La historia de Isaac R. Martinson

Unos cuantos post atrás hablaba de Alonsos Ballesteros, y eso me ha traído a la memoria el otro seudónimo que he usado. Los motivos para hacerlo y las circunstancias que lo rodearon no pudieron ser más distintos que en el caso de Ballesteros.

Suelo firmar con mi propio nombre (mi ego, muchas veces, no me permitiría hacer otra cosa), así que las veces que me he “ocultado” tras una identidad ficticia se pueden contar, como he dicho, con los dedos de una mano a la que le faltaran tres.

A principios de los noventa había escrito un pequeño relato titulado “Hijos de la misma noche” (podéis encontrarlo en mi reciente antología Laberinto de espejos) que hacía pasar por un supuesto sesudo artículo de investigación de un académico norteamericano. En él se contaba que Borges y Lovecraf se habían conocido y ambos habían tenido acceso al Necronomicon. El cuento terminaba con una bibliografía, parte de ella real y parte, ficticia.

Kenbeo KenmaroKenbeo Kenmaro, el fanzine que hacían desde Valladolid Luis González Baixauli y José Luis González, se mostró interesado en el relato. Les venía bien para el número dedicado a Borges que estaban preparando. Estuve encantado de pasárselo y, mientras hablaba con José Luis del tema, surgió la idea: ya que hacía pasar el cuento por un artículo, ¿por qué no seguir la broma? Atribuyámoselo a un supuesto autor americano y hagamos que yo aparezca, simplemente, como traductor del artículo.

Así se hizo. No creo que muchas personas picasen, pero fue divertido.

Y hasta tuvo su secuela. Unos meses más tarde escribí, para el fanzine Parsifal de mi amigo José Luis Rendueles, una breve semblanza biográfica de Isaac R. Martinson, que fue el nombre que habíamos creado para el supuesto autor de “Hijos de la misma noche”. No recuerdo demasiado bien lo que contaba allí, pero creo que decía que había conocido a Martinson en uno de los Salones del Cómic de Asturias, adonde había venido acompañando a un amigo, un dibujante de tebeos de superhéroes. Habíamos hablado, nos habíamos caído bien y, tras escribir su artículo, me lo había pasado para que lo leyera.

Esa es, más o menos, toda la historia. No tuvo, por supuesto, la misma trascendencia que el affaire Ballesteros. Y, como digo, no creo que mucha gente cayera en la trampa. Tampoco era nuestra intención, sino simplemente, divertirnos un rato jugando con la realidad y la ficción.

En cuanto al nombre en sí, no hay ningún misterio: Martinson es la traducción al inglés de Martínez; la “R” es por Rodolfo, por supuesto. E Isaac es uno de los nombres de mi padre.

© 2006, Rodolfo Martínez

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