Contradicciones, críticas, argumentos, fandomeo

Sherlock Holmes y las huellas del poetaEs cierto que llevo buena parte de mi vida haciendo y diciendo cosas contradictorias, hasta el extremo de que hace tiempo que he dejado de preocuparme por ser coherente conmigo mismo. Si en un momento dado pienso una cosa y al siguiente otra distinta, pues bueno, la vida es así, no merece la pena darle más vueltas.

Siempre he sostenido públicamente que un escritor no debe entrar a discutir las críticas que se le hacen. Lo he dicho y redicho miles de veces. Desde el momento en que te entregas a una actividad pública, ésta se convierte en algo susceptible de ser criticado y analizado y uno no tiene derecho a mosquearse sin importar lo duras e implacables que sean las cosas que se digan sobre su obra.

Es algo que sigo pensando y que, de hecho, espero no dejar de pensar jamás. Y sin embargo, aquí me tenéis, dispuesto a hablar de una crítica (más bien una reseña, luego comentaré el por qué de la terminología) que se ha hecho sobre mi novela Sherlock Holmes y las huellas del poeta. La reseña ha aparecido en una interesante iniciativa online: C, el hijo de Cyberdark, que nace con pretensión de ir convirtiéndose en una referencia a tener en cuenta para todo lo que sea la crítica y los estudios teóricos sobre la literatura fantástica en España. Está firmada por Javier Vidiella y, en general, es un comentario más o menos positivo a mi novela. Así que lo suyo sería que me quedara tranquilo y lo dejara estar.

Sin embargo, la lectura de lo que escribe Javier me ha hecho reflexionar sobre unas cuantas cosas. Y no he podido evitar (bueno, podría haberlo hecho, pero no me apetecía) poner esas reflexiones por escrito.

Creo que lo voy a decir a continuación no contradice mi idea antes expuesta sobre cuál debe ser la actitud de un escritor ante la crítica y, desde luego, intentaré no comentar la valoración cualitativa que se hace de mi libro (eso sería absurdo y, aunque contradictorio, creo que aún no he rebasado esa frontera), sino el modo en que se ha hecho.

Cuando Javier habla de los aspectos negativos de Sherlock Holmes y las huellas del poeta, se centra fundamentalmente en tres puntos. Dos de ellos comentados de pasada, el tercero explicado con un poco más de detalle.

Helos aquí:

  • A causa de la ausencia de Watson como narrador, mi Holmes queda desdibujado.
  • Al mismo tiempo, el personaje hace cosas que contradicen la personalidad establecida por su creador. Es decir hace cosas incompatibles con su personalidad “canónica”.
  • Finalmente, la acumulación de guiños y cameos y apariciones de personajes de la época (tanto reales como ficticios) termina cansando al lector. Esto último parece indignar bastante a Javier, pues llega a comentar: “Y estamos alcanzando un punto en que esa amalgama y posterior regurgitación de las mil y una influencias que les han nutrido, están convirtiendo sus obras en festín para los pocos que entienden sus gracias y en crípticos jeroglíficos que debieran incluir un diccionario para los demás”.

Es una frase que, antes de entrar en materia, me gustaría comentar brevemente. Porque una obra no se convierte en algo ininteligible por la cantidad de influencias regurgitadas (por usar su propia terminología) que aparecen en ella, sino por su calidad; no por el número de ellas, sino por el modo en que se han integrado en el texto novelístico.

Es decir, no se trata de expurgar de tu obra los guiños, referencias e influencias que hay tras ella, sino de introducir todo eso con el suficiente cuidado para que, si el lector no comparte el mismo ámbito referencial, pueda disfrutar igualmente de la novela y no perderse en ella. No es una cuestión de moderación en el número, sino de hacer bien las cosas.

Se puede discutir o no si en mi novela todas esas referencias están bien integradas o no en la historia. Comprendería que se criticase la calidad de mis guiños y referencias. Que se hablase de que están mal situados, que rompen el ritmo, que se cargan la historia. Todo eso me parecería pertinente y hasta recomendable. Pero en ningún momento se hace en la reseña de la que hablo. O mejor dicho, sí que se afirma que no dejan disfrutar de la historia en algunos momentos; pero al mismo tiempo se afirma eso basándose exclusivamente en la cantidad de los guiños, nunca en su calidad.

Es decir: lo que se comenta en la reseña puede ser cierto o no, pero está carente de argumentos que lo respalden.

Lo cual me lleva los otros dos puntos. Y me lleva también al motivo por el que he calificado el texto comentado de “reseña” y no de “crítica”. Y, finalmente, me lleva al problema de fondo y al verdadero motivo por el que me he sentado a escribir esto. (Más allá de, como seguro que algunos habéis pensado, echarle un rapapolvo a un pobre hombre que se ha atrevido a mencionar los defectos de mi novela. No, queridos míos, la cosa no va por ahí, os aseguro que mi ego no alcanza a tanto; y en realidad, la reseña de Vidiella me sirve simplemente como excusa, como macguffin para lo que de verdad me interesa.)

Los otros dos puntos negativos de la novela según el reseñador son el “desdibujamiento” de Holmes sin un Watson que le de vida y el que haga cosas incompatibles con su personalidad “canónica”.

Esto bien puede ser cierto o puede no serlo. Opino que no es así, claro, pero al fin y al cabo estoy demasiado cerca de la novela para contemplarla con ecuanimidad. Pero en cualquier caso, que sea verdad o no es irrelevante, al menos para mi propósito.

Porque el verdadero problema es que esas dos valoraciones cualitativas que Javier Vidiella hace (las tres, de hecho, pues aunque en el tema de los guiños se explaya más, no llega en realidad a explicar gran cosa) no están argumentadas: no están sustentadas por un razonamiento que las justifique.

Y, por tanto, carecen completamente de valor. Lo repito, por si no ha quedado claro: no tienen ningún valor. Y eso convierte su crítica en algo vacío e inútil.

Esto puede sonar muy duro, extremo, exagerado, pero me temo que es cierto. Un crítico no puede permitirse el lujo de decir “su Sherlock Holmes no es canónico” y pasar a lo siguiente como si tal cosa. Tiene el deber (si es que aspira a hacer correctamente su trabajo) de explicar por qué no lo es, argumentarlo e incluso, por qué no, poner ejemplos de lo que dice fundamentados en el texto que analiza. Si no lo hace así, lo que dice no vale para nada. No sirve. Es inútil. Y, en el fondo, carece de significado alguno, más allá del evidente de que él opina eso. Y sí, claro que lo opina. Pero sin una exposición argumentativa detrás, una opinión no tiene valor alguno y se limita a ser un ejercicio de subjetivismo estéril que no sirve para nada.

Son tus argumentos, no tus opiniones, los que hacen de ti un buen o un mal crítico. Y sin argumentos, no eres un crítico, sólo un lector que comparte su opinión con otros. De ahí que haya calificado al texto del que hablo de “reseña” y no de “crítica”. En mi opinión, para que una crítica pueda ser considerada como tal, debe venir respaldada por argumentos.

Y así, por fin, terminamos llegando al problema de fondo. Al asunto que de verdad me preocupa.

C, el hijo de Cyberdark es una iniciativa interesante, ya lo dije antes. Sin embargo, a juzgar tanto por esta reseña como por otras que he leído me parece (y aclaro que es una opinión personal, estrictamente subjetiva y casi seguro que del todo intransferible) que el camino que está tomando quizá no es el correcto.

¿Por qué? Muy sencillo, porque está cayendo en el mismo vicio que buena parte de la crítica de literatura fantástica que, por y para el fandom, se está haciendo en este país. Y ese vicio no es otro que el de limitarte a opinar sin entrar en el análisis. Limitarte a decir “la novela tiene esto bueno y esto otro malo” sin entrar a detallar cómo es lo bueno y por qué te parece bueno ni cómo es lo malo y por qué te parece malo. Sin analizar cómo y de qué manera funciona o deja de funcionar literariamente la novela.

Sin argumentar, en suma.

Estoy exagerando, sin la menor duda. Hay un intento de razonar y argumentar los juicios de valor que se hacen en las distintas reseñas. Sin embargo, ese intento a menudo es fallido y pocas veces resulta serio. Ocasionalmente, alguien hace un análisis acertado (acertado no porque su opinión coincida con la mía, que no suele pasar, sino porque sus argumentos están bien expuestos, son coherentes y resultan válidos, aunque pueda no compartirlos) pero por desgracia eso sigue siendo la excepción, más que la regla.

Seguimos, después de todos estos años, haciendo crítica fandomera. Una crítica fandomera que se queja de que los escritores de CF y fantasía no son lo bastante profesionales en sus actitudes a la hora de escribir. De hecho, permitidme citar de nuevo la reseña de Javier Vidiella cuando comenta precisamente eso como uno de los problemas del fantástico actual a causa de que “la mayoría de los autores que están surgiendo en los últimos años han pertenecido antes al fandom y en ocasiones han militado —y algunos los siguen haciendo—, en las filas de los frikis confesos”. No es el único crítico que opina eso: de hecho, es una idea que he visto apuntada más de una vez a lo largo de los años. Y es posible que quienes opinan eso tengan razón, no lo dudo. Pero no estaría de más, quizá, que se aplicaran a sí mismos su vara de medir a otros.

Lo dije hace unos cuantos años y creo que no viene mal repetirlo. En aquel momento había muchas cosas que creía que tenían que cambiar si queríamos que la literatura fantástica española se convirtiera en una literatura madura y válida. Una de ellas, muy evidente, era que los autores tuviéramos la posibilidad de publicar de forma profesional y de modo regular, de entrar en el mercado, competir y, gracias a la competencia, ir mejorando y profesionalizándonos en nuestras actitudes y modos de encarar lo literario: de lo contrario estaríamos condenados a un amateurismo perpetuo. Eso es algo que ha empezado a pasar en los últimos años y parece que tiene visos de continuar. Crucemos los dedos.

Pero otra, quizá no tan evidente, pero tan necesaria o más que la anterior, era que existiese un aparato crítico digno de ese nombre, que dejase de caer en vicios fandomitas y se entregase a lo que, creo, debe ser la crítica: el análisis razonado y argumentado de una obra, alejado de filias, simpatías y fobias. No objetivo (creo que eso es algo inalcanzable: una meta a la que se puede aspirar, pero a la que nunca se llega) pero sí riguroso, ecuánime y, sobre todo, argumentativo.

Se nos puede exigir a los escritores que seamos profesionales. Pero la misma exigencia se puede y se debe hacer a los críticos. De hecho, creo que va siendo hora de que alguien se la haga, que les de un toque y les diga que se pongan las pilas. Porque si bien la literatura fantástica española ha despegado de un modo espectacular en el último lustro (no, no es ni triunfalismo ni afirmar que no tenemos carencias, sólo constatar el salto cuantitativo y cualitativo que se ha dado, independientemente del enorme camino que aún nos queda por recorrer) me da la impresión de que la crítica no ha sabido seguir el ritmo y que aún está llena de tics de fandomita, de maneras de aficionado que comparte sus impresiones sobre lo que ha leído, de modos de reseñador de andar por casa que cuenta a los demás lo que le ha molado y lo que no.

Termino este post que ha sobrepasado hace rato los límites de lo razonable (en extensión quiero decir, aunque quizá haya quien crea que también ha sido así en intención) con una última reflexión. Críticos y lectores tienen derecho a ser conmigo, en cuanto a escritor, tan exigentes, inflexibles e implacables como crean conveniente. Pero no lo olvidemos: yo tengo derecho a ser tan exigente con ellos como ellos lo son conmigo y a pedir que sus críticas sean tan profesionales como ellos pretenden que sean mis libros.

Esto no es un juego de una sola dirección. No lo ha sido nunca. Y quizá es hora de que se vaya tomando nota de ello.

Un comentario

  1. Me parece que en esta entrada se mezclan dos cosas bastante distintas: una es si la crítica es fandomera o baldomera, y otra si una crítica concreta a una obra concreta de un autor concreto es así o asá.

    En cuanto a cómo es la crítica, como no la sigo poco tengo que decir. En cuanto al ejemplo concreto, sostienes que esa crítica es “vacía e inútil” porque señala tres defectos de la novela (presuntamente) sin dar ningún argumento. También cabe decir que señala tres virtudes de la novela, estas sin duda sin dar ningún argumento: el profundo conocimiento del personaje, la mímesis del estilo de Conan-Doyle y el ritmo impecable. Uno no puede sino preguntarse por qué se trata de argumentar que la crítica es vacía e inútil sobre la base de que no argumenta los defectos y no sobre la base de que no argumenta las virtudes.

    Supongo que me dirás que lo que tú defiendes es que no argumenta nada de lo que dice (aunque es una reseña, no una tesis, en cualquier caso); la pregunta es, siendo que al menos dedica un espacio a explicar los presuntos defectos mientras que no dedica nada a explicar las presuntas virtudes, ¿no debería el recrítico imparcial en este caso argumentar bien al hilo de las dos cosas, bien al de las virtudes sólo?

    Y si la respuesta es que no eres imparcial, dado que tampoco pretendes modificar la percepción de la obra del lector de la crítica, ¿qué sentido tiene la recrítica pública más allá de devolver reglazos conforme vaya apeteciendo, eso sí, sintiéndose tranquilizadoramente legitimado para hacerlo?

    (De un lector escéptico sobre la filosofía de la recrítica)

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