JFK: Caso abierto

JFKOliver Stone es un director bastante irregular y en ocasiones muy dado a los excesos formales, lo que convierte algunas de sus películas en carruseles psicodélicos difícilmente comprensibles por el espectador. También es, cuando el experimento le sale bien, un estupendo narrador, capaz de usar todos los medios y técnicas que el cine pone a su alcance al servicio de la historia que está contando.

Es precisamente con películas como JFK donde lleva todas sus capacidades de cineasta al límite, conjuntado un guión sólido y bien estructurado, una dirección brillante y un montaje prácticamente perfecto. El resultado es una película mayor que la vida misma y, posiblemente, más real aún que ella.

Mezclando auténticos documentales de la época con otros falsos rodados expresamente para la película, alterando la iluminación o el color a su capricho, variando los encuadres de cámara y la velocidad de los fotogramas según convenga, Stone parece haber robado un trozo de vida para traspasarlo a la pantalla. Un técnica que volvería a usar, ya con menor fortuna, en Nixon, película que, pese algunas virtudes, se hunde escandalosamente por su incapacidad de mantener el ritmo y su fracaso en meter al público dentro de la historia que está contando.

JFK, por el contrario, se desliza con un ritmo tranquilo (que no moroso) en un lento pero imparable crescendo (salpicado de ocasionales y, a menudo frenéticos, flashbacks) hasta alcanzar su clímax en el juicio, con la reconstrucción del asesinato del presidente Kennedy como punto culminante. Un momento alrededor del que se está girando durante toda la cinta pero que solo al final nos es presentado en su integridad, en un juego con el tiempo muy al estilo del que, en su día, realizó Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada.

En cierto modo, JFK es el pivote de una trilogía temática (que se abre con Nacido el cuatro de julio y desemboca en la fallida Nixon) en la que el director americano da forma cinematográfica a su obsesiva rememoración de los años sesenta y setenta y donde intenta un análisis de la época que marcó, al mismo tiempo, la cristalización y la destrucción del llamado “sueño americano”. Como un niño que ha perdido a su padre en la infancia en misteriosas circunstancias y a partir de ahí ha errado el rumbo, Stone vuelve a la época de su adolescencia y juventud una y otra vez, tratando de desentrañar lo que ocurrió, intentando construir una nueva realidad que englobe y explique a la que conoció años atrás.

Como documento, JFK resulta estremecedor: una denuncia sin ambages de un golpe de estado encubierto que acabó con las vidas y los sueños de muchos americanos; una denuncia que, por supuesto, encuentra el campo abonado en el pueblo americano, posiblemente la nación que más desconfía de su propio gobierno en todo el mundo. No debería sorprendernos, teniendo en cuenta que los padres fundadores desarrollaron de forma deliberada un sistema político y una Constitución diseñados ex profeso para cortar las alas al Estado o si recordamos esa frase de uno de los revolucionarios de 1776 que afirmaba que “todo buen patriota debe estar dispuesto a defender a su país contra el gobierno”. Como película de ficción es casi modélica: una lección magistral de lenguaje cinematográfico, usando todos los recursos que el medio pone a su alcance y rindiéndolos en todo momento al servicio de la historia. Por muchos que sean los artificios que Stone usa en la película, ninguno de ellos resulta superfluo (al contrario de lo que ocurriría con Asesinos natos, por ejemplo, un ejercicio de virtuosismo pretencioso y casi sin justificación alguna) y todos contribuyen a dar más relieve y profundidad a la historia de la conspiración y a la de la investigación de esa conspiración. Quizá lo más prescindible, lo más molesto y lo único que ocasionalmente (aunque no de forma grave) perturba el ritmo de la historia sean las escenas hogareñas con el fiscal Garrison intentando llevar a buen término su investigación sin perder por el camino a su familia. Si bien a primera vista pueden parecer necesarias para dotar de profundidad y credibilidad al personaje, enseguida se nos revelan como superfluas ya que éste se nos define nada más empezar la película con dos o tres trazos reveladores que son más que suficientes para las pretensiones de la historia.

Como dije antes, el punto culminante de la película se alcanza durante el juicio, con la reconstrucción del asesinato de Kennedy. En ese momento, las imágenes reales, las rodadas para que lo parezcan y las filmadas representando lo que el fiscal se imagina se fusionan en una sola secuencia inseparable que traspasa, al mismo tiempo, los límites del documental y los de la ficción fílmica, porque ya no sabemos qué parte de lo que vemos en la pantalla, cuánto de lo que escuchamos, es un documento histórico o una ficción. Y al final, tal y como Stone pretendía, nos rendimos ante lo que nos cuenta y aceptamos que sí, que las cosas sucedieron así, que no pudieron ocurrir de otra manera.

Tras esto (y con la cámara convertida en los ojos del jurado) el obstinado y obsesivo fiscal Jim Garrison se vuelve a nosotros y nos pide que juzguemos. Los escasos minutos de película que restan no son más que un anticlímax previsible pero necesario para cerrar los cabos sueltos de la historia.

La edición en DVD de JFK, recupera diecisiete minutos (no demasiado relevantes) que en su momento no habían sido incluidos en la versión para el cine. Es de agradecer que esas escenas se hayan doblado con las mismas voces que en el resto del film, en lugar de limitarse a subtitularlas. También incorpora los habituales extras, entre ellos el comentario en off del director mientras vemos la película -aunque mejor que tengan un buen inglés si quieren seguirlo, porque no hay posibilidad de subtitularlo- y una interesante entrevista con el personaje real que en la película aparece como el misterioso “X” que proporciona a Garrison información en su viaje a Washington.

© 2006, Rodolfo Martínez

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