El Superman de los Fleischer

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que el primer largometraje de animación iba a ser Los viajes de Gulliver en lugar de Blancanieves y los siete enanitos. Cuentan esos mismos hombres que alguien de la competencia se las arregló para crear problemas sindicales en los estudios Fleischer lo bastante graves para que retrasaran su producción, de modo que la película de los estudios Disney se estrenó antes. Así, la historia que conocemos es la del ascenso irrefrenable de Disney y el paulatino hundimiento de Fleischer, pero bien pudo haber sido la contraria.

Hay un epílogo irónico a todo esto: y es el hecho de que, años más tarde, Disney contrataría al sobrino de Max Fleischer, Richard, para que dirigiera la versión en imagen real de 20.000 leguas de viaje submarino. ¿Fue una especie de desagravio simbólico, una coincidencia, una burla del enemigo caído? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, a principios de los años cuarenta, los Estudios Fleischer vivían un furor creativo que estuvo a punto de ponerlos a la cabeza de la industria de animación americana. Y una prueba de ello son los dos seriales que adaptaron por primera vez las aventuras de Superman a la pantalla.

Vistos hoy, estos episodios se nos caen de puro ingenuos y simplistas (basta echarles un vistazo a algunos de los títulos de la serie); lo mismo, por cierto, que les pasa a los comic-books de aquella época. Pero, al contrario que éstos, la serie de dibujos animados dedicada al Hombre de Acero aún puede ser vista y disfrutada sin rubor porque, prescindiendo de argumentos más o menos conseguidos, guiones más o menos complejos o personajes mejor o peor delineados, visualmente aún puede compararse —a más de cincuenta años vista— con los mejores productos de animación del cine actual.

El Superman de Fleischer se mueve, respira, vive y vuela con una gracia, una naturalidad, una fluidez que sólo volveremos a encontrar treinta años más tarde en las primera películas protagonizadas por Christopher Reeve. Lo que el equipo técnico a las órdenes de Richard Donner y los Salkind lograrían merced a un derroche interminable de efectos especiales y técnicas cinematográficas (y sus buenas dosis de ingenio e improvisación sobre la marcha, todo hay que decirlo), aquí se consigue gracias a muchas horas de trabajo en el tablero de dibujo (logrando un diseño visual de los personajes que marcará —casi me atrevería a decir que para siempre— cualquier acercamiento posterior a los mismos) y una dedicación artesanal (casi medieval por lo detallada y obsesiva) empeñada en lograr que los movimientos de los personajes animados fueran lo más naturales y fluidos posibles. No es de extrañar que el primer episodio costase la friolera de cincuenta mil dólares (de 1941) y los siguientes salieran a treinta mil cada uno.

La estrella de Max y Dave Fleischer, como hemos dicho, iría apagándose paulatinamente, pero no así su influencia entre animadores posteriores y, especialmente, en el entorno visual del universo del Hombre de Acero. Superman es un personaje que, si bien vive lo fundamental de su vida tras las cubiertas en cuatricromía de los cuadernillos del comic-book, no ha tenido el menor empacho en nutrirse de lo aportado por otros medios y en utilizar tales aportaciones para enriquecer sus mitos. Por mencionar sólo dos, la kryptonita y Lex Luthor (ambos elementos fundamentales de su mitología desde casi siempre) aparecieron por primera vez, no en las páginas del cómic, sino en los seriales de radio. El cómic, sin embargo, los incorporó y los hizo suyos hasta el extremo de que difícilmente hoy concebimos a Superman sin ellos.

Del mismo modo han sido muchos los dibujantes que se han enfrentado al Hombre de Acero influidos por el modo en que Max Fleischer lo representó en la pantalla animada. Por mencionar sólo un ejemplo relativamente reciente: échenle un vistazo a la obra Los mejores del mundo y comprenderán enseguida que Steve Rude tenía muy en mente el Superman de los estudios Fleischer cuando dibujaba el suyo.

Para los fans de Superman estos episodios son imprescindibles si quieren comprender buena parte de la historia visual posterior del personaje. Para los aficionados al cine de dibujos animados también, pues los acercará a una forma de hacer animación que, sin ayuda de ordenadores ni potentes gráficos digitales, fue capaz de crear productos de auténtico lujo con sólo un par de herramientas: el trabajo duro y la creatividad.

En estos dos DVDs se recoge completo el serial original. De hecho, en el primero podremos ver todos los episodios, tanto los realizados directamente bajo la batuta de Max y Dave Fleischer como aquellos hechos por los estudios pero sin que los hermanos Felisher estuvieran al frente. En el segundo, el titulado «The lost episodes», aparecen sólo estos últimos.

El motivo de tan extraña edición es bien simple: en realidad el DVD que recoge los «episodios perdidos» se editó antes que el que incluye la serie completa y por una compañía distinta.

Por lo demás, ambos DVDs vienen desprovistos de material adicional (por no incluir ni siquiera se incluyen los créditos de la serie), lo que es una auténtica lástima. Además de que resulta incomprensible si tenemos en cuenta que la anterior edición del mismo material (en un formato tan poco propenso a esas cosas como el VHS) sí que lo incorporaba.

Aparecido originalmente en Bibliopolis, crítica en la red.

© 2004, 2006, Rodolfo Martínez

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.