Doble rasero

Hace ya tiempo, en el diario El País encontré la siguiente reseña referida a la película de David Fincher El club de la lucha:

De todos es sabida la predilección por la violencia de David Fincher, como demuestra el caso de Seven. Pero en esta ocasión se ha pasado. Pese a que técnicamente la película no presenta demasiados fallos, que en su reparto aparezcan nombres como los de Edward Norton y Brad Pitt y que comercialmente funcionó bastante bien, el filme es un puro despropósito, un canto fascista al salvajismo que ya en su estreno en Estados Unidos levantó un duro debate sobre la violencia en el cine. Bastante tenemos con la realidad cotidiana como para que algunos cineastas se empeñen en mostrar que la única salida que tiene el ser humano es su fuerza bruta

El club de la luchaEl comentario tiene su miga, especialmente esa frase dejaba caer como quien no quiere la cosa de que “técnicamente la película no presenta demasiados fallos” y que es todo un prodigio de manipulación verbal. Cuando uno se encuentra con un filme que, más allá de aspectos ideológicos o morales -de lo que hablaremos más adelante-, resulta ser impecable técnicamente, ventilarlo con un comentario de ese cariz resulta, cuando menos, ligeramente tendencioso. Es como si yo dijera, en un comentario a Matrix que “aunque los efectos especiales no están mal del todo…”. Cada plano de El club de la lucha está medido al milímetro, concebido con un perfeccionismo rayano en la obsesión, y ejecutado y montado de forma que encaja necesaria e impecablemente con el plano siguiente y el anterior. ¿Eso es “no estar demasiado mal técnicamente”?

Pero lo que de verdad ha irritado al autor de la reseña parece ser el contenido ideológico de la película. Y ha caído en el mismo agujero en el que caen buena parte de los críticos en un caso como ese: como la ideología de una obra de arte me resulta repugnante, le niego, no solo cualquier mérito moral, sino cualquier mérito artístico.

Con lo cual volvemos a una de las discusiones más viejas de la historia del arte: ¿una novela -por poner un ejemplo- puede ser una buena novela si sus méritos son estrictamente literarios -estilo, trama, desarrollo, creación de personajes y ambientes- pero me resulta repugnante la moral que defiende? Y la respuesta resulta curiosa, porque entonces nos encontramos con que el mismo crítico que defiende que eso no es posible para una obra contemporánea puede extasiarse en la contemplación de las pirámides egipcias ignorando alegremente el monumento a la soberbia y la megalomanía que son, o cuántos hombres murieron como trabajadores durante su construcción. O experimentar maravilla sin ningún rubor ante el Taj Mahal cuando no es más que la tumba que un tirano obsesionado por su amante construyó -sin que nada más le importara- para satisfacer su obsesión. O alabar los méritos poéticos y literarios de Quevedo obviando todo lo que de reaccionario y clasista tiene su obra (porque “Poderoso caballero es don dinero”, por más que haya sido reinterpretado a lo largo de los siglos -y esa es una de las cosas maravillosas de la literatura: ser capaz de generar interpretaciones con las que su autor no contaba-, no es en origen otra cosa que un canto a las bondades de la nobleza de sangre y nacimiento frente a esos arribistas que escalan socialmente sin más mérito que su poder económico).

Así que, las obras clásicas pueden no comulgar con nuestra moral o atentar contra ella y, pese a todo, seguir siendo obras de arte válidas, pero eso no les está permitido a las obras contemporáneas. Ante tal ceguera lo único que puedo comentar es que la capacidad del crítico en cuestión para dedicarse al análisis de un género artístico es, como mínimo, cuestionable.

Y ni siquiera me molestaré en entrar en más detalles de su reseña, como su estúpida identificación entre violencia y fascismo, que demuestra de paso que no tiene ni idea de lo que es el fascismo, y que además obvia el hecho de que prácticamente cualquier ideología que ha habido en el mundo ha usado la violencia como uno de los medios para alcanzar sus fines. La película de Fincher puede ser muchas cosas (y es violenta, sin duda, y justifica la violencia como medio para alcanzar un fin) pero tiene tanto de fascista como lo pueda tener la Revolución Francesa o la Declaración de Independencia Norteamericana.

© 2006, Rodolfo Martínez

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