Odisea en Marte

Odisea en MarteLo primero que tengo que decir es que hace falta mucho valor para comprar un libro como este. Y no por la calidad de sus contenidos, sino por una portada que de, un solo vistazo, echa para atrás casi a cualquier posible comprador y que parece realizada por un chavalillo de ocho años que (después de alguna pesadilla sobre la Navidad o el Día de Acción de Gracias) se ha puesto a jugar al azar con algún programa de tratamiento de mapas de bits. Si a eso unimos que el diseño de la cubierta recuerda sospechosamente a la de esos libros de astrología que uno suele encontrar en las librerías de saldo a cuatro euros cada tres veremos que, salvo compradores compulsivos de todo cuanto contenga “ciencia ficción” en la portada o conocedores de la obra de Weinbaum, no parece que el libro vaya a tener precisamente un gran predicamento en el circuito de librerías.

Y es una pena, porque estamos ante una buena selección de relatos editados con cuidado y a la que bastaría haber suprimido esa espantosa cubierta para haberla convertido en un producto digno.

Weinbaum fue una nova demasiado breve en la ciencia ficción americana de los años treinta, una prematura premonición de lo que podría haber sido la ciencia ficción pero tardó años en ser. Comenzó a publicar en julio de 1934, precisamente con el relato que da título a esta antología, y murió año y medio más tarde, después de haber desperdigado por el mercado editorial de entonces casi una docena de relatos de ciencia ficción que, desde el primer momento, maravillaron a los lectores.

Estilísticamente, Weinbaum no sobresalía sobre el resto de autores que escribían para el mercado de revistas pulp, aunque al contrario que otros prefería un lenguaje menos recargado y tendía a una narración más directa de los hechos, con cierta predilección por el diálogo.

Donde el escritor americano destacaba realmente era en el diseño y descripción de ambientes y criaturas extrañas, de entornos alienígenas dotados de una lógica y una biología propias y perfectamente creíbles, hasta el extremo de que incluso hoy su influencia aún es rastreable en algunos relatos de John Varley (“En el salón de los reyes marcianos” tiene mucho de homenaje de Weinbaum) o, yéndonos a nuestro país, en ciertos aspectos del universo de Akasa-Puspa de Aguilera y Redal (¿hay alguna relación entre el aspecto de los angriffs y el de los marcianos de Weinbaum?). El mismo Asimov reconoce que, cuando diseñó a sus para-Hombres en Los propios dioses tenía en mente en todo momento el modo en que S. G. Weinbaum creaba a sus alienígenas: distintos de la humanidad y al mismo tiempo con su propia lógica interna.

Ese Marte poblado de criaturas de silicio, de hierba con pies, de individuos que parecen extraños pájaros o barriles con patas y cuyo comportamiento es incomprensible para la mente humana -pero que en última instancia tiene sentido: hay una relación causal entre el ambiente en el que viven sus alienígenas, su comportamiento y su biología- sigue llamando a las puertas de nuestra memoria por mucho tiempo que pase. Porque los ambientes descritos por Weinbaum tienen la extraordinaria virtud de resultar al mismo tiempo fascinantes y plausibles. Pocos autores como él supieron (y menos aún en su época) crear criaturas extraterrestres que realmente parecieran extraterrestres y no simples humanos mutilados o exagerados, tanto en lo físico como en lo mental.

Por eso mismo la obra de Weinbaum ha conseguido envejecer con dignidad. Será fácil encontrar autores que escriban mejor que él, sin la menor duda, pero pocos nos llenarán de maravilla como él lo hizo en su momento, poblando nuestra imaginación de criaturas ajenas a la humanidad y tan “reales” como ésta. El término “clásico” es propenso a los abusos, y más en este género nuestro, pero Weinbaum se ganó el derecho a usarlo casi desde su primera historia publicada.

© 2006, Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. La edición es de hace unos cuatro o cinco años. Y no recuerdo ahora mismo quienes fueron los editores.

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