Oído cocina

Entro en un restaurante. Es un sitio curioso, porque tengo que pagar la comida por adelantado, antes siquiera de haberla probado. Bueno, hoy no tengo ganas de complicarme la vida, así que me pido un bistec, unas patatas fritas y un par de huevos: muy malo tiene que ser el cocinero para arruinar algo así.

Pero, oh sorpresa: para cortar el filete necesito un hacha de adamantium, he visto animales vivos menos crudos que estas patatas y se las han arreglado para que la clara del huevo esté moteada de trozos aún líquidos y la yema tan sólida y apretada que apenas la puedo cortar con el cuchillo.

Así que me levanto, voy a la cocina y le digo al cocinero lo que pienso de su comida. Este me mira airado unos instantes y luego pregunta, de bastantes malos modos:

–¿Es usted cocinero?

Yo, sorprendido, respondo:

–No.

–Entonces no tiene derecho a criticar mi cocina.

Y me echa de allí a cajas destempladas.

* * *

La situación parece absurda, ¿verdad? Uno no necesita tener conocimientos de gastronomía para saber si la comida es buena o mala. Lo único que necesita es un paladar y un estómago para saber qué tal le sientan a ambos. Y, si quieren, cuanto más entrenados y experimentados estén paladar y estómago mejor apreciará la diferencia de calidad entre distintos platos. Eso es cuanto se le exige a un comensal.

Pero al crítico literario parece que se le exige algo más que ser un lector experimentado y reflexivo y, como tal, con unas buenas herramientas de análisis siempre a punto. No, hay determinados ambientes donde el autor considera sacrosanta su obra y la menor crítica negativa despierta ataques furibundos contra el crítico que ha osado poner sus infames pezuñas sobre tan excelsa obra literaria. Suelen ser ambientes, curiosamente, tirando a endogámicos, llenos de individuos muy cómodos en su papel de cabeza de ratón (y es que ser cola de león resulta harto desagradable) y donde todos son “autores” (que no escritores, cosa bien distinta que exige un poco más de esfuerzo) independientemente de si han publicado o no, ni dónde. El argumento que se usa allí para defenderse de las críticas es invariablemente el mismo, aunque eso sí, disfrazado más o menos de media docena de formas distintas:

  • Si piensa que escribir es tan fácil que lo intente él a ver lo que le sale.
  • Cómo se atreve un tío incapaz de juntar dos palabras y hacer que tengan sentido a criticar lo que hacen otros.
  • El día que publique una novela podrá criticar las de los demás.
  • Vale más que se preocupe de escribir mejor lo suyo en lugar de poner a parir lo de otros.
  • Ese tío es claramente un escritor frustrado que se divierte atacando a los que han tenido éxito donde él no.

Resumiendo: un crítico, para serlo de forma eficaz, debe ser también escritor (y buen escritor, por añadidura), idea que es uno de los mayores absurdos que llevo oyendo en los últimos años.

Porque, no nos engañemos, un crítico no es otra cosa que un lector que comparte en voz alta sus reflexiones con otros lectores. Será mejor en tanto en cuanto sea un lector experimentado, reflexivo y con unas buenas herramientas analíticas (académicas o autodidactas, eso es lo de menos). Por lo tanto, decir que un crítico para poder opinar sobre la creación de otros debe haber creado previamente es como decir que ningún lector que sea simplemente un lector tiene derecho a opinar sobre lo que ha leído y compartir esas opiniones de forma pública.

No hace falta tener una inteligencia excepcional para darse cuenta de la estupidez que conlleva un argumento así. Pese a ello, personas a las que en principio uno no tomaría por estúpidas insisten una y otra vez en reaccionar de esa forma cada vez que ven una crítica negativa de una de sus obras: él no ha creado, ergo no tiene derecho a criticar la creación de otros. Ante un cretinismo de ese cariz solo puedo responder con las palabras que usó Isaac Asimov hace unos años cuando se enfrentó a la misma cuestión: “La afirmación de que «no pueden hacerlo por sí mismos» no siempre es cierta, y si lo fuera ¿qué? No hace falta poder poner huevos para saber que uno de ellos está podrido.”

© 2006, Rodolfo Martínez

5 comentarios

  1. Si bien estoy plenamente de acuerdo contigo en este menester (hay gente incapaz de asimilar una crítica o una discrepancia a su obra como bien has descrito), a la espera me quedo de un segundo post en el que comentes precisamente “el otro lado”: gente que se cree o se pone la etiqueta de crítico, sin tener ni pajolera idea o sin saber defender como toca lo que redacta.

  2. Pues ahí está el puntillo, Kundalah. Que puedas decir si te gustan o no unos huevos fritos no significa necesariamente que estés preparado para publicar tus comentarios sobre nouvelle cousine en la guia Michelín.
    Escribir una novela es un trabajo enorme, y a veces jode que un indocumentado la ponga a parir simplemente porque no ha entendido nada (porque a lo mejor no debería de salir de los huevos fritos).

  3. Pues sí, no te falta razón pero…

    Es complicado hacer eso sin parecer que uno se está quejando contra los críticos que le han puesto a parir su obra. Así que habrá que hacerlo con mucho cuidado.

  4. Siento disentir contigo, Juanmi. Pero desde el momento en que “publicas”, es decir, haces público tu trabajo, cualquiera tiene derecho a criticarlo. Evidentemente hay críticas bien y mal hechas, justas e injustas, pero todas son igualmente legítimas.

    Tu trabajo está destinado a un usuario, el lector, y este está en su derecho a expresar en voz alta y pública si ha disfrutado de él o no.

  5. Ya empezamos con que si la abuela fuma…
    ¿Legítimas?

    Ciertamente cuando eres un personaje público o sencillamente tu obra pasa a ser “pública”, no estás exento de críticas ya sean buenas o malas como tú bien dices. Es al lector al que obviamente debes “convencer” y tus lectores son libres de decir si les ha gustado o no.

    Ahora bien. Por una parte tenemos al crítico al que le pagan por serlo y no puede “criticar” como lo haría un lector de a pie o acaba cayendo hacia esa línea. Como dice Arguiñano, debe tener fundamento. Al fin y al cabo, se le supone cierta “autoridad” y su opinión va a er tenida en cuenta.

    Luego está, claro, los que sin cobrar por ello, pero moviéndose en los círculos adecuados, caen precisamente en lo mismo. Y lo más gracioso es que no se consideran a sí mismos lectores “de a pie”.

    Independientemente de la legitimidad o no que tengan.

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