La historia de Alonso Ballesteros

En los últimos días he vuelto a ver ese nombre por ahí, en un par de sitios.

En un caso, alguien lo ha usado como nick para responder al post de un blog. Y en otro blog se ha recordado la existencia de ese nombre para llamar la atención sobre la hiprocresía de mi post titulado “Porteras“.

¿Quién era o es ese Alonso Ballesteros? No es ningún secrecto. De hecho, en su Mentidero 5, Juanma Santiago habló abundantemente del asunto hace ya tiempo.

Volver a ver ese nombre me ha traído unos cuantos recuerdos. Y he pensado que quizá es ya tiempo de contar la historia completa (al menos hasta donde la recuerdo; tengamos en cuenta que han pasado ya doce o trece años de aquello); una historia que se había ido contando a unos y a otros pero que, más allá de lo que dijo Juanma en su día, nunca se había puesto por escrito completa en un lugar donde todos pudieran leerla.

Como he dicho, tenemos que retroceder unos trece años. No recuerdo si fue en 1993 ó 1994. Sí que tengo claras las circunstancias concretas en las que nació ese nombre. José Luis Rendueles -por aquel entonces editor del fanzine Parsifal– y yo volvíamos de Zaragoza, de la inauguración de la librería SaGa. Hablamos de muchas cosas durante el viaje y una de ellas era la falsa sensación de euforia que se vivía en el fandom en aquella época. Una euforia que llevaba a loar las virtudes de los autores españoles de un modo exagerado y a recalcar lo buenos que eran y lo nada que tenían que envidiar a los escritores anglosajones. Ni a José Luis ni a mí nos parecía que aquella fuera la forma correcta de hacer las cosas, y además creíamos que tanta euforia patriótica podía tener consecuencias negativas.

Los dos pensábamos una serie de cosas sobre la ciencia ficción española y pensábamos además que esas cosas había que decirlas. ¿Cómo? Escribamos un artículo hablando del panorama en España, tal y como lo vemos, dijimos.

Ahí surge el problema. Y ahí empieza a nacer Alonso Ballesteros.

Por aquel entonces yo estaba a punto de publicar Tierra de Nadie: Jormungand en Nova Ciencia Ficción (un “a punto” que luego se retrasó tres años, pero yo no tenía forma de saberlo en aquel momento). Me parecía (y José Luis estaba de acuerdo conmigo) que si un artículo como el que planeábamos salía firmado con mi nombre, las reacciones iban a ser negativas, y se interpretaría la cosa como la pataleta de un escritor que acababa de llegar y que, de forma mezquina, se ponía a dar caña a los otros escritores. Era mejor, decidimos, que la cosa apareciera firmada por alguien “inocuo”. Sin unas circunstancias que hicieran parecer lo que iba a decir interesado, sesgado o, simplemente, malicioso.

Así nació el nombre, surgido (creo) de la mente de José Luis.

Volvimos a Asturias y unos días más tarde me puse a escribir el artículo, que titulé “No somos para tanto”. Se lo pasé a José Luis y él hizo sus pertinentes aportaciones a lo que yo había escrito.

Vale, ya lo teníamos. ¿Qué haríamos a continuación?

Podíamos publicarlo directamente en Parsifal. Pero también podíamos intentar que lo publicase algún otro de los fanzines de la época. Así, Escribimos una breve carta de presentación del supuesto autor, imprimimos varias copias de la misma y del artículo y, con ayuda de un amigo de José Luis que vivía en Jerez, se envió desde allí el asunto a todos los fanzines y revistas que conocíamos.

Nadie quiso publicarlo. De los motivos de algunos, nada sé. Los de otros, sin embargo, sí que pude averiguarlos: el artículo decía cosas interesantes, pero su autoría apestaba de tal manera a seudónimo que no les parecía adecuado publicarlo.

Parsifal 4Así que salió en Parsifal. Y causó bastante revuelo en la HispaCon de Burjassot de 1994. De hecho, en el periódico de la convención, Papel mojado, apareció un artículo-encuesta titulado “¿Quién es Alonso Ballesteros?” donde los asistentes explicaban sus teorías sobre quién se podría ocultar detrás de ese nombre.

¿Y qué decía el artículo? Pues nada del otro jueves, en realidad (podéis leer, por cierto, parte de él en el enlace que he puesto más arriba al Mentidero 5 de Juanma Santiago). Reconocía que la ciencia ficción española había mejorado espectacularmente en los últimos años y que parecía seguir una línea de clara calidad ascendente que esperábamos que no parase. Pero decía también que aún nos quedaba mucho por recorrer y que estábamos lejos de ser tan buenos como los escritores americanos del género. Luego, hacía un repaso a los principales autores de la época (se hablaba de Elia Barceló, Rafael Marín, Ángel Torres, Aguilera y Redal, Javier Negrete…) y se mencionaba de pasada a los nuevos autores que hasta el momento sólo habían publicado un puñado de cuentos en algún fanzine. Explicábamos por qué, desde nuestro punto de vista, esos autores aún no tenían el nivel suficiente para medirse en pie de igualdad con los americanos. Y reconocíamos dos (o tres, según se mire) excepciones a ese hecho: la primera, Javier Negrete; la segunda, Aguilera y Redal.

El artículo no sentó mal en casi ningún sitio. Causó revuelo, quizá porque decía lo que muchos pensaban pero no quedaba muy bien decir en público en aquel momento, pero no sentó mal. A nadie le pareció que dijera nada injurioso ni insensato, más bien al contrario. Se habló de él un tiempo y acabó olvidándose.
Varios años más tarde, el nombre volvió a salir en una conversación en la que yo estaba presente y me pareció que las circunstancias, para entonces, habían cambiado lo suficiente para que contar lo que había tras el asunto no molestara a nadie. Así lo hice y a partir de ese momento la verdadera identidad de Alonso Ballesteros dejó de ser un secreto.

Hoy, visto el asunto con la perspectiva que dan los años, creo que fue un error. Por muchos motivos. No dijimos en ese artículo nada que no pensásemos ni de lo que tuviéramos que avergonzarnos, así que deberíamos haber tenido la valentía suficiente de firmarlo con nuestro nombre. Éramos más jóvenes, más inseguros y, seguramente, más preocupados de caer bien que ahora. Así que fuimos cobardes.

Desde un punto de vista ético… tampoco estuvo bien. Si vas a hablar mal de alguien (y, repito, no es que dijéramos nada injurioso: comentábamos simplemente las virtudes y defectos de un puñado de autores de ciencia ficción) lo menos que puedes hacer es dar la cara para que te la vean y sepan quien eres. Y sin duda, la maniobra de enviarlo a todos los fanzines a ver si alguno lo publicaba y así no teníamos que hacerlo nosotros mismos, no fue… digámoslo así, elegante. Intentábamos, en cierto modo, escurrir el bulto y que otros nos hicieran parte del trabajo. Y no es así cómo se deben hacer las cosas.

No, no me arrepiento de haberlo hecho, si bien hoy es muy probable que, de darse unas circunstancias parecidas, no lo hiciera, o de hacer algo así, aparecería firmado con mi nombre. Como he dicho, por aquel entonces era más joven (28 años, parece mentira) y bastante más inseguro que hoy en día.

Esa es la historia, hasta donde la recuerdo. No acabo de ver la relación entre Ballesteros y mi post de hace unos días y mucho menos el modo en que esa relación me convierte en un hipócrita, pero eso es irrelevante. En cualquier caso, esas menciones a Alonso Ballesteros de la que hablaba al principio han servido para traerme el asunto a la memoria y, de paso, compartirlo con todos vosotros.

Y ahí queda.

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