Los fanzines de los 90: Kenbeo Kenmaro

Esto no va a ser un repaso exhaustivo a las distintas publicaciones no profesionales de la pasada década, sino más bien una crónica sentimental de mi relación con algunas de ellas. Seguramente haya quien eche en falta tal o cual fanzine o se considere que le doy más importancia de la que tuvo a aquel otro. Bien puede ser. Como he dicho, no pretendo ser objetivo, sino hablar de la importancia que tuvieron para mí —como simple aficionado y como escritor que daba sus primeros pasos en el mundillo— algunas de esas publicaciones.

Como prácticamente todos los fanzines de su época, Kenbeo Kenmaro ha pasado a mejor vida hace ya tiempo. Y, al igual que ellos, seguramente no tendría sentido en esta época y sería considerado algo soso y feo, incluso pobretón. Hoy en día, las nuevas tecnologías permiten publicaciones de acabado casi profesional por precios mucho más razonables (que uno tenga el buen gusto y los conocimientos para que luego eso parezca realmente profesional ya es otro tema, claro), y por otro lado, Internet y las revistas digitales nos han acostumbrado a productos más vistosos e impactantes visualmente.

Las cosas eran distintas entonces, más sencillas quizá; o puede que la nostalgia lo magnifique. Había problemas y sin duda había guerras (no lo olvidéis, los noventa fue la época de la Gran Guerra Fandomita: BEM contra Gigamesh, o Gigamesh contra BEM, dependiendo de quien la contase) pero en cierta forma el fandom estaba tomando conciencia de lo que era, despertando, como si dijéramos, empezando a ser realmente un grupo organizado que se aglutinaba, entre otras cosas, alrededor de las HispaCones.

Y de un puñado de revistas no profesionales que le dieron su primera oportunidad de publicación a muchas personas. Algunas de ellas se fueron en busca de pastos más frescos. Otras siguen por aquí. Kenbeo Kenmaro no fue ni el mejor ni el más relevante de todos esos fanzines, pero sin duda sí que se hizo con un hueco importante en el corazón de los aficionados de entonces.

Corría el año 1993 y se estaba preparando una HispaCon en Gijón. En los meses previos, y para coordinar con la organización del congreso una serie de cuestiones acerca de la participación en el mismo de la STE (Sociedad Tolkien Española), empezó a venir por la ciudad José Luis González desde su Valladolid natal.

Aquello fue el inicio de una costumbre: durante los siguientes años, José Luis se dejaría caer por Gijón con bastante frecuencia, generalmente los fines de semana, para quedar con los frikis del lugar. Al principio, sólo con José Luis Rendueles y conmigo y luego, con el tiempo, con el resto de los aficionados gijoneses.

Kenbeo Kenmaro 1José Luis —González, no Rendueles; me temo que va a haber demasiados Luises en esta entrada— colaboraba con Luis González Baixauli en la edición de un fanzine llamado Kenbeo Kenmaro y durante alguno de sus primeros viajes aprovechó para hablarnos de ello, a Rendueles y a mí.

Yo había empezado a publicar hacía pocos años y, por aquella época, hambriento de lugares donde ver mi nombre y mi obra en letras impresas, andaba a la busca de nuevos sitios. No me resultaba muy difícil encontrarlos: aquellos tiempos conocieron una auténtica explosión en el número y la calidad de las publicaciones periódicas hechas por aficionados y dedicadas al fantástico. Y (sorprendentemente, dirán algunos mis detractores; muy mal tenía que estar la fantasía española de aquella, añadirán otros) nunca tuve demasiados problemas para conseguir que publicaran el material que yo escribía.

Una vez que conocí la existencia de Kenbeo Kenmaro, fue inevitable que acabara enviándoles algo, como habrá supuesto cualquiera que me conozca un poco.

Si no recuerdo mal, lo primero que publiqué con ellos fue un relato titulado “Colmillo de Dragón”, una especie de pastiche artúrico en el que trataba de imitar el estilo de Thomas Malory (o, para ser exactos, la traducción de Francisco Torres Oliver del estilo de Malory) y, al mismo tiempo, aprovechaba para usar un personaje creado por mi amigo Javier Cuevas: Rauren Préndar, un ficticio señor feudal asturiano de los primeros tiempos de la Reconquista.

Como he dicho, Luis González Baixauli era el editor, pero José Luis González era, casi casi, su socio. No se limitaba a maquetar el fanzine: aportaba ideas, sugería temas y ayudaba a buscar material. Y en buena medida siempre me quedé con la sensación de que Kenbeo duró lo que duró gracias al entusiasmo de José Luis, que muchas veces tiró de Luis y le impidió dejarse vencer por la desgana. Es una impresión personal, naturalmente, y puede que sea una percepción errónea, pero no lo creo. Y el hecho de que, en cierto modo, la continuidad del fanzine se resintiera a raíz de la integración de José Luis en el Grupo Interface (responsables de la que era la publicación amateur que reinaba en aquella época: BEM), creo que avala en parte mi idea.

Con el tiempo, mi firma se convirtió en algo habitual en Kenbeo Kenmaro… igual que en muchos otros fanzines de la época; en realidad, llegó a calificárseme de “inevitable”, un adjetivo que no estoy muy seguro de que tuviera intenciones halagadoras.

Haciendo un repaso de memoria, en sus páginas publiqué los siguientes relatos: el ya mencionado “Colmillo de dragón”; “El hombre silencioso” (en el que relataba a mi modo una historia que cuenta Dovstoiesky en Los hermanos Karamazov); “El hijo de la noche” e “Hijos de la misma noche” (mis dos relatos dedicados a Borges); y “Un cuento que nunca escribiré” (una especie de meta-relato más bien fallido). También, para su número dedicado a los dragones, preparé un breve artículo, con la ayuda bibliográfica de Rendueles, sobre el cuélebre, una suerte de serpiente alada característica de la mitología asturiana: una especie de dragoncete de andar por casa, como si dijéramos. Y para el especial sobre Borges escribí otro artículo, igualmente breve y no muy allá, sobre los libros que el argentino nunca había escrito, pero de los que hablaba en sus cuentos. Creo que eso fue todo, aunque seguro que se me olvida algo.Kenbeo Benmaro 8

Reconozco que, de todos los fanzines en los que publiqué en aquella época, Kenbeo era quizá uno de los que más contento me sentía de aparecer.

Veréis, era elegante. Tremendamente elegante. Su aspecto era sobrio, no muy distinto de otros fanzines de la época. Formato A5, con portada de cartulina beige, maquetado con PageMaker, impreso en una impresora de buena calidad y luego fotocopiado. Nada del otro mundo. Sin embargo, su diseño lo hacía destacarse con facilidad por encima de otras cosas que se hacían en aquella época. Su maquetación — aunque no su diseño de portada— cambiaba de un número a otro, ajustándose al tema que hubieran elegido para él, pero al mismo tiempo mantenía una envidiable unidad de estilo. Su contenido era equilibrado y las distintas secciones le daban una personalidad muy característica. Y además, en todos los números intentaba incluir alguna sorpresa, algún pequeño regalo para los lectores.

Sin embargo, creo que es la elegancia de su aspecto lo que ha quedado en la memoria de la mayor parte de los que lo conocimos o colaboramos con él. Sobrio sin ser soso, elaborado sin parecer recargado, siempre supo encontrar un equilibrio estético que no todos lograron. Y eso, creo yo, fue lo que le hizo ganarse un hueco en la memoria de los que estábamos por allí entonces.

En la mía se lo ganó, sin duda.

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