiofónicos de la ONCE, que un día tras otro, una semana tras otra, me llenan de propósitos homicidas y me hacen preguntarme cómo es que han encontrado trabajo los tipos que han escrito esa bazofia que va de lo directamente deleznable a lo cursi, pasando por lo simplemente molesto. Haciendo un chiste que de políticiamente correcto tiene más bien poco: vale que los de la ONCE son ciegos… ¿pero están sordos además? Porque no me cabe en la cabeza que alguien haya aprobado emitir tonterías supinas como eso de “estoy nervioso porque empiezo a trabajar, ¿será la ilusión?” o “mi marido y yo atrapamos un duende que nadaba a mariposa” y que hacen que cada vez que lo oigo prefiera machacarme los atributos sexuales con un par de ladrillos antes que comprar un maldito cupón, rasca, combo o lo que sea que vendan ahora, que encima parece que venden de todo.

Y es curioso, porque recuerdo campañas publicitarias de la ONCE de hace unos años que eran verdaderamente novedosas y originales y atraían la atención del público.

Sí, ya sé que soy un bicho raro porque, como he dicho antes, la publicidad no tiene demasiado efecto en mí. Quizá desde que leí El fin de la Eternidad de Asimov y encontré aquel momento en que dos personajes están analizando las técnicas publicitarias del siglo XX y uno de ellos dice:

¿Quién puede ser tan estúpido como para creer a una persona que ensalza su propio producto? ¿Acaso va a confesar sus defectos?

Por supuesto, las estrategias publicitarias han cambiado enormemente desde que Asimov escribió su novela (y al respecto recomiendo el post de Sergio Iglesias en su Materia oscura sobre la publicidad viral y otras zarandajas) y con el tiempo se han alcanzado verdaderos refinamientos en las distintas tácticas y trucos para que tu producto venda más que el de la competencia.

Estoy seguro de que el trabajo de una agencia de publicidad tiene un gran mérito . Y que es enormemente creativo, no lo dudo. Y dudo menos aún que los publicistas que trabajan para la ONCE se hayan estrujado las neuronas a fondo en sus últimas campañas. Claro que el resultado de pensar eso, no es llegar a la conclusión de cómo mola y qué originales son, sino a la de preguntarme acerca del buen estado de esas neuronas y cómo habrá sido posible que se degraden hasta tal punto. De hecho, cuando oigo sus anuncios no puedo evitar acordarme, no sé por qué, de aquello que dicen que le dijo un editor a un escritor: “Su novela es buena y original. Desgraciadamente, las partes buenas no son originales y las partes originales no son buenas”.

© 2006, Rodolfo Martínez

3 comentarios

  1. Pues acerca de la publicidad, supongo que habras leído “Los mercaderes del Espacio”. En las primeras hojas o primeros capítulos se muestran ideas especialmente interesantes sobre la publicidad. “Interesantes” en el sentido de que interesa saberlas por lo retorcidas que son.

    Totalmente de acuerdo con las chorradas publicitarias de la ONCE que comentas. Por lo general, tampoco tengo que tragar demasiada publicidad porque veo los canáles temáticos o me desgargo las películas de SF de hace varias décadas por el Emule… Quiero pensar que la mayor parte de la publicidad me pasa -por suerte- desapercibida, porque si no andaría volviéndome loco como en la escena del bombero Montag…

  2. Por supuesto, he leído tanto \”Mercaderes del espacio\” como \”La guerra de los mercaderes\”, su continuación. Y sí, el análisis que se hace allí del mundo de la publicidad es escalofriante. Y, por desgracia, me temo que muy real.

  3. De hecho, si no recuerdo mal, Frederick Pohl trabajó de publicista en su día, así que sabe muy bien de qué habla.

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