Más rápido, más fácil, más seductor

De entre los muchos despropósitos que uno lee o escucha, hay uno que con el tiempo parece estar tomando carta casi de leyenda urbana. Y es esa idea de que la fantasía es un género más fácil, más “cómodo” que la ciencia ficción. Y no más fácil o cómodo de leer, sino de escribir.

El aserto generalmente se apoya en argumentos tan sólidos como que la fantasía no debe esforzarse en seguir unas mínimas pautas narrativas, que el autor puede cambiar las reglas del juego a su conveniencia, o que el recurso del deus ex machina es visto con permisividad e, incluso, con agrado. A eso se le contrapone el hecho de que las reglas de la ciencia ficción (al estar sometidas a las leyes del universo físico) no pueden ser cambiadas alegremente y que el autor no puede sacarse conejos argumentales de la manga con tanta facilidad, que debe estructurar y amueblar su entorno de una forma coherente y sujetarse a sus premisas iniciales durante toda la novela.

Es decir, se está comparando la mala fantasía con la buena ciencia ficción y llegando a la conclusión, asombrosa por lo evidente, de que la primera es peor que la segunda.

Sin duda es cierto. Con los mismos mimbres yo podría construir el cesto de que la ciencia ficción es una literatura llena de fantasías adolescentes mal sublimadas, tecno jerga que no significa nada y trucos argumentales de salón en cada página, mientras que la fantasía explora los más oscuros territorios de nuestra mente y no teme aventurarse en los rincones más inesperados y peligrosos del universo que nos rodea. Encontrar obras que respaldasen mi afirmación me resultaría tremendamente fácil y encontrar ejemplos que apoyaran todo lo contrario me sería igual de sencillo. En ambos casos solo tengo que hacer una pequeña trampa: elegir una muestra que no sea homogénea. En otras palabras, escoger aquellas pruebas que mejor se acomoden a lo que pretendo demostrar y obviar todas aquellas que puedan desarmar mi argumentación, con lo que llegaré a la peor de las mentiras: la verdad a medias.

Lo cierto es que cuando un autor inicia la construcción de un universo (y eso es en el fondo escribir una novela, incluso una novela realista) su primera preocupación, si es un escritor honrado, es amueblarlo de forma coherente y dotarlo de unas reglas consistentes que se conviertan en la espina dorsal de lo que va a escribir: poco importa si esas reglas son las del universo físico, las de un paisaje onírico, las de un universo salido de su imaginación, las de un cuarto cerrado, o las extrapolaciones mentales del autor a partir de lo que la ciencia sabe actualmente. En cualquiera de esos casos, si es honrado consigo mismo y con sus lectores, el universo por el que se muevan sus criaturas narrativas deberá ser coherente y consistente. Siempre que se hace ficción es así, y no importa que esa ficción sea El Quijote, Cita con Rama, El Señor de los Anillos, Alondra del espacio o Cinco horas con Mario. En todos esos casos el autor está transitando por un cosmos que no es el real -al fin y al cabo la literatura, en última instancia, consiste tan solo en hacer parecer real lo que no lo es-, sino una construcción de su mente, y de él depende, de su propia coherencia interna como autor y no del género elegido, el que ese cosmos resulte creíble a los lectores y le parezca auténtico.

¿Suspensión de la incredulidad? Eso se produce en cada novela que leemos. Y la suspensión nos resultará más sencilla o complicada dependiendo de lo cercano al mundo real que nos parezca aquello que estamos leyendo, pero también de lo plausible que sea el entorno que se despliega ante nuestros ojos. Y la plausibilidad, como sabe cualquier buen mentiroso, es más una cuestión de cómo estás contando algo que de lo que estás contando.

Por supuesto que hay mala fantasía en la que las leyes de la lógica narrativa se van de paseo a las pocas páginas. Igual que hay mala ciencia ficción en la que ocurre exactamente lo mismo. Igual que hay mala literatura realista en la que, más allá de un par de masturbaciones intelectuales, poco podremos encontrar.

Novelas como La colina de Watership, Pequeño, Grande o Las puertas de Anubis transcurren en un universo que no está sujeto a nuestras leyes físicas o de comportamiento, sino que tiene sus propias normas; pero estas son tan coherentes y consistentes como lo puedan ser las de obras como Mundo anillo, Pórtico o Cita con Rama. Y los autores han sabido ser fieles a esas normas, no han decidido arrojarlas por la ventana a la primera dificultad, ni se han sacado un genio arreglalotodo de la manga para resolver problemas argumentales o estructurales. Han sido lo suficientemente honrados para atenerse a las reglas que ellos mismos diseñaron para sus universos ficticios. Igual que hace la buena ciencia ficción, o el buen western o la buena novela policiaca.

O la buena literatura, ya que estamos.

© 2001, 2006, Rodolfo Martínez

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