El camino al infierno…
Martes, Julio 4th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 8 comentarios »A través de Juan Miguel Aguilera me llega el decálogo (sí, es un decálogo de doce puntos, qué pasa, aquí somos más chulos que un ocho) de intenciones que Rafael Marín ha preparado para él mismo y para Juanmi durante la próxima AsturCon.
El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, sin la menor duda. Y no me he podido resistir (con el pertinente permiso del autor) a reproducir esas doce losas que pavimentan el particular descensus ad inferos (viva la pedantería y la madre que la parío) de Rafa y Juanmi.
Helo aquí, para disfrute de todos:
- No gastar un duro más de lo necesario en comer y beber, que para eso nos dan los vales.
- No quedar mal con nadie si es posible: un ratito con cada uno y santas pascuas
- No volvernos locos andando del hotel a la SN y de la SN al hotel
- Controlar a Chus
- Controlar a Chus
- Controlar a Chus
- No tomarnos nada demasiado en serio.
- Hablar con los editores y aclarar alguna cosa
- Madrugar el sábado y el domingo, que somos los despiertagentes de la Asturcon
- Descansar las mañanas del lunes y el martes, ya que las del sábado y el domingo no podremos hacerlo.
- No dar el numerito con Jesucristo Superstar (se admite Buffy)
- Caso de no entender alguno de estos puntos, recordar sobre todo los puntos 4, 5 y 6
Ya veremos qué pasa durante la AsturCon. Os mantendremos informados del cumplimiento (bueno, venga, del incumplimiento) del decálogo.
© 2006, Rodolfo Martínez (with a little help from Rafael Marín)
Oído cocina
Martes, Julio 4th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 5 comentarios »Entro en un restaurante. Es un sitio curioso, porque tengo que pagar la comida por adelantado, antes siquiera de haberla probado. Bueno, hoy no tengo ganas de complicarme la vida, así que me pido un bistec, unas patatas fritas y un par de huevos: muy malo tiene que ser el cocinero para arruinar algo así.
Pero, oh sorpresa: para cortar el filete necesito un hacha de adamantium, he visto animales vivos menos crudos que estas patatas y se las han arreglado para que la clara del huevo esté moteada de trozos aún líquidos y la yema tan sólida y apretada que apenas la puedo cortar con el cuchillo.
Así que me levanto, voy a la cocina y le digo al cocinero lo que pienso de su comida. Este me mira airado unos instantes y luego pregunta, de bastantes malos modos:
–¿Es usted cocinero?
Yo, sorprendido, respondo:
–No.
–Entonces no tiene derecho a criticar mi cocina.
Y me echa de allí a cajas destempladas.
* * *
La situación parece absurda, ¿verdad? Uno no necesita tener conocimientos de gastronomía para saber si la comida es buena o mala. Lo único que necesita es un paladar y un estómago para saber qué tal le sientan a ambos. Y, si quieren, cuanto más entrenados y experimentados estén paladar y estómago mejor apreciará la diferencia de calidad entre distintos platos. Eso es cuanto se le exige a un comensal.
Pero al crítico literario parece que se le exige algo más que ser un lector experimentado y reflexivo y, como tal, con unas buenas herramientas de análisis siempre a punto. No, hay determinados ambientes donde el autor considera sacrosanta su obra y la menor crítica negativa despierta ataques furibundos contra el crítico que ha osado poner sus infames pezuñas sobre tan excelsa obra literaria. Suelen ser ambientes, curiosamente, tirando a endogámicos, llenos de individuos muy cómodos en su papel de cabeza de ratón (y es que ser cola de león resulta harto desagradable) y donde todos son “autores” (que no escritores, cosa bien distinta que exige un poco más de esfuerzo) independientemente de si han publicado o no, ni dónde. El argumento que se usa allí para defenderse de las críticas es invariablemente el mismo, aunque eso sí, disfrazado más o menos de media docena de formas distintas:
- Si piensa que escribir es tan fácil que lo intente él a ver lo que le sale.
- Cómo se atreve un tío incapaz de juntar dos palabras y hacer que tengan sentido a criticar lo que hacen otros.
- El día que publique una novela podrá criticar las de los demás.
- Vale más que se preocupe de escribir mejor lo suyo en lugar de poner a parir lo de otros.
- Ese tío es claramente un escritor frustrado que se divierte atacando a los que han tenido éxito donde él no.
Resumiendo: un crítico, para serlo de forma eficaz, debe ser también escritor (y buen escritor, por añadidura), idea que es uno de los mayores absurdos que llevo oyendo en los últimos años.
Porque, no nos engañemos, un crítico no es otra cosa que un lector que comparte en voz alta sus reflexiones con otros lectores. Será mejor en tanto en cuanto sea un lector experimentado, reflexivo y con unas buenas herramientas analíticas (académicas o autodidactas, eso es lo de menos). Por lo tanto, decir que un crítico para poder opinar sobre la creación de otros debe haber creado previamente es como decir que ningún lector que sea simplemente un lector tiene derecho a opinar sobre lo que ha leído y compartir esas opiniones de forma pública.
No hace falta tener una inteligencia excepcional para darse cuenta de la estupidez que conlleva un argumento así. Pese a ello, personas a las que en principio uno no tomaría por estúpidas insisten una y otra vez en reaccionar de esa forma cada vez que ven una crítica negativa de una de sus obras: él no ha creado, ergo no tiene derecho a criticar la creación de otros. Ante un cretinismo de ese cariz solo puedo responder con las palabras que usó Isaac Asimov hace unos años cuando se enfrentó a la misma cuestión: “La afirmación de que «no pueden hacerlo por sí mismos» no siempre es cierta, y si lo fuera ¿qué? No hace falta poder poner huevos para saber que uno de ellos está podrido.”
© 2006, Rodolfo Martínez
