That’s entertainment!

De vez en cuando me da por abandonar los canales temáticos y echo un vistazo a lo que ponen en las cadenas de televisión generalistas. Es el momento perfecto para sentirme satisfecho de mí mismo al ver las ondas pobladas de telebasura y para, de paso, darme unas palmaditas en las espalda por tener un gusto tan elevado que me hace huir de esos programas más rápido que de la posibilidad de una emasculación. A veces hasta siento lástima por esos pobres diablos cuyas vidas son tan miserables que tienen que entretenerse contemplando las desgracias de otros. Incluso hay momentos en que me paro a analizar cuál es la diferencia entre tales pobres diablos y yo mismo.

Entonces la satisfacción me abandona y las palmaditas en la espalda no llegan a materializarse jamás, porque es precisamente cuando me doy cuenta de que no nos diferenciamos absolutamente en nada.

Desde luego, si los adictos a la telebasura tuvieran una vida plena, rica y satisfactoria no se pasarían horas y horas frente al televisor tragando miserias prefabricadas o concursos amañados. Pero es que si mi vida fuera plena, rica y satisfactoria, no pasaría horas y horas leyendo libros, viendo películas, escuchando música o navegando por Internet: me limitaría a vivir, que con eso ya tendría más que suficiente.

Es decir, ambos, los pobres diablos y yo, necesitamos que otros nos entretengan, que fabriquen para nosotros programas televisivos, películas, novelas, piezas de música que llenen nuestras horas y nos provoquen las emociones que buscamos, los sentimientos que queremos o el placer que deseamos y que no están presentes en nuestra vida diaria. Puedo discutir hasta la saciedad sobre si mi gusto en materia de entretenimiento es superior al de los adictos a la telebasura, pero al final, todo se reduce a una sola pregunta: ¿lo que has visto -leído, oído- te ha proporcionado el suficiente placer? Si la respuesta es afirmativa el resto resulta irrelevante.

Lo que me lleva a pensar que cosas como la literatura, la pintura, la música, el arte en general carecen por completo de valor alguno, más allá del que nosotros le demos Y eso me conduce a una de esas paradojas zen en las que algunos creen encontrar un nuevo tipo de sabiduría (ya sabéis, si expresas lo mismo de siempre de un modo extraño parecerá más interesante): si un árbol cae sin que nadie lo presencie puede que haga ruido o puede que no, pero una obra de arte (de entretenimiento, en suma) sin un espectador que la valore por el placer que le ha causado carece por completo de sentido. Estirando un poco más la cosa, puedo preguntarme si más allá de aparatos críticos, de herramientas de análisis, de sesudos juicios destinados a valorar la calidad del entretenimiento (del arte, en suma) el único criterio posible estará en el placer que nos causa. Sí, claro, podemos argumentar sobre que no todas las sensibilidades han sido educadas del mismo modo, y que no todos tienen la altura intelectual o estética suficiente para apreciar determinadas cosas y que su pobre mente adocenada tiene que conformarse con un entretenimiento de calidad claramente inferior.

Desconozco si eso es cierto o no. Pero al final, enfrentados el aborregado consumidor de entretenimiento basura y el elevado degustador del más fino arte, ¿de qué sirve el argumento que esgrimirá el segundo de que ha disfrutado de obras mejores que el primero, ante la pregunta que este le hará inevitablemente: “vale, pero ¿has disfrutado tanto como yo?”?

© 2006, Rodolfo Martínez

2 comentarios

  1. Hombre, Rudy, cualquier diría que tienes una crisis de fe. Si juntamos el relativismo estético con el hedonismo como modo de vida, la única conclusión lógica es la heroina, ¿para qué molestarse en buscar entretenimiento cuando puedes proporcionarte la química misma de la felicidad?

    Iba el otro día yo en el coche con una amiga que va camino de ser escultora, pero de momento sigue estudiando bellas artes, todo emocionado escuchando a Beethoven y haciendo aspavientos cuando se paró a nuestro lado en un semáforo un bakala con su coche tuneado escuchando con el mismo interés un ritmo base con ruiditos por encima, y conste que no soy alérgico a la música electrónica. Mi amiga se rió y dijo que era más o menos lo mismo, algo parecido a lo que dices tú con la telebasura. Yo le dije que no, que Beethoven es mejor, y que no tengo forma de demostrarlo, me basta con saberlo yo, y el que me diga que para él es lo mismo el reguetón que Beethoven, o es un demagogo, o es sordo.

    A mi me quita el hambre igual comer pan con mortadela y beber agua que gastarme medio sueldo en una comida en un buen restaurante, sin entrar en noveau cuisine, por favor, pero que no me digan que es lo mismo :)

  2. No, Octal no te digo que sean lo mismo.

    Te digo que a la larga, lo único que importa de una forma de entretenimiento para un espectador que la consume, es el placer que le ha causado. El resto… no digo que no exista pero si aceptamos que el arte, el entretenimiento o como lo quieras llamar tiene como objetivo causar un determinado efecto en su receptor, el público, lo único que importa a la larga es que cause ese efecto.

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