Peor… ¡imposible!

Peor... ¡imposible!El pasado lunes 28 dio comienzo una nueva edición (la octava) de Peor… ¡imposible!, el ciclo de cine que organiza el incombustible e inimitable Jesús Parrado. Un público cada vez más fascinado acudió un año más a la proyección de películas absolutamente delirantes. Empezando por Robowar (una repetición casi plano por plano del Depredador de McTiernan que sobrepasa con creces el ridículo) y siguiendo con Shocking Dark (más tarde retitulada Terminator 2, como quien no quiere la cosa) donde un grupo de marines vestidos como fans de Michael Jackson en la época de Thriller (ay, qué malos fueron los ochenta, con esas hombreras y esos cardados), se enfrentaban a un guión que robaba frases enteras del Aliens de Cameron —por no mencionar que fusilaba sin rubor buena parte de su argumento, su estructura narrativa y hasta la caracterización de los personajes— y en el que aparecía de rondón un ciborg asesino que se pasa media película entrecerrando los ojos y apretando la mandíbula para demostrar lo implacable que es. Recomiendo el comentario de Instanton en su blog sobre la primera de las películas, y las interesantes reflexiones que ha despertado en él.

Ayer se proyectaron dos nuevas películas y tras su proyección, a eso de las diez de la noche, tuve el placer de acompañar a Luis Gasca y Pedro Porcell en una mesa redonda moderada por Antonio Fontela. La mesa se articuló alrededor de la revista Terror Fantastic, una referencia ineludible para cualquier aficionado al cine fantástico y que, entre los años 1971 y 1973 intentó tratar el cine de género con un mínimo de rigor y bastante entusiasmo. Mi intervención en el coloquio fue escasa (mis detractores lo agradecerán, casi seguro) y evidentemente el verdadero protagonista fue Luis Gasca. Detallar ahora un currículum tan impresionante como el suyo me parece ocioso, así que aquellos que queráis saber más de él, lo tenéis fácil: ahí está Google, siempre solícito y dispuesto.

La mesa redonda fue interesante, por su repaso a una época (los años 70 del siglo pasado) en la que las cosas, de algún modo, se estaban moviendo aunque no se supiera muy bien hacia dónde. Una época fundamentalmente inquieta y que, en cierto modo, sembró las semillas de lo que sucede actualmente en el mundo del fantástico, ya sea el de los aficionados, el de los autores o el de los críticos.

Y por otro lado, me hizo pensar un par de cosas.

Era un martes, día laboral, a las diez de la noche, en pleno verano, cuando la gente tiene cosas mejores que hacer que meterse en una sala a escuchar a cuatro personas hablar de una revista ya extinta y que, seguramente, ni conocen. Si uno trabaja al día siguiente, estará en casa cenando. Y si no, se habrá ido con los amigotes a pasarlo bien.

Sería de esperar que la asistencia al acto fuera escasa. Incluso testimonial. Cuatro frikis, dos “enteradillos” y algún amigo de organizadores e invitados, poco más.

Sin embargo, la sala, sin estar tan llena como durante las proyecciones de las películas, no se encontraba precisamente vacía: había huecos libres, pero bastantes menos que asientos ocupados. Eso es normal durante la proyección de las películas; de hecho, en esos momentos la sala suele estar abarrotada (no es la primera vez que unos cuantos se tienen que queda de pie) de gente pasándoselo de miedo y riéndose sin complejos y a mandíbula batiente ante las infectas, surrealistas, psicotrónicas pero siempre interesantes (y delirantemente divertidas, de puro malas) películas que se proyectan. Pero para un acto que a priori carecía de aspectos lúdicos, centrado sólo en los culturales y casi a la hora de la cena, me resultó sorprendente.

Y eso me lleva a pensar varias cosas. Y a recordar algunas otras.

Especialmente un comentario que leí o escuché (o seguramente ambas cosas) hace meses acerca de una cierta actitud entre los aficionados al fantástico que parecía molestar a muchos. Y era el hecho de que, ante una quedada porque tal o cual amiguete venían a la ciudad resultaba fácil conseguir que se reuniera un mínimo de cincuenta personas, mientras que para actos culturales que, a priori deberían interesarles, apenas conseguías reunir a diez. Y eso en ciudades no precisamente pequeñas como Madrid o Barcelona.

¿Qué pasa, se preguntaban algunos, es que el fandom prefiere irse de comilona o de bebercio? ¿Adónde nos está llevando esto? ¿Qué está pasando? ¿Qué se ha perdido por el camino y a qué desastre nos conduce eso? ¿Acaso no se les supone a los fandomitas, por definición, interesados en el fantástico?

Tanto las preguntas, como el alarmismo tras ellas, siempre han parecido bastante tramposas y fácilmente desmontables y hasta ayer siempre había creído que la explicación era algo tan sencilla como esto: es más agradable departir con los amiguetes sobre tu afición común en un ambiente relajado —frente a unas cervezas o una buena comida, por ejemplo— que acudir a un acto académico que puede ser interesante, sin duda, pero que ofrece menos alicientes para personas que han hecho del género fantástico una opción de ocio, no una especie de sacrosanta cruzada cultural; algo que a menudo se olvida desde el estamento “intelectual” del género. Los miembros del fandom no son “sesudos especialistas” sino, por definición, aficionados.

Repito, hasta ayer siempre había creído que la respuesta a esa aparente contradicción (mesas redondas con pocos asistentes y quedadas con “demasiados”) era muy sencilla.

Sin embargo, tras ver la respuesta del público al acto de ayer, me pregunto si no habrá habido algo que se me escapaba. He sido el primer sorprendido por lo que ha pasado, lo admito: esperaba encontrar en la sala, como mucho, diez o doce personas. Darme de narices con setenta, puede que ochenta individuos, me rompió los esquemas.

Y me dio qué pensar, como he dicho. ¿Por qué acudió tanta gente a una mesa redonda sobre una revista de cine fantástico desaparecida hace más de treinta años y que ni siquiera duró mucho tiempo en el mercado? Un producto de culto, cierto, pero por eso mismo minoritario y de poco poder de convocatoria popular. ¿Qué tenía entonces el tema que resultó interesante para tanta gente?

Quizá nada. Quizá la clave no esté en esa mesa redonda concreta, en su tema o sus ponentes. Sino en una labor de años. Ocho, concretamente, durante los que se ha demostrado una y otra vez que las actividades que se hacían en Peor… ¡imposible! eran siempre interesantes, divertidas… y sobre todo entretenidas. Quizá la gente no fue a la mesa redonda pensando “¡eh! Van a hablar de Terror Fantastic, cómo mola” sino más bien “llevo un par de días pasándomelo muy bien, a lo mejor esto de esta noche también mola”. Quizá la clave de la nutrida asistencia estuvo en algo tan sencillo como que el acto de ayer estaba englobado dentro de unas actividades que, año tras año, han sabido hacerse atractivas para el público.

Y quizá es una lección que habría que tener en cuenta.

POSTADATA: Revisando el tratamiento que ha dado la prensa local a la mesa redonda de ayer me he encontrado con la curiosa sorpresa de que Pedro Porcell y yo nos hemos intercambiado el lugar. No sólo aparecemos intercambiados en los pies de fotos sino que mis supuestas declaraciones salieron en realidad de la boca de Pedro, mientras que las suyas son una mezcla un tanto peculiar de lo que él dijo realmente y lo que comenté yo.

Pero bueno, nada a lo que la prensa no nos tenga acostumbrados mil y un veces. Y, al fin y al cabo, el ciclo de cine que reseñaban se llama Peor… ¡imposible!, ¿no? A lo mejor es que tomaron la expresión de un modo demasiado literal y se dejaron llevar.

© 2006, Rodolfo Martínez

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