Chupar de la teta

Hace tiempo tuve oportunidad de sentir vergüenza por partida doble: como escritor y como asturiano. Durante la Semana Negra de Gijón de hace tres o cuatro años tuvo lugar la presentación pública de la Asociación de Escritores Asturianos, en una mesa redonda durante la que varios de sus integrantes trataron de explicar al público asistente cuáles eran sus intenciones.

Estas podrían resumirse en una sola: la de convertirse en funcionarios, chupar de la teta del estado y vivir a costa del mecenazgo de las instituciones públicas. Básicamente la Asociación ha sido creada con el único propósito de formar un frente común que pueda presionar al Estado para obtener subvenciones, para que se cuente con ellos cuando se necesite un escritor para algún acto público, algunas jornadas, la escritura de un prólogo o un pregón o lo que sea. Puro corporativismo al más puro estilo mafioso, por decir las cosas claras.

Mi único comentario ante algo así es: lamentable. Y cuando uno de los escritores presentes en la mesa redonda manifestó algo del estilo de “queremos cobrar por lo que escribimos” me resultó difícil contener el impulso de incorporarme en mi asiento y decir en voz alta “entonces escribid algo que el público quiera leer”. Como en el fondo uno es una persona tímida, incluso pudorosa, opté por retirarme discretamente de tan bochornoso espectáculo y dedicar mi tiempo a algo más productivo. Escribir, por ejemplo. Intentar publicar, tal vez. Competir en este duro mercado con otros escritores, sin buscar privilegios que no me merezco, quizá.

¿Qué clase es escritor es uno que aspira a que el Estado lo mantenga? ¿Qué clase de escritor es el que renuncia a competir en el mercado y correr el albur de ganarse o no la vida con lo que escribe y prefiere la seguridad anquilosante de ser mantenido a cargo de los Presupuestos Generales del Estado?

Un escritor que, como casi todo el mundo en este país, aspira a “colocarse” (y no, no hablo de drogas, aunque bien pensado…), a convertirse en un funcionario. Y además un funcionario sin obligaciones, sin contrapartidas: porque ese mismo escritor al que las arcas del Estado (es decir, mis impuestos y los vuestros) mantienen cómodamente para que pueda dedicar todos sus esfuerzos creativos a la literatura, pretende no sentirse obligado por esa manutención, no deberle nada a esos estamentos que le pagan un día sí y otro también, permitirse, en suma, la prerrogativa de poder morder con impunidad la mano que le alimenta.

No sé si eso es ingenuidad o pura irresponsabilidad. En cualquier caso es un camino muy claro para la muerte de uno como escritor.

Por supuesto que es lamentable que uno no pueda ganarse la vida con lo que escribe. Es igual de lamentable que uno abra un negocio y este vaya a la quiebra a los tres meses. Pero uno y otro, escritor y empresario, ofrecen un producto al público, y si el público no desea consumir ese producto, pues mala suerte. Lo que carece de sentido es pedir que el Estado se haga responsable de la financiación de algo que, luego, puede no interesar a los consumidores. Si uno desea ser un profesional de cualquier cosa, en este caso de la literatura, debe serlo con todas las consecuencias y arriesgarse a fracasar. Francamente, empiezo a estar harto de esa visión del artista como subespecie humana nobilísima a la que tenemos la obligación de mimar y mantener. Ya lo he dicho dos veces, pero lo repetiré una más: ¿quieres cobrar por lo que escribes? Sal al mercado editorial, a la dura jungla de la publicaciones, compite e intenta hacerte tu hueco. Enhorabuena si tienes éxito, mis condolencias si fracasas.

No dudo, sin embargo, que esa Asociación de Escritores Funcionarios (perdón, Asturianos, vaya lapsus que uno tiene a veces) obtendrá el éxito en sus propósitos. Algún alma (cándida o electoralista, para el caso eso resulta irrelevante) en la Administración Pública encontrará su deber -moral, o electoral- subvencionar la Cultura, sin comprender que la Cultura, al igual que cualquier otra actividad humana carece de sentido cuando se mantiene artificialmente, por encima de los gustos del público que la consume y que es quien debería pagarla directamente, si es que le interesa. La política de subvenciones ya estuvo a punto de acabar con el cine español en los años ochenta: veremos cuánto tiempo tarda en cargarse a la literatura.

© 2006, Rodolfo Martínez

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