Usted creerá que un hombre puede volar

A la espera de ir esta noche a ver el Superman returns de Brian Singer, rescato un comentario que hice hace unos años sobre la primera película de Christopher Reeve, dirigida por Richard Donner.

Superman: La películaPor muchos años que pasen y por muchas versiones para la pantalla que se hagan de El Hombre de Acero (veremos qué pasa con lo que nos ha preparado Brian Singer), será difícil volver a experimentar esa increíble necesidad de exclamar, casi sin querer: “¡Pero sí es Superman!” que uno sintió la primera vez que vio a Christopher Reeve en el famoso traje azul y rojo. Ya solo por eso, por haber encontrado en el mundo real la viva imagen del Último Hijo de Krypton y su alter ego terrestre, la adaptación cinematográfica de Superman realizada en 1978 por Richard Donner merecería pasar a la historia.

Pero además estamos ante una buena película, dirigida y narrada con pulso firme, una de las más cuidadas de la época: un casting tremendamente adecuado, un diseño de producción detallado, imaginativo y creíble, y un guión (pese a fallos inevitables que comentaré más adelante) que se desarrolla con fluidez, sin sobresaltos, llevándonos de paseo por los primeros treinta años de vida de El Hombre de Acero, y haciendo que compartamos con él su increíble viaje de Krypton a la Tierra, su adolescencia como el introvertido Clark Kent, y su madurez como Superman.

Los fallos de guión vienen motivados por el hecho de que ninguno de los guionistas es precisamente un aficionado al cómic de superhéroes: conocen a Superman, por supuesto, como icono cultural y tienen una vaga idea de lo que es el universo cuatricolor del comic-book, pero parecen pensar que, al tratarse de un superhéroe, todo vale, y por tanto sus poderes no necesitan tener ninguna coherencia interna ni límite alguno: pueden sacarse habilidades superheroicas de la manga en el momento mismo en que las necesiten. Algo que será mucho más evidente en la secuela: Superman II: la aventura continúa. De las dos películas restantes (especialmente aquella horrible En busca de la paz de la cuarta), cuanto menos se diga, será mucho mejor.

El responsable de que la película funcione es, por un lado, Christopher Reeve, capaz de hacernos creer que Superman y Clark Kent son dos personas distintas con un sencillo cambio de peinado, unas gafas que le tapan media cara y el hecho simple, pero quizá no tan evidente, de enfrentarse a la interpretación de ambos papeles como si fueran dos personajes distintos, cada uno con sus propias motivaciones y deseos. Su interpretación de Superman está llena de fuerza y de nobleza, pero no está ausente de la misma el sentido del humor necesario para no volver repelente al personaje: sus secuencias de vuelo funcionan, no solo por el cuidado en los aspectos técnicos con el que fueron realizadas, sino porque nos creemos que Christopher Reeve es capaz de volar: cada uno de sus movimientos en el aire está lleno de gracia y naturalidad, como si hubiera nacido para lo que está haciendo. Alguien definió una vez a Superman como el “Nijinsky del aire”, y viendo a Reeve volar, uno no puede evitar estar de acuerdo con la definición. Su Clark Kent, por otro lado, torpe, ridículo y tímido, es también lo suficientemente entrañable para no caer en la caricatura desaforada (algo que sí ocurriría en películas posteriores), consiguiendo de ese modo un equilibrio muy difícil.

El otro artífice de que la película funcionara en su día y aún hoy nos siga enganchando a la butaca es su director, Richard Donner, quien desde el principio se planteó la filmación de Superman como el mayor reto de su carrera y se enfrentó a ella con un ansia perfeccionista que hizo que el rodaje se prolongara más de un año, pero que obtuvo los resultados deseados: cada plano del filme está cuidado al máximo, perfectamente engarzado con el anterior y el siguiente, y la película fluye con una naturalidad que es muy de agradecer y que consigue que el espectador, pese a lo inverosímil de toda la historia, se crea lo que está viendo en la pantalla. Por desgracia, ese perfeccionismo haría que los Salkind, productores de la película, decidieran prescindir de él para entregas posteriores y dejaran el proyecto en manos de Richard Lester, director menos problemático y que no se salía del presupuesto. Lester tiene cierta tendencia a caer en la parodia desmitificadora (baste ver su versión de Los tres mosqueteros o su Royal Flash, por no hablar de su larga colaboración con Peter Sellers o sus dos películas de los Beatles) y aunque en la segunda película eso no se nota demasiado (buena parte de ella —de hecho, casi toda, o eso se afirma— había sido rodada a la vez que la primera y estaba, por tanto, dirigida por Donner) en la tercera entrega del ciclo, ayudado por la presencia de Richard Prior como contrapunto cómico, eso ya es completamente evidente.

La trama, por otro lado está muy inteligentemente estructurada en tres actos que se diferencian con facilidad. El primero, que narra la muerte de Krypton y el viaje del joven Kal-el a la Tierra, es pura ciencia ficción (y por sí mismo uno de los mejores momentos de space opera que vio el cine de aquella época). El segundo contará la adolescencia de Clark y es una revisitación deliberada y nostálgica de la América de Norman Rockwell. Finalmente, el tercero se adentra ya dentro del género de superhéroes y lleva la historia a su conclusión.

En cualquier caso estamos ante una de las películas clave del cine fantástico de los setenta y que aún hoy puede ser vista con agrado y, en ocasiones, con un cierto sentido de la maravilla que es muy de agradecer. Todo ello realizado de una forma puramente artesanal, mucho antes de la llegada de los efectos especiales digitales, y cuando los técnicos tenían que improvisar con las técnicas existentes o inventárselas sobre la marcha. Es muy de agradecer, además, que está edición recupere buena parte de las secuencias que, en su momento, fueron eliminadas del montaje original, algunas de ellas de forma incomprensible: como la conversación entre Superman y Jor-el después de la primera aparición pública del primero, donde se nos muestra a un Hombre de Acero incómodo ante su popularidad, pero sin poder evitar disfrutar de ella, haciendo así más humano al personaje.

Por lo demás, esta edición en DVD ha puesto un especial cuidado en los extras que acompañan a la película. Algo que, cuando salió a la venta, no era nada frecuente, pues la Warner Bros. se solía mostrar más que cicatera en ese aspecto con sus DVDs. Entre esos extras encontramos un acceso directo a todas las secuencias eliminadas de la versión original de la película, tanto las que se incorporan a esta nueva versión como las que no. Un completísimo reportaje sobre el rodaje de la película (en el que hablan prácticamente todos los implicados en el proyecto), varias pruebas de casting o algunos diseños de producción completan este DVD imprescindible para cualquier aficionado al cine fantástico.

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