Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Agosto, 2006

Peor… ¡imposible!

Jueves, Agosto 31st, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 2 comentarios »

Peor... ¡imposible!El pasado lunes 28 dio comienzo una nueva edición (la octava) de Peor… ¡imposible!, el ciclo de cine que organiza el incombustible e inimitable Jesús Parrado. Un público cada vez más fascinado acudió un año más a la proyección de películas absolutamente delirantes. Empezando por Robowar (una repetición casi plano por plano del Depredador de McTiernan que sobrepasa con creces el ridículo) y siguiendo con Shocking Dark (más tarde retitulada Terminator 2, como quien no quiere la cosa) donde un grupo de marines vestidos como fans de Michael Jackson en la época de Thriller (ay, qué malos fueron los ochenta, con esas hombreras y esos cardados), se enfrentaban a un guión que robaba frases enteras del Aliens de Cameron —por no mencionar que fusilaba sin rubor buena parte de su argumento, su estructura narrativa y hasta la caracterización de los personajes— y en el que aparecía de rondón un ciborg asesino que se pasa media película entrecerrando los ojos y apretando la mandíbula para demostrar lo implacable que es. Recomiendo el comentario de Instanton en su blog sobre la primera de las películas, y las interesantes reflexiones que ha despertado en él.

Ayer se proyectaron dos nuevas películas y tras su proyección, a eso de las diez de la noche, tuve el placer de acompañar a Luis Gasca y Pedro Porcell en una mesa redonda moderada por Antonio Fontela. La mesa se articuló alrededor de la revista Terror Fantastic, una referencia ineludible para cualquier aficionado al cine fantástico y que, entre los años 1971 y 1973 intentó tratar el cine de género con un mínimo de rigor y bastante entusiasmo. Mi intervención en el coloquio fue escasa (mis detractores lo agradecerán, casi seguro) y evidentemente el verdadero protagonista fue Luis Gasca. Detallar ahora un currículum tan impresionante como el suyo me parece ocioso, así que aquellos que queráis saber más de él, lo tenéis fácil: ahí está Google, siempre solícito y dispuesto.

La mesa redonda fue interesante, por su repaso a una época (los años 70 del siglo pasado) en la que las cosas, de algún modo, se estaban moviendo aunque no se supiera muy bien hacia dónde. Una época fundamentalmente inquieta y que, en cierto modo, sembró las semillas de lo que sucede actualmente en el mundo del fantástico, ya sea el de los aficionados, el de los autores o el de los críticos.

Y por otro lado, me hizo pensar un par de cosas.

Era un martes, día laboral, a las diez de la noche, en pleno verano, cuando la gente tiene cosas mejores que hacer que meterse en una sala a escuchar a cuatro personas hablar de una revista ya extinta y que, seguramente, ni conocen. Si uno trabaja al día siguiente, estará en casa cenando. Y si no, se habrá ido con los amigotes a pasarlo bien.

Sería de esperar que la asistencia al acto fuera escasa. Incluso testimonial. Cuatro frikis, dos “enteradillos” y algún amigo de organizadores e invitados, poco más.

Sin embargo, la sala, sin estar tan llena como durante las proyecciones de las películas, no se encontraba precisamente vacía: había huecos libres, pero bastantes menos que asientos ocupados. Eso es normal durante la proyección de las películas; de hecho, en esos momentos la sala suele estar abarrotada (no es la primera vez que unos cuantos se tienen que queda de pie) de gente pasándoselo de miedo y riéndose sin complejos y a mandíbula batiente ante las infectas, surrealistas, psicotrónicas pero siempre interesantes (y delirantemente divertidas, de puro malas) películas que se proyectan. Pero para un acto que a priori carecía de aspectos lúdicos, centrado sólo en los culturales y casi a la hora de la cena, me resultó sorprendente.

Y eso me lleva a pensar varias cosas. Y a recordar algunas otras.

Especialmente un comentario que leí o escuché (o seguramente ambas cosas) hace meses acerca de una cierta actitud entre los aficionados al fantástico que parecía molestar a muchos. Y era el hecho de que, ante una quedada porque tal o cual amiguete venían a la ciudad resultaba fácil conseguir que se reuniera un mínimo de cincuenta personas, mientras que para actos culturales que, a priori deberían interesarles, apenas conseguías reunir a diez. Y eso en ciudades no precisamente pequeñas como Madrid o Barcelona.

¿Qué pasa, se preguntaban algunos, es que el fandom prefiere irse de comilona o de bebercio? ¿Adónde nos está llevando esto? ¿Qué está pasando? ¿Qué se ha perdido por el camino y a qué desastre nos conduce eso? ¿Acaso no se les supone a los fandomitas, por definición, interesados en el fantástico?

Tanto las preguntas, como el alarmismo tras ellas, siempre han parecido bastante tramposas y fácilmente desmontables y hasta ayer siempre había creído que la explicación era algo tan sencilla como esto: es más agradable departir con los amiguetes sobre tu afición común en un ambiente relajado —frente a unas cervezas o una buena comida, por ejemplo— que acudir a un acto académico que puede ser interesante, sin duda, pero que ofrece menos alicientes para personas que han hecho del género fantástico una opción de ocio, no una especie de sacrosanta cruzada cultural; algo que a menudo se olvida desde el estamento “intelectual” del género. Los miembros del fandom no son “sesudos especialistas” sino, por definición, aficionados.

Repito, hasta ayer siempre había creído que la respuesta a esa aparente contradicción (mesas redondas con pocos asistentes y quedadas con “demasiados”) era muy sencilla.

Sin embargo, tras ver la respuesta del público al acto de ayer, me pregunto si no habrá habido algo que se me escapaba. He sido el primer sorprendido por lo que ha pasado, lo admito: esperaba encontrar en la sala, como mucho, diez o doce personas. Darme de narices con setenta, puede que ochenta individuos, me rompió los esquemas.

Y me dio qué pensar, como he dicho. ¿Por qué acudió tanta gente a una mesa redonda sobre una revista de cine fantástico desaparecida hace más de treinta años y que ni siquiera duró mucho tiempo en el mercado? Un producto de culto, cierto, pero por eso mismo minoritario y de poco poder de convocatoria popular. ¿Qué tenía entonces el tema que resultó interesante para tanta gente?

Quizá nada. Quizá la clave no esté en esa mesa redonda concreta, en su tema o sus ponentes. Sino en una labor de años. Ocho, concretamente, durante los que se ha demostrado una y otra vez que las actividades que se hacían en Peor… ¡imposible! eran siempre interesantes, divertidas… y sobre todo entretenidas. Quizá la gente no fue a la mesa redonda pensando “¡eh! Van a hablar de Terror Fantastic, cómo mola” sino más bien “llevo un par de días pasándomelo muy bien, a lo mejor esto de esta noche también mola”. Quizá la clave de la nutrida asistencia estuvo en algo tan sencillo como que el acto de ayer estaba englobado dentro de unas actividades que, año tras año, han sabido hacerse atractivas para el público.

Y quizá es una lección que habría que tener en cuenta.

POSTADATA: Revisando el tratamiento que ha dado la prensa local a la mesa redonda de ayer me he encontrado con la curiosa sorpresa de que Pedro Porcell y yo nos hemos intercambiado el lugar. No sólo aparecemos intercambiados en los pies de fotos sino que mis supuestas declaraciones salieron en realidad de la boca de Pedro, mientras que las suyas son una mezcla un tanto peculiar de lo que él dijo realmente y lo que comenté yo.

Pero bueno, nada a lo que la prensa no nos tenga acostumbrados mil y un veces. Y, al fin y al cabo, el ciclo de cine que reseñaban se llama Peor… ¡imposible!, ¿no? A lo mejor es que tomaron la expresión de un modo demasiado literal y se dejaron llevar.

© 2006, Rodolfo Martínez

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Odisea en Marte

Martes, Agosto 29th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »

Odisea en MarteLo primero que tengo que decir es que hace falta mucho valor para comprar un libro como este. Y no por la calidad de sus contenidos, sino por una portada que de, un solo vistazo, echa para atrás casi a cualquier posible comprador y que parece realizada por un chavalillo de ocho años que (después de alguna pesadilla sobre la Navidad o el Día de Acción de Gracias) se ha puesto a jugar al azar con algún programa de tratamiento de mapas de bits. Si a eso unimos que el diseño de la cubierta recuerda sospechosamente a la de esos libros de astrología que uno suele encontrar en las librerías de saldo a cuatro euros cada tres veremos que, salvo compradores compulsivos de todo cuanto contenga “ciencia ficción” en la portada o conocedores de la obra de Weinbaum, no parece que el libro vaya a tener precisamente un gran predicamento en el circuito de librerías.

Y es una pena, porque estamos ante una buena selección de relatos editados con cuidado y a la que bastaría haber suprimido esa espantosa cubierta para haberla convertido en un producto digno.

Weinbaum fue una nova demasiado breve en la ciencia ficción americana de los años treinta, una prematura premonición de lo que podría haber sido la ciencia ficción pero tardó años en ser. Comenzó a publicar en julio de 1934, precisamente con el relato que da título a esta antología, y murió año y medio más tarde, después de haber desperdigado por el mercado editorial de entonces casi una docena de relatos de ciencia ficción que, desde el primer momento, maravillaron a los lectores.

Estilísticamente, Weinbaum no sobresalía sobre el resto de autores que escribían para el mercado de revistas pulp, aunque al contrario que otros prefería un lenguaje menos recargado y tendía a una narración más directa de los hechos, con cierta predilección por el diálogo.

Donde el escritor americano destacaba realmente era en el diseño y descripción de ambientes y criaturas extrañas, de entornos alienígenas dotados de una lógica y una biología propias y perfectamente creíbles, hasta el extremo de que incluso hoy su influencia aún es rastreable en algunos relatos de John Varley (“En el salón de los reyes marcianos” tiene mucho de homenaje de Weinbaum) o, yéndonos a nuestro país, en ciertos aspectos del universo de Akasa-Puspa de Aguilera y Redal (¿hay alguna relación entre el aspecto de los angriffs y el de los marcianos de Weinbaum?). El mismo Asimov reconoce que, cuando diseñó a sus para-Hombres en Los propios dioses tenía en mente en todo momento el modo en que S. G. Weinbaum creaba a sus alienígenas: distintos de la humanidad y al mismo tiempo con su propia lógica interna.

Ese Marte poblado de criaturas de silicio, de hierba con pies, de individuos que parecen extraños pájaros o barriles con patas y cuyo comportamiento es incomprensible para la mente humana -pero que en última instancia tiene sentido: hay una relación causal entre el ambiente en el que viven sus alienígenas, su comportamiento y su biología- sigue llamando a las puertas de nuestra memoria por mucho tiempo que pase. Porque los ambientes descritos por Weinbaum tienen la extraordinaria virtud de resultar al mismo tiempo fascinantes y plausibles. Pocos autores como él supieron (y menos aún en su época) crear criaturas extraterrestres que realmente parecieran extraterrestres y no simples humanos mutilados o exagerados, tanto en lo físico como en lo mental.

Por eso mismo la obra de Weinbaum ha conseguido envejecer con dignidad. Será fácil encontrar autores que escriban mejor que él, sin la menor duda, pero pocos nos llenarán de maravilla como él lo hizo en su momento, poblando nuestra imaginación de criaturas ajenas a la humanidad y tan “reales” como ésta. El término “clásico” es propenso a los abusos, y más en este género nuestro, pero Weinbaum se ganó el derecho a usarlo casi desde su primera historia publicada.

© 2006, Rodolfo Martínez

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Jeff Noon (2): Polen

Viernes, Agosto 25th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

PolenJeff Noon vuelve al universo de su primera novela, pero esta vez parece tomárselo con calma. Si Vurt era un carrusel trepidante en el que la psicodelia más oscura desbordaba por los cantos de las páginas, este Polen es una novela más reposada, más meditada, en la el autor se toma su tiempo para meternos en ambiente y llevarnos por un viaje que, si bien es tan alucinante como el del primer libro, resulta bastante menos trepidante.

No lo comento como un defecto, aclaro. Polen no es para nada una de esas novelas de ritmo moroso que parecen invocaciones místicas a los bostezos. Simplemente, después de mostrarnos en el libro anterior todo lo que de deslumbrante, caótico y oscuro tenía el universo que había creado, en este se toma su tiempo para amueblarlo coherentemente y mostrárnoslo en detalle, sin que por eso la estructura o el ritmo narrativo se resientan. Sus personajes siguen tendiendo a lo desquiciado (la única opción cuerda en un mundo loco, como se suele decir), llenos de obsesiones y compulsiones y a menudo ocultos tras vistosos disfraces que no consiguen tapar su desesperación o su fracaso.

En su momento definí Vurt como una novela de coctelera, y Noon vuelve a usar aquí la misma fórmula, acudiendo a las mismas fuentes que en la anterior historia y añadiendo algunas nuevas, de las que las más evidentes quizá sean La Cosa del Pantano de Alan Moore y ciertos coqueteos con lo onírico al estilo de Neil Gaiman (por no mencionar algunos aspectos de trasfondo que a veces parecen remitir al Radix de A.A. Attanasio). Si bien hacia el final el ensamblaje de elementos tan dispares (ciencia ficción, novela negra, fantasía oscura, gore, nostalgia de los sesenta) amenaza con llevar la novela hacia el terreno de lo incoherente -con ocasionales roces con lo ridículo- Noon se las apaña para reconducir la riendas de su narración y terminar con elegancia su historia, convirtiendo de paso a Manchester en un nuevo archipiélago onírico por el que a más de uno nos gustaría chapotear.

Por lo demás, estamos ante una novela bien construida y narrada que no decepcionará a quienes les gustó su primera obra. Realidad y fantasía se equilibran a la perfección y el universo que Noon despliega ante nuestros ojos nos parece ahora más coherente, más comprensible, sin perder por ello un ápice de atractivo. En cierta manera, con Polen Noon se adentra en un género que podríamos llamar “literatura fantástica británica contemporánea” a falta de un término mejor, así que no es sorprendente encontrarnos a lo largo de esta novela con elementos que nos evocan obras de otros autores, como pueden ser los ya comentados Moore o Gaiman, o Clive Barker en algunas de sus novelas.

Solo un pero, y es el de la traducción, que insiste una y otra vez en perpetrar un molesto bilingüismo de los nombres de lugares y personas que hace que algunos diálogos resulten forzados. No es un escollo importante en la lectura de la novela, pero hay varias soluciones para evitar eso que se podían haber adoptado, sin demasiado coste para el traductor.

© 2006, Rodolfo Martínez

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Mientras escribo

Lunes, Agosto 21st, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Mientras escriboEn su libro de parodias Guía del dragonstopista galáctico al campo de batalla estelar de Covenant en el límite de Dune: Odisea Dos David Langford incluye un relato al estilo (es un decir) de los Cuentos de los Viudos Negros de Asimov, donde hace uno de los más sagaces análisis del ego de un escritor. En el cuento, el camarero del club descubre que el escritor del que hablaban no era realmente un escritor porque:

¿quién puede creer que en el despacho de un auténtico escritor con un ego dotado de una salud normal no vaya a haber… un esbozo de autobiografía, o un espejo?

Desde ese punto de vista, este Mientras escribo podría ser considerado un monumento al ego descomunal de Stephen King, y posiblemente esa opinión no esté muy lejos de la verdad. Claro que, a poco que lo pensemos, cualquier obra de cualquier autor puede ser considerada un monumento a su ego: al fin y al cabo se necesita tener una confianza enorme en las propias posibilidades de uno mismo para suponer que lo que escribe puede llegar a interesar a otras personas; casi como decir “no importa cómo sea tu vida, soy tan bueno que no podrás evitar querer leer lo que yo escribo en lugar de perder el tiempo viviendo”.

¿Y qué nos da Stephen King que valga la pena dejar de vivir unas horas para dedicarnos a contemplar? Poco en apariencia: un esbozo de autobiografía (con paradas detalladas en los aspectos más morbosos de su vida) y una serie de apuntes que forman lo que podríamos llamar “consejos para el escritor principiante”.

¿Es el libro interesante? Sin duda, y leer cómo el autor va rememorando (y a veces regodeándose en ellos) algunos de los episodios de su vida pasada resulta fascinante. King es un buen narrador y si a ello unimos el que nadie cuenta mejor las cosas que cuando habla de sí mismo nos encontramos con que la primera mitad del libro se lee de un tirón y uno va pasando las páginas casi sin darse cuenta de lo que hace. Y sin embargo, cuando terminamos tenemos la sensación de que nos han dado gato por liebre, que no hemos visto asomar al verdadero Stephen King en lo que acabamos de leer, sino que nos hemos limitado a contemplar otro personaje literario más, uno que comparte nombre y peripecias vitales con el autor, pero que no es él. Así, ese pretendido esbozo de autobiografía no pasa de ser una novela corta que oscila entre el humor, la truculencia y la autocompasión ocasional y que, aunque interesante, puede ser olvidable perfectamente.

La segunda parte del libro es otro cantar. Los consejos que King da para escritores novatos no son más que sugerencias muy básicas, cuestiones que casi dicta por sí solo nuestro propio sentido común: no repitas las palabras, no abuses de los adverbios acabados en “-mente”, no intentes florituras en las acotaciones de los diálogos, sé directo y sencillo en lugar de intentar impresionar… Todo ello con el problema añadido de que fueron consejos escritos en primera instancia pensando en el inglés y que, aunque buena parte de ellos pueden ser aplicados a nuestro idioma, a veces nos encontramos con algunas cosas que nos dejan perplejos por cuanto, en castellano, no tienen demasiado sentido.

Pese a todo, ya lo dije, es un libro interesante que se lee de un tirón y no deja un desagradable sabor de boca. Poco aportará al lector, sin embargo, más allá de satisfacer la curiosidad (morbosa o de otro tipo) que tengamos por saber cómo es (o cómo quiere hacernos creer que es) el autor.

POSTADA: Hace unos días leí en el blog de Juan Carlos Planells que por fin se ha editado en castellano Danse Macabre, un ensayo sobre la literatura de terror que King escribió más de un cuarto de siglo y que me apresuro a recomendar.

© 2006, Rodolfo Martínez

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El deber de todo lector…

Viernes, Agosto 18th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 5 comentarios »

Suele ocurrir. A medida que se acerca el momento de votar los premios Ignotus (concedidos por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror sobre el material publicado el año anterior a cada convocatoria) en las listas de correo, los foros y los blogs empieza a hablarse del tema y a discutir sobre él.

Hay un argumento en esas discusiones que siempre me ha llamado poderosamente la atención. Y es aquél en el que alguien se lamenta de que determinadas obras, por no haber sido publicadas en colecciones estrictamente de género, pasarán desapercibidas a los aficionados y no serán votadas. Hasta ahí bien. Y soy el primero en reconocer que es una lástima que ocurra algo así.

El problema viene cuando se da el siguiente paso y uno se queja de la miopía de los lectores de fantasía y ciencia ficción y entona un largo lamento sobre la incapacidad de estos para “ampliar sus horizontes intelectuales” y lanzarse a una exhaustiva búsqueda de obras encuadrables en el género.

Los premios Ignotus, a diferencia de otros galardones literarios, son básicamente un premio concedido por los lectores, no por la crítica ni por un jurado de “notables”. Y como tales expresan los gustos de los lectores, o más concretamente, del reducido núcleo de ellos que considera interesante votar.

Pretender que un lector ejerza una labor de crítico o exégeta me parece una postura, como poco, muy alejada de la realidad. Al fin y al cabo, la lectura no es más que una opción de ocio, no muy distinta de practicar un deporte, o dedicarse a algún tipo de coleccionismo. Como tal opción de ocio uno la practica en tanto en cuanto es divertida, le relaja, le produce placer y no le obliga a realizar esfuerzos que no desea realizar. Eso implica necesariamente que la mayor parte de los lectores tiene, como tales lectores, una tendencia natural a volcarse en lo conocido, a buscar en colecciones especializadas (donde en el pasado ya encontraron algo que les gustó y por tanto suponen que volverán a encontrarlo en el futuro) o en autores conocidos (cuyas obras disfrutaron en el pasado y por tanto suponen que volverán a disfrutar en el futuro). Ocasionalmente, una obra desconocida aparecida fuera de su entorno habitual podrá atraer su atención, pero será un hecho aislado y poco frecuente.

Y esto es simplemente así. Ni es malo ni es bueno. Pretender que alguien que lee simplemente para encontrar un par de horas relajadas después de un día de trabajo convierta lo que no es más que una afición en un segundo trabajo me parece poco realista.

Cierto que la situación podría resultar preocupante si los Ignotus fueran los únicos galardones destinados a premiar obras publicadas, ya que darían una visión deformada de lo que es el género. Pero desde el momento en que existen otros premios en los que la selección de premiados está a cargo de un grupo al que sí se le supone (y se le debería exigir) ese trabajo de investigación que no es obligación del lector, la situación no es otra cosa sino normal. Unos premios manifiestan los gustos de un grupo de lectores; otros la elección de un conjunto de estudiosos. En la confluencia entre ambos tipos de premios es donde posiblemente encontremos el panorama menos distorsionado de lo que es hoy en día la ciencia ficción y la fantasía.

© 2006, Rodolfo Martínez

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JFK: Caso abierto

Domingo, Agosto 13th, 2006 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

JFKOliver Stone es un director bastante irregular y en ocasiones muy dado a los excesos formales, lo que convierte algunas de sus películas en carruseles psicodélicos difícilmente comprensibles por el espectador. También es, cuando el experimento le sale bien, un estupendo narrador, capaz de usar todos los medios y técnicas que el cine pone a su alcance al servicio de la historia que está contando.

Es precisamente con películas como JFK donde lleva todas sus capacidades de cineasta al límite, conjuntado un guión sólido y bien estructurado, una dirección brillante y un montaje prácticamente perfecto. El resultado es una película mayor que la vida misma y, posiblemente, más real aún que ella.

Mezclando auténticos documentales de la época con otros falsos rodados expresamente para la película, alterando la iluminación o el color a su capricho, variando los encuadres de cámara y la velocidad de los fotogramas según convenga, Stone parece haber robado un trozo de vida para traspasarlo a la pantalla. Un técnica que volvería a usar, ya con menor fortuna, en Nixon, película que, pese algunas virtudes, se hunde escandalosamente por su incapacidad de mantener el ritmo y su fracaso en meter al público dentro de la historia que está contando.

JFK, por el contrario, se desliza con un ritmo tranquilo (que no moroso) en un lento pero imparable crescendo (salpicado de ocasionales y, a menudo frenéticos, flashbacks) hasta alcanzar su clímax en el juicio, con la reconstrucción del asesinato del presidente Kennedy como punto culminante. Un momento alrededor del que se está girando durante toda la cinta pero que solo al final nos es presentado en su integridad, en un juego con el tiempo muy al estilo del que, en su día, realizó Gabriel García Márquez en Crónica de una muerte anunciada.

En cierto modo, JFK es el pivote de una trilogía temática (que se abre con Nacido el cuatro de julio y desemboca en la fallida Nixon) en la que el director americano da forma cinematográfica a su obsesiva rememoración de los años sesenta y setenta y donde intenta un análisis de la época que marcó, al mismo tiempo, la cristalización y la destrucción del llamado “sueño americano”. Como un niño que ha perdido a su padre en la infancia en misteriosas circunstancias y a partir de ahí ha errado el rumbo, Stone vuelve a la época de su adolescencia y juventud una y otra vez, tratando de desentrañar lo que ocurrió, intentando construir una nueva realidad que englobe y explique a la que conoció años atrás.

Como documento, JFK resulta estremecedor: una denuncia sin ambages de un golpe de estado encubierto que acabó con las vidas y los sueños de muchos americanos; una denuncia que, por supuesto, encuentra el campo abonado en el pueblo americano, posiblemente la nación que más desconfía de su propio gobierno en todo el mundo. No debería sorprendernos, teniendo en cuenta que los padres fundadores desarrollaron de forma deliberada un sistema político y una Constitución diseñados ex profeso para cortar las alas al Estado o si recordamos esa frase de uno de los revolucionarios de 1776 que afirmaba que “todo buen patriota debe estar dispuesto a defender a su país contra el gobierno”. Como película de ficción es casi modélica: una lección magistral de lenguaje cinematográfico, usando todos los recursos que el medio pone a su alcance y rindiéndolos en todo momento al servicio de la historia. Por muchos que sean los artificios que Stone usa en la película, ninguno de ellos resulta superfluo (al contrario de lo que ocurriría con Asesinos natos, por ejemplo, un ejercicio de virtuosismo pretencioso y casi sin justificación alguna) y todos contribuyen a dar más relieve y profundidad a la historia de la conspiración y a la de la investigación de esa conspiración. Quizá lo más prescindible, lo más molesto y lo único que ocasionalmente (aunque no de forma grave) perturba el ritmo de la historia sean las escenas hogareñas con el fiscal Garrison intentando llevar a buen término su investigación sin perder por el camino a su familia. Si bien a primera vista pueden parecer necesarias para dotar de profundidad y credibilidad al personaje, enseguida se nos revelan como superfluas ya que éste se nos define nada más empezar la película con dos o tres trazos reveladores que son más que suficientes para las pretensiones de la historia.

Como dije antes, el punto culminante de la película se alcanza durante el juicio, con la reconstrucción del asesinato de Kennedy. En ese momento, las imágenes reales, las rodadas para que lo parezcan y las filmadas representando lo que el fiscal se imagina se fusionan en una sola secuencia inseparable que traspasa, al mismo tiempo, los límites del documental y los de la ficción fílmica, porque ya no sabemos qué parte de lo que vemos en la pantalla, cuánto de lo que escuchamos, es un documento histórico o una ficción. Y al final, tal y como Stone pretendía, nos rendimos ante lo que nos cuenta y aceptamos que sí, que las cosas sucedieron así, que no pudieron ocurrir de otra manera.

Tras esto (y con la cámara convertida en los ojos del jurado) el obstinado y obsesivo fiscal Jim Garrison se vuelve a nosotros y nos pide que juzguemos. Los escasos minutos de película que restan no son más que un anticlímax previsible pero necesario para cerrar los cabos sueltos de la historia.

La edición en DVD de JFK, recupera diecisiete minutos (no demasiado relevantes) que en su momento no habían sido incluidos en la versión para el cine. Es de agradecer que esas escenas se hayan doblado con las mismas voces que en el resto del film, en lugar de limitarse a subtitularlas. También incorpora los habituales extras, entre ellos el comentario en off del director mientras vemos la película -aunque mejor que tengan un buen inglés si quieren seguirlo, porque no hay posibilidad de subtitularlo- y una interesante entrevista con el personaje real que en la película aparece como el misterioso “X” que proporciona a Garrison información en su viaje a Washington.

© 2006, Rodolfo Martínez

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Jeff Noon (1): Vurt

Jueves, Agosto 10th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »

VurtVurt es lo que podríamos definir como una “novela de coctelera”. Uno mete varios ingredientes dispares en ella, la agita cuidadosamente y luego vierte el resultado entre las tapas de un libro: en este caso la estética cíberpunk (o en ocasiones post cíberpunk), las ensoñaciones enloquecidas de Philip K. Dick, persecuciones urbanas en el mejor estilo del anime japones, el clásico tema de la búsqueda (el quest de buena parte de las novelas de fantasía surgidas al amparo de Tolkien) y un puñado de personajes marginales en un ambiente sucio y a punto de colapsar.

Parece fácil, ¿verdad? Y lo es si a uno no le preocupa que el resultado merezca la pena. Pero cuando se trata de amalgamar todo eso en un libro que aspire a tener una mínima coherencia y a convertirse en una lectura satisfactoria, resulta cualquier cosa menos sencillo. Y Jeff Noon sale triunfante del desafío, construyendo una novela enloquecida, disparatada en ocasiones, llena de referencias y guiños y con un estilo cercano a la más vistosa pirotecnia literaria que hace que uno vaya tragando páginas a un ritmo febril y sumergiéndose sin pensárlo en ese ambiente de pesadilla que el autor ha diseñado para nosotros.

Vurt tiene mucho de carrusel al estilo de Snowcrash, pero también tiene mucho de pesadilla, de visión oscura lewiscarrolliana. De la conjunción de ambos elementos surge una novela que arrastra al lector desde las primeras páginas y se encamina -no sin dar varios pasos hacia atrás, efectuar algún looping que otro o fingir un par de caídas al vacío- hacia un final inevitable y coherente que, aunque uno vea venir casi desde el comienzo, no resulta por ello decepcionante.

Vurt tiene también su toque de metaliteratura, de libro consciente de su condición de tal, y está lleno de guiños, advertencias y pistas al lector de que todo lo que está leyendo podría no ser más que otro sueño de ese vurt que nunca se define con claridad pero que parece conjugar las características de la realidad virtual y las drogas sicodélicas, con un final que nos remite inevitablemente a un clásico de la literatura inglesa y que avala la tesis de que, no solo lo que ocurre en la novela, sino que puede que todo (incluido tú que lees estas páginas) no sea más que un sueño dentro de otro sueño.

Es también la clásica novela que dividirá al público: irritará a algunos y entusiasmará a otros. Habrá quien la encuentre un ejercicio estéril de pirotecnia narrativa y habrá quien la considere una novela fresca, divertida y ocasionalmente deprimente. No hace falta afirmar que me encuentro entre el segundo grupo.

Termino con una nota, que podría ser de perplejidad. Vurt es, sin duda, una novela de género, es ciencia ficción sin cortapisas. Sin embargo, si echamos un vistazo a la contraportada y las solapas del libro veremos como ese es un término que los editores han evitado cuidadosamente, como si la sola presencia del término ciencia ficción manchara la obra de forma indeleble: se habla de “el lado punk de la cíberficción”, “fantasía, cíberpunk y las húmedas calles de Manchester” en un alarde de imaginación definitoria que uno no puede evitar leer con una media sonrisa resignada.

© 2006, Rodolfo Martínez

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¡He vuelto, mon capitaine!

Miércoles, Agosto 9th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »

Pues eso, tras un par de semanas de vacaciones (que no se han notado mucho, supongo, gracias a las actualizaciones automáticas), aquí estoy otra vez de vuelta en casita.

© 2006, Rodolfo Martínez
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Iain Banks (2): Pasos sobre el cristal

Domingo, Agosto 6th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »

Pasos sobre el cristalLa segunda novela de Iain Banks es un laberinto. O quizá una partida de ajedrez. Posiblemente ambas cosas.

Pasos sobre el cristal se va desarrollando en tres frentes paralelos. Los dos primeros en el Londres contemporáneo. El tercero en un escenario que parece una especie de desquiciada fantasía fruto de la una imposible colaboración narrativa entre Lewis Carroll y Jorge Luis Borges y que con el tiempo (y siempre que aceptemos lo que allí ocurre como real) deriva en un escenario de pura ciencia ficción.

Al principio uno tiene la sensación de que el autor nos está engañando, de que, no queriendo escribir una novela, ha cogido tres novelas cortas y ha ido alternando la acción de una con la de otra. No parece que en ningún momento lo que pasa en cada uno de los hilos argumentales vaya a influir en nada con lo que ocurre en los otros dos.

Poco a poco vamos viendo que no es así, que en realidad están unidos en una madeja de difícil desenmarañamiento en la que, sin embargo, el autor ha sabido ir siguiendo cada uno de los hilos sin perder nunca el norte. Si al acabar la novela volvemos sobre nuestros pasos nos damos cuenta entonces de que esa relación, esa causalidad que hay entre cada una de las tres tramas de la historia, ha venido produciéndose prácticamente desde el principio: simplemente en una primera lectura no tenemos los suficientes datos para darnos cuenta.

Banks ha construido una novela que es como un artificio de espejos, como un pasatiempo matemático por el que uno avanza a ciegas pero sin poder evitar el deseo de continuar caminando: pisando tal vez un cristal frágil en cuya superficie aparecemos nosotros mismos una y otra vez distorsionados por lo que Valle-Inclán llamaba “la matemática de los espejos deformantes”. Tres historias que se entrecruzan sin que, en un solo momento, cado uno de sus protagonistas lo sepa y en la que cada paso está medido y calculado para llevar al desenlace (ese momento en que lo que ocurre en cada una de las historias es el reflejo o la consecuencia de lo que pasa en las otras dos), no por inevitable menos sorprendente.

Al final de la novela no hay respuestas, solo confusión: ¿qué parte de lo que hemos visto es real y qué parte es un engaño que no hace más que ocultar otro engaño más profundo? No lo sabemos: Banks nos ha llevado de la mano a un viaje a través de la locura y la traición y no se ha molestado en traernos de vuelta a nuestro cómodo universo de rutina.

Así que cerramos el libro con una sensación incómoda. Y con el deseo casi irresistible de volver a leerlo.

© 2006, Rodolfo Martínez

© 2006, Rodolfo Martínez
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En costas extrañas: marchando una de piratas

Jueves, Agosto 3rd, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »

En costas extrañasSiempre me ha resultado sorprendente que Hollywood aún no haya entrado a saco en la obra de Tim Powers. Buena parte de sus novelas parecen candidatas casi perfectas para que el cine de aventuras haga de ellas un vistoso espectáculo de efectos especiales al estilo de La momia o su secuela, ambas de Stpehen Sommers. Y especialmente, este En costas extrañas parece haber nacido para pasar a la gran pantalla, por supuesto en cinemascope y, a ser posible, en glorioso y anticuado technicolor.

Sin abandonar ni su esquema narrativo habitual (la historia articulada en tres actos), su tipo de personajes (el protagonista atribulado que recibe palos y más palos durante toda la historia) o su concepción del mundo (el modo sorprendentemente “burocrático” en que funcionan la magia y lo mágico) deja a un lado su ambiente más popular, ese siglo XIX inglés poblado de poetas románticos, para pasar unas vacaciones en el Caribe del mil setecientos en compañía de algunos individuos no muy recomendables pero sin duda interesantes.

Por lo demás, la novela contiene pocas novedades. Gustará a los habituales de la obra de Powers y no será del agrado de aquellos que opinan que siempre escribe la misma novela. Es cierto que lo hace, en el sentido de que usa invariablemente ingredientes muy similares y mezclados de una forma muy parecida. No cabe duda de que a Powers podría acusársele de ser un escritor de fórmula. Solo que eso importa poco cuando la fórmula funciona y, usando una y otra vez los mismos mimbres narrativos, el autor consigue construir cada vez cestos muy distintos y todos interesantes.

Y Powers lo logra, al menos en mi opinión. Sabe dotar a sus, sobre el papel, sencillas tramas de recovecos inesperados, prolongando lo que, en manos de otros escritores, no pasaría de una novela corta por el método (fácil en teoría, pero no tanto cuando se trata de llevarlo a la práctica) de frustrar una y otra vez todos los caminos argumentales que pueden desembocar en el desenlace de la novela. Como lector, la experiencia resulta a partes iguales frustrante y gratificante y, después de ver una y otra vez cómo la historia parece llegar al final pero no termina de hacerlo, uno no puede evitar pasar la página preguntándose qué nueva artimaña narrativa usará ahora el autor para alargar su historia.

Al contrario que otros escritores, capaces de premisas prometedoras, pero cuyas tramas terminan escapándoseles de las manos, Powers no pierde nunca el control de su artefacto narrativo, y reconduce una y otra vez su historia hacia el lugar al que debe ir, haciendo que parezca natural y cerrando, uno tras otro, todos los cabos sueltos. Eso, unido a un envidiable manejo del ritmo y un uso sabio y dosificado de la documentación histórica, ha hecho de Powers uno de los mejores escritores de aventuras de finales del siglo XX.

En costas extrañas no es la mejor de sus novelas, pero puede que sea la más entretenida y mejor llevada de todas ellas. Es como si, justo antes de lanzarse de cabeza a escribir su obra más ambiciosa, La fuerza de su mirada, hubiera decidido tomarse unas vacaciones literarias en el Caribe y limitarse a pasarlo bien y hacer pasarlo bien a sus lectores. No cabe duda de que lo consiguió.

© 2006, Rodolfo Martínez

© 2006, Rodolfo Martínez
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