Iain Banks (3): Una canción de piedra

Una canción de piedraUn aristócrata pedante y amoral. Una amante silenciosa e inescrutable. Una teniente de milicianos que intenta sacar todo el provecho posible a la situación. Y como fondo un castillo, una guerra absurda, una civilización que se derrumba.

Con esas premisas Banks construye una novela extrañamente intemporal en la que sabemos que la guerra es contemporánea por las armas que se usan, pero a veces tenemos la impresión de estar en uno cualquiera de los conflictos que han sacudido a Europa en los últimos mil años; una novela de relaciones malsanas que solo poco a poco (y a través de los ojos de su altivo, hastiado y ocasionalmente cursi narrador) se van revelando tal y como son; una novela que es como un larguísimo callejón sin salida que solo puede desembocar en la muerte, el dolor y la culpa.

El ritmo de Una canción de piedra es tranquilo y a veces casi parece que la novela no se mueve: una vez que la teniente rapta al narrador y a su amante y los obliga a regresar al castillo del que han escapado, uno tiene la sensación, una página tras otra, de que no está ocurriendo nada, de que estamos atrapados en el mismo instante del tiempo que se nos obliga a recorrer una y otra vez.

Pero no es cierto. Poco a poco, de una forma casi imperceptible (tanto que casi hasta llegar al final no somos conscientes de ello), todo se va deteriorando. Las situaciones se repiten, pero con cada repetición vemos más grietas en el paisaje, el escenario parece cada vez más arruinado, y de pronto tenemos la sensación de que estamos al final de la vida del universo, que poco queda ya por hacer, por vivir, por contemplar, como no sea asistir impotentes a ese final imprevisto (y sin embargo inevitable) en que los acontecimientos se precipitan para todos y la novela da un salto al vacío del que ya no puede regresar.

Banks ha sabido construir una historia sofocante, que uno sigue leyendo casi sin más intención que llegar al final y escapar del extraño, retorcido y desagradable mundo en el que nos ha metido. Pero ese final, cuando llega, no nos produce liberación alguna. Lo único que podemos hacer es luchar contra el deseo (que no nos es concedido) de apartar la vista, solo para darnos cuenta de que, al igual que el narrador de la novela, somos incapaces de cerrar los ojos y poco podemos hacer más que asistir impotentes al espectáculo atroz que se desarrolla ante nosotros.

Uno cierra este libro con alivio, agradece haberlo terminado y procura no pensar más en él. Intento condenado al fracaso, porque las imágenes vuelven a nuestra mente una y otra vez y, como sus personajes, nos encontramos con que no podemos escapar del universo sin salida que Banks ha construido para nosotros y para ellos.

No hay salida, como no sea la del olvido eterno. Ya veces tememos que ni siquiera esa sea suficiente.

© 2006, Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. No he leído esa novela de Iain Banks. Si no me equivoco, está descatalogada en Mondadori. ¿Dónde la has encontrado? ¿O ya la tenías?
    Gracias.

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