Iain Banks (1): La fábrica de las avispas

La fábrica de las avispasPara empezar, comentar que este es un libro primerizo, y se nota. También es fascinante, y lo segundo compensa sobradamente lo primero.

Banks nos invita a adentrarnos en un mundo insano, extraño y grotesco, y lo hace con naturalidad, llevándonos suavemente de la mano sin apenas explicarnos nada, mostrándonos aquí y allá panoramas extraños, dejándonos ver atisbos de lo que realmente son y, solo por acumulación, permitiendo que nos demos cuenta de lo que ocurre en realidad.

Pese a la frase que adorna la contraportada del libro y que califica al autor de “malabarista del suspense” no estamos ante un trepidante thriller. Al contrario, el ritmo de la novela es tranquilo, el libro respira a grandes bocanadas, con pausas entre una y otra, y no tiene ninguna prisa por llegar a su inevitable final.

Porque el final lo es, sin duda. Banks ha planteado su extraño (pero familiar) universo de forma que solo puede desembocar donde lo hace, y al mismo tiempo se las ha apañado para no resultar demasiado previsible. El mérito de eso, en parte, está en su narrador en primera persona, desconocedor, al igual que el lector, del oscuro secreto que se agazapa en su vida y que, por eso mismo, puede llevar de la mano al lector hasta el momento en que él mismo lo descubre y su vida da un vuelco. ¿O no lo da?

Poco más se puede decir de esta novela, salvo comentar que está concebida para ser degustada con calma, tomándonos nuestro tiempo y saboreando cada detalle del desconcertante, morboso y enloquecido paisaje que se va abriendo ante nuestros ojos. Decir que aquellos que, engañados por la desconcertante frase de la portada (ese “no apto para todos los públicos” que no sé muy bien si es un reclamo publicitario o un ejercicio de autocensura editorial) esperen encontrar el clásico best-seller con psico killer de protagonista, van a sentirse decepcionados. Es cierto que el narrador de la historia dista mucho de la normalidad, pero no estamos ante la clásica novela que se regodea en casquería varia y se empeña en mostrarnos mutilaciones y asesinatos de diversa índole, cada uno más imaginativo que el anterior (y me viene ahora a la memoria el American Psycho de Brett Easton Ellis, o algunos pasajes de ciertas novelas de Stephen King). Sí que hay asesinatos, y sí que son imaginativos, pero no son, ni de lejos, lo más importante para comprender lo que está ocurriendo; y al mismo tiempo, no se trata de irrelevancias destinadas a inflar páginas y satisfacer morbos, sino que tienen su importancia para lo que pasa.

Dije al empezar que estábamos ante una novela primeriza. Y donde más se nota esto es en su conclusión. Una vez desvelado el secreto, una vez que las cartas están boca arriba, el personaje narrador reinterpreta toda su vida a la luz de lo que sabe, en una recapitulación demasiado breve para resultar psicológicamente creíble, además de escamotearle al lector uno de los mayores placeres que habría obtenido con esta novela: que fuera él mismo quien hiciera el trabajo, rearmara el puzzle a la luz de lo que ahora sabe y extrajera sus propias conclusiones.

Pese a eso estamos sin duda ante una novela fascinante, que tiene como atractivo extra el hecho evidente de que coquetea abiertamente con lo fantástico sin abandonar ni una sola vez los cauces de lo real, algo verdaderamente difícil de conseguir. Y es un desafío del que Banks sale triunfante de una forma más que airosa.

© 2006, Rodolfo Martínez

6 comentarios

  1. Esta “novela primeriza” en realidad es la segunda o tercera que escribió Banks. La primera que escribió fue “Use of Weapons”, que fue la tercera en publicar (una vez reescrita a fondo).

    En cuanto a lo de que la recapitulación es demasiado breve… no estoy de acuerdo. Será porque estoy harto de novelas que se empeñan en alargar lo inestirable… :)

  2. Que sea la segunda o tercera no invalida que sea “primeriza”, creo yo. No dije “primera” sino “primeriza”. Y lo es en el sentido de que tiene los defectos y tics (o al menos eso me pareció en su momento: este comentario está escrito hace ya unos tres o cuatro años, cuando me leí la novela) de una novela primeriza.

    En cuando a que no estás de acuerdo con que la recapitulación sea demasiado breve… lo sabía. Quizá no lo recuerdes, pero ya lo comentamos el tema la primera vez que hablamos sobre la novela. Por cierto que entre “estirar lo inestirable” y se demasiado breve hay un término medio.

  3. No, no lo recordaba. Me hago viejo, y ya no recuerdo cada palabra de todo lo que hemos hablado. :-P

    Y sí, ya sé que dijiste “primeriza” y no “primera”. Es que, simplemente, me parece una novela tan redonda que jamás se me pasaría por la cabeza llamarla primeriza. Ojo, que digo “tan redonda”, y no “perfecta”… En lo que creo que discrepo contigo es que los fallos que yo pueda verle no los achaco a la experiencia de Banks al escribirla (vamos, que ahora tiene mucha más experiencia y, con mucha frecuencia, sus novelas actuales me dejan menos satisfecho que “La fábrica de avispas”).

  4. Y sí, es verdad que hay un término medio entre “demasiado breve” y “estirar lo inestirable”. Pero es un término medio teórico, sin confirmación experimental, porque ya no hay escritores de término medio. Los hay que cortan pronto, y los que se van a setecientas páginas (o novecientas, o mil doscientas) sin pensar. El George R. R. Martin actual es un buen ejemplo de ello; sus novelas anteriores eran comedidas, y nadie pensaría en ellas como demasiado breves. Otro ejemplo (doloroso para mí) es Neal Stephenson. “The Big U” y “Zodiac” son cortitas, “Snow Crash” se va ya a unas cuatrocientas páginas, y a partir de ahí es el acabose.

  5. No, si entiendo lo que dices, respecto a a írsete la pinza y no ser capaz de contar las cosas en su espacio adecuado. Stephen King sería otro buen ejemplo sobre lo que acabas de comentar, por ejemplo.

    Personalmente (y eso ya entra en la idiosincrasia de cada lector), no me molesta demasiado que el autor se me enrolle como una persiana y me cuente miles de historias secundarias que ni vienen a cuento ni aportan nada a lo que me está contando realmente, siempre que me lo sepa hacer entretenido. Y, de hecho, alguna vez me ha pasado (con King, precisamente) que esas ramificaciones superfluas de la trama, me resultan más interesantes que la historia central en sí.

    Pero, sí, es una tendencia lamentable. Y que ha perjudicado a buenos escritores. Pienso, por ejemplo, en Clive Barker. Me habían encantado sus cuentos. Pero las novelas que leí (salvo la primera, creo que era “El juego de las maldiciones” o algo así) me parecieron infladas a más no poder: tochos de 800 páginas en las que, de vez en cuando encontrabas momentos realmente cojonudos, rodeados por paja y más paja y mucha más paja. Ahí sí que me irritó, por ejemplo.

  6. Entiéndeme: a mí tampoco me molesta que un autor se enrolle, y ciertamente en muchas ocasiones me interesan más las historias paralelas que la trama principal. Mi queja es que eso ya no se utiliza como recurso literario, sino como forma de hacer un tocho “al gusto del consumidor”; vamos, que parece que los autores ya no piensen en cuántas páginas necesita su historia, sino en cuántas quiere el editor.

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