Pasarelas y paradojas

La moda no tiene por qué ser algo cómodo. Al fin y al cabo, su orientación es fundamentalmente estética, cultural podríamos decir, en el sentido de que refleja (y a veces marca) determinadas tendencias y formas de pensar en una sociedad concreta. Las consecuencias de esa incomodidad, de ese “para estar bello hay que sufrir”, unas veces son más graves que otras, pero no es nada nuevo. Al fin y al cabo, las damas decimonónicas no se desmayaban ante las emociones repentinas porque fueran criaturas delicadas y evanescentes sino, pura y simplemente, porque los corsés que eran la moda en la época apenas las dejaban respirar. Por supuesto, la explicación de la delicadeza y fragilidad de las mujeres les vino que ni pintada a los victorianos, quienes elevaron la hipocresía y la doble moral (necesarias, quizá, en cierta medida para que una sociedad funcione) casi a la categoría de arte.

Sin embargo, se supone que hemos evolucionado. Que nuestra sociedad está más sensibilizada a las consecuencias que una determinada tendencia en las modas pueda acarrear sobre la salud —mental y física— del grupo de ciudadanos a los que afecta.

Y los afecta. Y mucho; en algunos casos (y pienso ahora en las tendencias en la ropa femenina) al extremo de causarles problemas psicológicos unas veces y de quebrantar su salud física otras; cuando no las dos cosas.

Por supuesto tengo mi teoría propia de por qué la moda se ha ido desarrollando de ese modo; una teoría que ni siquiera creo que sea demasiado original. Pienso que la raíz del asunto está en que, por regla general, a los diseñadores de ropa no les gusta el objeto para el que están trabajando: el cuerpo femenino. No, no hablo de su orientación sexual, que ni conozco ni me importa, sino de su visión estética. No están diseñando ropa para la mujer, sino para un cuerpo andrógino a mitad de camino entre lo femenino y lo masculino, una suerte de efebo idealizado que no existe en el mundo real. Diseñan su ropa para esa criatura inexistente y obligan a las modelos que usan sus diseños a ajustarse a esa fantasía: eliminando de ellas, en la medida de lo posible, las redondeces y curvas características del cuerpo femenino.

Durante un tiempo pareció que esa tendencia se invertiría. En los años noventa, la época del ascenso de las top models a la categoría de estrellas mediáticas, surgieron una serie de mujeres en las pasarelas que no se ajustaban a ese efebismo que los diseñadores buscaban. Modelos como Heidi Klum, Tyra Banks o Stephanie Seymour (que se atrevió a tener tetas y culo en un momento donde eso era anatema) estaban muy alejadas del modelo andrógino que había reinado hasta entonces. Incluso Claudia Schiffer o Cindy Crawford tenían más curvas de las que habían estado permitidas o bien vistas en la pasarela. Este proceso pareció culminar con la llegada de Laetitia Casta, quien se atrevió a ser bajita y voluptuosa, y desfiló así por las pasarelas del mundo sin complejo alguno.

Sin embargo, parece que eso se convirtió en una excepción, en un oasis de feminidad en medio de un desierto de androginismo. Los diseñadores enseguida protestaron y se opusieron a aquello: en parte porque las modelos les robaban el ojo de las cámaras y ellas empezaban a ser más importantes que la ropa que vestían; y en parte, supongo, porque se apartaban del cuerpo ideal para el que ellos querían diseñar sus creaciones.

Así, la paradoja sigue reinando: las personas que crean ropa para el cuerpo femenino —y marcan, por tanto las tendencias que imperan en la elección, no sólo de ropa, sino de aspecto físico en millones de jóvenes—, en realidad lo hacen para un cuerpo ficticio que nunca ha existido y que por no ser, ni siquiera es una versión idealizada de algo real.

No es extraño, al fin y al cabo, vivimos en una sociedad que está llena de paradojas. Por ejemplo, en los entornos de influencia católica nos encontramos con que las personas que dictan lo que es correcto en un matrimonio o cómo se debe llevar una familia son individuos sometidos a un voto de celibato vitalicio que no tienen (al menos en teoría) experiencia real en las relaciones de pareja o en llevar adelante unos hijos. Y no olvidemos la Universidad, donde los que se supone que nos educan para prepararnos profesionalmente carecen, en su mayoría, de experiencia en el mundo real: han pasado de alumnos a profesores sin solución de continuidad y buena parte de lo que cuentan sobre el entorno profesional es, en realidad, “de oídas. Así, las aulas están llenas de periodistas que nunca han trabajado para ningún medio de comunicación, arquitectos que nunca han construido un edificio o ingenieros que nunca han diseñado estructuras que se hayan usado en el mundo real.

Hay muchas más paradojas en nuestra vida diaria, desde luego. De hecho, es posible que una sociedad no pueda sobrevivir sin ellas, que en cierto modo las necesite para funcionar. Igual que necesita unas ciertas dosis de hipocresía y algunos tabúes para que el invento siga adelante, como comenté antes.

Sólo que algunas paradojas me resultan más… irritantes que otras. Quizá ésta lo sea para mí porque afecta mayoritariamente a los adolescentes y los hace aspirar a un ideal de belleza absurdo e irreal que no va a causar más que problemas en su desarrollo, tanto mental como físico. Al fin y al cabo, se supone que un adulto tiene las herramientas necesarias (que quiera usarlas o no ya es otro asunto) para enfrentarse a las influencias de la sociedad y los vaivenes de la moda. Un adolescente, a mitad todavía de su desarrollo emocional y físico, está bastante más indefenso.

Desde Madrid se ha intentado poner un granito de arena para luchar contra eso, pidiendo un mínimo de grasa corporal a las modelos que desfilen por la pasarela Cibeles. A raíz de algo tan razonable, se ha generado un pequeño escándalo, como era de esperar y, por citar una nueva paradoja, han sido precisamente algunas de las modelos las que más se han opuesto a la medida. No es extraño: que las víctimas de una cierta forma de opresión sean a su vez las perpetuadoras de la misma es algo tan antiguo como la humanidad. Por citar sólo un ejemplo, tenemos el caso del cristianismo, que durante mucho tiempo consideró a la mujer como un ciudadano de segunda, y que se extendió por el mundo principalmente gracias a las mujeres: ellas lo pasaron a sus hijos, parientes y maridos. Del mismo modo, por otra parte, que han transmitido el machismo, del que son las principales víctimas.

Mientras tanto, los diseñadores cierran los ojos y se niegan a ver lo que no les interesa, tendencia que, si bien muy humana, no deja de ser despreciable en este caso por todas las consecuencias que tiene en las vidas de muchas personas. Son varias las modelos, Nieves Álvarez es un claro ejemplo, que han reconocido haber tenido problemas de anorexia. Las reacciones de los diseñadores ante eso han ido del cinismo a la negación directa. Uno de ellos llegó a declarar: “Es un problema psiquiátrico y nosotros no somos médicos”, lavándose las manos de la cuestión de un modo que, al menos para mí, dice mucho de él, y nada bueno. “No es mi problema si luego quedan tarados de por vida, no soy un psiquiatra”, podría decir un torturador ante los problemas mentales de los que hayan pasado por sus manos. La actitud de este individuo no es muy distinta.

Las cosas cambiarán, sin duda. A corto o a largo plazo, pero cambiarán. Al fin y al cabo, las modas y tendencias vienen y van.

Pero entre que cambian y no, desde su trono de árbitros de lo que es bello, un puñado de individuos que tienen poder sólo porque nosotros pensamos que lo tienen, siguen vistiendo un cuerpo que, en realidad, no aprecian y al que obligan a que se transforme en lo que no es. Porque eso es lo más… paradójico de todo, quizá, el hecho de que esas personas que definen tendencias, modas y estilo tienen influencia en nosotros única y exclusivamente porque nosotros así lo hemos querido; tienen poder porque nosotros se lo hemos dado. Bastaría con que dejáramos de hacerles caso (al fin y al cabo sólo son importantes porque nosotros creemos que lo son) para que las cosas cambiaran. Tan sencillo como eso.

Ah… y tan difícil.

© 2006, Rodolfo Martínez

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