Los fanzines de los 90: Sueño del Fevre

Sueño del Fevre 3Todo empezó con el Círculo de Lhork. Allí fue donde conocí a Carlos Díaz Maroto, por aquel entonces editor de Sueño del Fevre, posiblemente el más eminente fanzine-tocho de los noventa. ¿Que por qué lo llamo así?: por sus ciento y pico —y era un pico largo— páginas de apretada letra y variado e interesante contenido. El otro fanzine que entraba dentro de esa categoría era, sin duda, Núcleo Ubik, del que hablaremos en otra ocasión.

No estuve mucho tiempo en el Círculo de Lhork. Y acabé yéndome, junto a algunas personas más, porque no me gustaba mucho el modo en que se gestionaba. Dejémoslo ahí. A estas alturas, la historia completa no importa demasiado, la verdad.

Perdí contacto con la mayoría de sus integrantes, pero Carlos fue la excepción. Seguimos carteándonos y yo colaboré en su fanzine alguna que otra vez. Ahora mismo recuerdo tres cuentos: “Más allá de la biblioteca” (un intento de cuento lovecraftiano ambientado en mi universo de Drímar); “Perversión” (un relato de CF en el que intentaba darle la vuelta a algunas ideas y jugar con algunos tabúes); y “Encerrada” (de nuevo un cuento de inversión de ideas). Los dos primeros no eran nada del otro mundo, en realidad, pero el tercero aún me sigue pareciendo interesante; lo bastante, al menos para incluirlo en mi antología Laberintos de espejo.

Sueño del Fevre era un fanzine de cadencia muy irregular: salía cuando Carlos se lo podía permitir, aunque más o menos aparecía una vez al año. Dada la extensión de cada número no es sorprendente. Estaba dedicado fundamentalmente a… la fantasía y el terror, supongo, aunque no rechazaba la ciencia ficción, y en sus páginas alternaban la reproducción de cuentos clásicos del círculo de Lovecraft o de la época dorada de Weird Tales, relatos modernos de autores del fandom, artículos, críticas, estudios sobre la obra de un autor determinado y alguna que otra sección de cachondeo, como “The Sausalito News” que aún hoy recuerdo con una media sonrisa y donde en plan de coña marinera se daban falsas noticias sobre el mundo del fantástico, el cómic o el cine.

Como he dicho sobrepasaba con creces las cien páginas en A5 (de hecho, creo recordar que alguna vez llegó a rondar las doscientas) y, aunque se hacía esperar lo suyo el maldito, cuando llegaba era un auténtico festín: lectura garantizada para una buena temporada.

Estuvo hibernado una temporada y luego resucitó en un formato más razonable en cuanto a la extensión, aunque para mí había perdido buena parte de su encanto de cosa artesanal y cuidada. Tras eso, se sumergió en el mismo limbo fanzinero que prácticamente todas las publicaciones de aficionados de la época.

La relación con Carlos fue apagándose con los años, sin morir del todo. Sólo nos hemos visto tres veces (en Gijón en 1993 y 1998 y en Getafe en 2003), siempre encuentros fugaces en los que rememorábamos viejos tiempos y prometíamos al otro entregarle un ejemplar de nuestro último libro (él ha escrito varios sobre cine de género), cosa que nunca hemos hecho. Seguramente haremos lo mismo la próxima vez que nos veamos.

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