Rocky: y sonó la campana… ¿o fue la flauta?

Hay autores de una sola obra. A veces, como en el caso de Margareth Mitchell y su descomunal Lo que el viento se llevó, porque ya han dicho cuanto querían o podían con ella. En otras ocasiones porque las capacidades del autor se agotan en un único ramalazo. Y, finalmente, en otras, porque como dice el viejo refrán “sonó la flauta por casualidad”, los duendes le tocaron en el hombro y aquel día todo salió como la seda, pero el cúmulo de circunstancias afortunadas no volvió a repetirse jamas: en ese caso podríamos incluir a Susett y O’Bannon, quienes nunca volvieron a estar a la altura de su guión para Alien.

A primera vista parecería que Sylvester Stallone podría adscribirse a la segunda o la tercera de las opciones. Sin embargo, si echamos un vistazo a algunos de sus guiones posteriores a la primera cinta sobre el boxeador de Filadelfia y anteriores a su desenfrenado abrazo a un cine más palomitero, vemos que, si bien la mayoría fueron fracasos de taquilla, contaban con unos guiones más que meritorios y narrativamente válidos. Y pienso ahora, por ejemplo, en Paradise Alley (aquí estrenada como La cocina del infierno), película que pasó sin pena ni gloria por las pantallas y que sin embargo resultaba un producto digno y bien facturado. Más bien parece que, ganado por el desánimo, optó por la vía más fácil y segura y renunció a seguir intentándolo.

Así, estos fracasos hicieron que Stallone retomara en cuatro películas más (cinco, pues la sexta entrega, titulada simplemente Rocky Balboa, ya debe estar en fase de post producción) las andanzas de su limitado pero noblote púgil y le llevaron a encontrar un nuevo filón en la figura del ex combatiente de Vietnam John Rambo.

Ambas figuras cobraron rápidamente categoría de icono popular y se asentaron con fuerza en la imaginación del público de finales del siglo XX. Sin embargo, nada de lo que hizo con posterioridad al primer Rocky pudo compararse con este. Y no hablo, por supuesto, de resultados de taquilla, sino meramente artísticos.

Y es que Rocky cuenta con el que es, posiblemente, uno de los guiones mejor construídos de toda la historia del cine. Parte de una trama clásica, que podría incluso ser asimilada al western, aunque si lo pensamos un poco la mayor parte del cine comercial americano puede ser considerada un western disfrazado con mayor o menor fortuna. Y está estructurado de un modo no menos clásico: planteamiento (donde se nos presentan los principales personajes y sus circunstancias vitales), nudo (en el que asistimos a la preparación física y mental del combate, y vemos como evolucionan las relaciones del protagonista con quienes le rodean) y desenlace (con el combate y sus resultados). Una historia, pues, desarrollada en tres actos, sin grandes alardes y con situaciones e incluso personajes que podrían considerarse tópicos: el perdedor al que se le da una oportunidad, el gangster de corazón de oro, el borrachín envidioso, el viejo entrenador que traspasa sus antiguos y nunca realizados sueños de gloria a su pupilo, el campeón arrogante e incapaz de considerar siquiera la posibilidad de la derrota, la mujercita tímida y aparentemente sosa cuyo corazón solo es capaz de desentrañar el torpe pero bienintencionado protagonista. A primera vista, una historia del montón.

Lo que lo convierte en un guión excepcional es el modo magistral en que todos y cada uno de esos ingredientes se enlazan para construir una trama que podría ser calificada como arquetípica, para contar una vez más y extraordinariamente bien el cuento del perdedor que descubrirá que no lo es allí donde de verdad importa, para narrar con soltura, buen ritmo y sobriedad eso tan querido por los americanos (tratándose del país más individualista de la Tierra no podía ser de otro modo) como es la historia del hombre que, con su sola fuerza de voluntad, hace frente a cuanto le rodea y termina obteniendo el triunfo personal (más importante que el público o el profesional) de poder decir: “cuando sonó la última campanada, yo seguía en pie”. Si a eso unimos un ritmo casi perfecto y una adecuadísima dosificación de los sucesivos clímax narrativos es fácil comprender por qué considero el guión del primer Rocky como uno de los mejores de la historia del cine.

Claro que el mejor guión puede desembocar en una película fallida si el resto de los elementos no lo acompañan. Por suerte para Stallone, el director elegido para llevar las riendas de la película fue un artesano eficaz como John G. Avildsen, y el reparto del filme (incluido el propio Stallone) no podía ser más adecuado para el papel que cada uno interpreta.

Con todo ello obtenemos una película que puede calificarse sin el menor rubor de “clásico”, por mucho que la mala imagen de Stallone entre la crítica cinematográfica “seria” haya devaluado en bloque toda su obra.

Y tenemos también uno de los mejores finales de la historia del cine. Porque el gran acierto del guión de Stallone es hacer que su personaje no gane el combate pero siga en pie cuando este ha acabado y que el verdadero triunfo para él sea ese y no el resultado dictaminado por los árbitros. Algo magistralmente narrado en el intercambio verbal entre Apolo Creed y Rocky Balboa justo al término de la pelea, ese “No habrá revancha, no habrá revancha” del campeón y el “No la necesito” con el que responde el aspirante derrotado pero triunfante.

Permitidme con una confesión personal. No suelo ser de lágrima fácil, y menos en los momentos en que se espera que uno llore viendo una película: no me conmovió la muerte de “ET” y el fallecimiento de “Chanquete” que hizo llorar a tantos niños de mi generación me dejó frío, por no mencionar que Love Story me causó más nauseas que otra cosa. Sin embargo, cada vez que veo Rocky y llego al momento en que la prensa le asedia a preguntas tras el combate y él solo puede pensar en su novia, ese momento en que Balboa le grita al periodista “Déjeme en paz”, para luego aullar “¡Adrian!” noto algo extraño en la garganta y mis ojos se humedecen.

De los extras que incluye esta “Edición especial 25 aniversario”, los más interesantes son sin duda los ensayos del combate y la entrevista con Sylvester Stallone.

En el primer caso asistimos (sin sonido, y rodados en 8 mm.) a los ensayos a que se sometieron Carl Weathers y Stallone para el combate con el que culmina la película. Son comentados por el director, John G. Avildsen, quien entre otras cosas nos narra el escaso tiempo que tenían antes de iniciar el rodaje o nos cuenta cómo, tras los ensayos preliminares en los que la cosa no funcionaba, Stallone apareció un día con el combate totalmente coreografiado después de una noche sin haber pegado ojo.

La entrevista con el actor es interesante sobre todo cuando narra su empecinamiento en protagonizar la película. Por aquel entonces Sylvester Stallone era un actor poco conocido cuyo papel más sonado había sido, posiblemente, su intervención como secundario en La carrera de la muerte del año 2000, producto de la factoría Corman protagonizado por un David Carradine post Kung-fu que ya empezaba a dar muestras del descenso interminable a lo chabacano que sería su carrera a partir de entonces (aunque Tarantino parezca haberlo rescatado en el último minuto para su Kill Bill). Empeñarse en que, para que le comprasen el guión, debían aceptarle a él como protagonista parecía más locura que otra cosa, y el propio Stallone lo reconoce en la entrevista. Sabía que se estaba arriesgando a quedarse sin nada (en un momento, además, en que su economía había tocado fondo y se había visto obligado a vender su perro para pagar el alquiler), pero no podía hacer otra cosa. Porque era bien consciente de que si la película se hacía sin él y funcionaba pasaría el resto de su vida lamentando no haber estado en ella. Al final ganó su empecinamiento, y el tiempo ha venido a darle la razón.

Publicado originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.

© 2002, 2006, Rodolfo Martínez

3 comentarios

  1. quiero saber la sinopsis la descripcion de rocky sus 3 actos identificando los nudos de drama de cda acto y cual es la neceisdad dramatica del personaje

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