Las 100 mejores novelas de ciencia ficción
Viernes, Julio 28th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »
Juzgar un libro como este es, por lo pronto, difícil. Uno siempre verá enfrentados sus gustos personales a los de los autores y no podrá evitar pensar “¿qué hace esta obra aquí?” o “¿por qué no está esta otra?” a medida que vaya pasando las páginas. Salvado ese escollo, lo siguiente que uno se pregunta es hasta qué punto el libro ha cumplido sus expectativas. En apariencia las ha sobrepasado: no sólo nos comenta lo que, en opinión de los autores, son las cien mejores novelas de género, sino que se añaden quince novelas slipstream, veinte antologías y quince novelas españolas, junto a unos completos índices y apéndices.
Y sin embargo el resultado final es, hasta cierto punto, decepcionante. Y creo que lo es por el formato elegido, casi de “ficha de biblioteca”, con un detalle bibliográfico de cada obra, un resumen de su argumento y un comentario sobre la novela reseñada. Es, precisamente, la desproporción entre el resumen y el comentario la que convierte este libro en fallido: casi dos páginas hablando del argumento de la novela para luego ventilar lo realmente interesante (las opiniones de la misma por parte del autor elegido para reseñarla) en uno o dos párrafos que apenas dan tiempo para entrar en materia. Esto hace que el libro se convierta en poco más que una noticia bibliográfica de las obras elegidas y resulta frustrante, por cuanto el problema era fácilmente subsanable con solo haber concedido más espacio (una o dos páginas) al comentario y análisis. Los comentarios, por otro lado, son tan breves que uno apenas ver asomar la personalidad del autor de los mismos. Y, al fin y al cabo, de ¿qué sirve dar una opinión sobre algo si esta no parece lo suficientemente personal? La excepción (la desafortunada excepción, diríamos) son algunos de los comentarios de Eugenio Sánchez Arrate, donde por desgracia sí que asoma la personalidad del comentarista, llenando sus frases de detalles que resultan en ocasiones, por tontos o por excesivamente fandomitas, un tanto irritantes.
Junto a eso hay sorprendentes omisiones, como reseñar que la Trilogía de las Fundaciones (que no “de la Fundación” como se dice erróneamente) recibió un Hugo retrospectivo pero no comentar que fue galardonada con un Hugo a la Mejor Serie de todos los tiempos. Destacar el premio menos importante y olvidar el realmente relevante parece un curioso gazapo, cuando menos.
Y no puedo por menos que comentar mi extrañeza cuando, en la parte dedicada las mejores novelas españolas del género me encuentro con que la obra que se incluye Domingo Santos no es una de sus novelas o, tan siquiera, una recopilación de sus relatos, sino la antología Lo mejor de la ciencia ficción española. Ese detalle me hace sospechar, quizá injustificadamente, que los autores no encontraron ninguna novela de Santos que les pareciera lo bastante buena como para ser incluida pero que, no queriendo obviar un nombre tan importante como el suyo, acabaron tirando por la calle de enmedio y adoptando la solución más diplomática pero también más cobarde.
Estamos, pues, ante un libro que resulta decepcionante, aunque eso no niega la utilidad que pueda tener como obra de referencia, tanto para lectores que acaban de llegar al género como para veteranos en el mismo. Pero temo que el problema es, básicamente, que resulta demasiado tibio y carente de personalidad.
© 2006, Rodolfo Martínez
Escrito en el agua, literalmente
Jueves, Julio 27th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 3 comentarios »Me acaban de pasar un enlace que no he podido resistirme a compartir con vosotros. Los japoneses (quiénes iban a ser si no) han inventado un dispositivo para escribir en el agua. Así, tal cual. Y funciona.
Llamándose mi blog como se llama, era inevitable que lo reseñase.
Podéis ver aquí el curioso artilugio y la explicación sobre cómo funciona.
© 2006, Rodolfo Martínez
Contradicciones, críticas, argumentos, fandomeo (2)
Miércoles, Julio 26th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 11 comentarios »No estoy seguro de qué reacciones esperaba al post que dejé hace unos días con este mismo título. Supongo que, si lo pienso un poco, no esperaba ninguna, al menos públicamente. Contaba con que en general se diera la callada por respuesta. Y sí, ha sido así más o menos.
Sólo que no del todo.
Al fin y al cabo, la gente habla. Y lo que la gente dice se acaba sabiendo, tarde o temprano.
Y sí, ha habido reacciones. Y, como no podía ser menos, la reacción principal ha sido “Rudy está endiosado y no acepta una crítica”.
Lo cual, lo confieso, me ha resultado curioso. Pintoresco incluso.
Sobre todo porque esa opinión acerca de mi endiosamiento no viene de personas desconocidas, precisamente, sino de gente que ha ido siguiendo mi trayectoria y que ha visto cómo me he comportado todos estos años ante las críticas. Personas que han visto que, las dos únicas veces que le he “dado caña” a un crítico de mi obra no era por la crítica en sí, sino por el modo en que estaba hecha. No afirmaba que su opinión fuera correcta o incorrecta, equivocada o acertada, sino que había sido expresada de un modo escasamente argumentativo, lo que convertía la crítica en algo inútil.
Y sin embargo, se me considera “endiosado” y se opina que no acepto las críticas.
Y claro, a mí me da por sumar dos y dos. Y si pienso en que el tema de fondo de mi post era la falta de profesionalidad de las críticas, lo fandomeras que seguían siendo en muchas ocasiones, el poco rigor con el que a menudo estaban hechas y la falta de unos argumentos dignos de ese nombre que respaldaran las opiniones vertidas… bien, pensando en eso no puedo evitar preguntarme si será que el que no acepta las críticas no soy yo, precisamente.
Ahí queda dicho, para quien le pueda interesar.
Iain Banks (1): La fábrica de las avispas
Sábado, Julio 22nd, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 6 comentarios »
Para empezar, comentar que este es un libro primerizo, y se nota. También es fascinante, y lo segundo compensa sobradamente lo primero.
Banks nos invita a adentrarnos en un mundo insano, extraño y grotesco, y lo hace con naturalidad, llevándonos suavemente de la mano sin apenas explicarnos nada, mostrándonos aquí y allá panoramas extraños, dejándonos ver atisbos de lo que realmente son y, solo por acumulación, permitiendo que nos demos cuenta de lo que ocurre en realidad.
Pese a la frase que adorna la contraportada del libro y que califica al autor de “malabarista del suspense” no estamos ante un trepidante thriller. Al contrario, el ritmo de la novela es tranquilo, el libro respira a grandes bocanadas, con pausas entre una y otra, y no tiene ninguna prisa por llegar a su inevitable final.
Porque el final lo es, sin duda. Banks ha planteado su extraño (pero familiar) universo de forma que solo puede desembocar donde lo hace, y al mismo tiempo se las ha apañado para no resultar demasiado previsible. El mérito de eso, en parte, está en su narrador en primera persona, desconocedor, al igual que el lector, del oscuro secreto que se agazapa en su vida y que, por eso mismo, puede llevar de la mano al lector hasta el momento en que él mismo lo descubre y su vida da un vuelco. ¿O no lo da?
Poco más se puede decir de esta novela, salvo comentar que está concebida para ser degustada con calma, tomándonos nuestro tiempo y saboreando cada detalle del desconcertante, morboso y enloquecido paisaje que se va abriendo ante nuestros ojos. Decir que aquellos que, engañados por la desconcertante frase de la portada (ese “no apto para todos los públicos” que no sé muy bien si es un reclamo publicitario o un ejercicio de autocensura editorial) esperen encontrar el clásico best-seller con psico killer de protagonista, van a sentirse decepcionados. Es cierto que el narrador de la historia dista mucho de la normalidad, pero no estamos ante la clásica novela que se regodea en casquería varia y se empeña en mostrarnos mutilaciones y asesinatos de diversa índole, cada uno más imaginativo que el anterior (y me viene ahora a la memoria el American Psycho de Brett Easton Ellis, o algunos pasajes de ciertas novelas de Stephen King). Sí que hay asesinatos, y sí que son imaginativos, pero no son, ni de lejos, lo más importante para comprender lo que está ocurriendo; y al mismo tiempo, no se trata de irrelevancias destinadas a inflar páginas y satisfacer morbos, sino que tienen su importancia para lo que pasa.
Dije al empezar que estábamos ante una novela primeriza. Y donde más se nota esto es en su conclusión. Una vez desvelado el secreto, una vez que las cartas están boca arriba, el personaje narrador reinterpreta toda su vida a la luz de lo que sabe, en una recapitulación demasiado breve para resultar psicológicamente creíble, además de escamotearle al lector uno de los mayores placeres que habría obtenido con esta novela: que fuera él mismo quien hiciera el trabajo, rearmara el puzzle a la luz de lo que ahora sabe y extrajera sus propias conclusiones.
Pese a eso estamos sin duda ante una novela fascinante, que tiene como atractivo extra el hecho evidente de que coquetea abiertamente con lo fantástico sin abandonar ni una sola vez los cauces de lo real, algo verdaderamente difícil de conseguir. Y es un desafío del que Banks sale triunfante de una forma más que airosa.
© 2006, Rodolfo Martínez
Doble rasero
Viernes, Julio 21st, 2006 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »Hace ya tiempo, en el diario El País encontré la siguiente reseña referida a la película de David Fincher El club de la lucha:
De todos es sabida la predilección por la violencia de David Fincher, como demuestra el caso de Seven. Pero en esta ocasión se ha pasado. Pese a que técnicamente la película no presenta demasiados fallos, que en su reparto aparezcan nombres como los de Edward Norton y Brad Pitt y que comercialmente funcionó bastante bien, el filme es un puro despropósito, un canto fascista al salvajismo que ya en su estreno en Estados Unidos levantó un duro debate sobre la violencia en el cine. Bastante tenemos con la realidad cotidiana como para que algunos cineastas se empeñen en mostrar que la única salida que tiene el ser humano es su fuerza bruta
El comentario tiene su miga, especialmente esa frase dejaba caer como quien no quiere la cosa de que “técnicamente la película no presenta demasiados fallos” y que es todo un prodigio de manipulación verbal. Cuando uno se encuentra con un filme que, más allá de aspectos ideológicos o morales -de lo que hablaremos más adelante-, resulta ser impecable técnicamente, ventilarlo con un comentario de ese cariz resulta, cuando menos, ligeramente tendencioso. Es como si yo dijera, en un comentario a Matrix que “aunque los efectos especiales no están mal del todo…”. Cada plano de El club de la lucha está medido al milímetro, concebido con un perfeccionismo rayano en la obsesión, y ejecutado y montado de forma que encaja necesaria e impecablemente con el plano siguiente y el anterior. ¿Eso es “no estar demasiado mal técnicamente”?
Pero lo que de verdad ha irritado al autor de la reseña parece ser el contenido ideológico de la película. Y ha caído en el mismo agujero en el que caen buena parte de los críticos en un caso como ese: como la ideología de una obra de arte me resulta repugnante, le niego, no solo cualquier mérito moral, sino cualquier mérito artístico.
Con lo cual volvemos a una de las discusiones más viejas de la historia del arte: ¿una novela -por poner un ejemplo- puede ser una buena novela si sus méritos son estrictamente literarios -estilo, trama, desarrollo, creación de personajes y ambientes- pero me resulta repugnante la moral que defiende? Y la respuesta resulta curiosa, porque entonces nos encontramos con que el mismo crítico que defiende que eso no es posible para una obra contemporánea puede extasiarse en la contemplación de las pirámides egipcias ignorando alegremente el monumento a la soberbia y la megalomanía que son, o cuántos hombres murieron como trabajadores durante su construcción. O experimentar maravilla sin ningún rubor ante el Taj Mahal cuando no es más que la tumba que un tirano obsesionado por su amante construyó -sin que nada más le importara- para satisfacer su obsesión. O alabar los méritos poéticos y literarios de Quevedo obviando todo lo que de reaccionario y clasista tiene su obra (porque “Poderoso caballero es don dinero”, por más que haya sido reinterpretado a lo largo de los siglos -y esa es una de las cosas maravillosas de la literatura: ser capaz de generar interpretaciones con las que su autor no contaba-, no es en origen otra cosa que un canto a las bondades de la nobleza de sangre y nacimiento frente a esos arribistas que escalan socialmente sin más mérito que su poder económico).
Así que, las obras clásicas pueden no comulgar con nuestra moral o atentar contra ella y, pese a todo, seguir siendo obras de arte válidas, pero eso no les está permitido a las obras contemporáneas. Ante tal ceguera lo único que puedo comentar es que la capacidad del crítico en cuestión para dedicarse al análisis de un género artístico es, como mínimo, cuestionable.
Y ni siquiera me molestaré en entrar en más detalles de su reseña, como su estúpida identificación entre violencia y fascismo, que demuestra de paso que no tiene ni idea de lo que es el fascismo, y que además obvia el hecho de que prácticamente cualquier ideología que ha habido en el mundo ha usado la violencia como uno de los medios para alcanzar sus fines. La película de Fincher puede ser muchas cosas (y es violenta, sin duda, y justifica la violencia como medio para alcanzar un fin) pero tiene tanto de fascista como lo pueda tener la Revolución Francesa o la Declaración de Independencia Norteamericana.
© 2006, Rodolfo Martínez
Contradicciones, críticas, argumentos, fandomeo
Miércoles, Julio 19th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 1 comentario »- El mismo día, hace un año: Silencios
Es cierto que llevo buena parte de mi vida haciendo y diciendo cosas contradictorias, hasta el extremo de que hace tiempo que he dejado de preocuparme por ser coherente conmigo mismo. Si en un momento dado pienso una cosa y al siguiente otra distinta, pues bueno, la vida es así, no merece la pena darle más vueltas.
Siempre he sostenido públicamente que un escritor no debe entrar a discutir las críticas que se le hacen. Lo he dicho y redicho miles de veces. Desde el momento en que te entregas a una actividad pública, ésta se convierte en algo susceptible de ser criticado y analizado y uno no tiene derecho a mosquearse sin importar lo duras e implacables que sean las cosas que se digan sobre su obra.
Es algo que sigo pensando y que, de hecho, espero no dejar de pensar jamás. Y sin embargo, aquí me tenéis, dispuesto a hablar de una crítica (más bien una reseña, luego comentaré el por qué de la terminología) que se ha hecho sobre mi novela Sherlock Holmes y las huellas del poeta. La reseña ha aparecido en una interesante iniciativa online: C, el hijo de Cyberdark, que nace con pretensión de ir convirtiéndose en una referencia a tener en cuenta para todo lo que sea la crítica y los estudios teóricos sobre la literatura fantástica en España. Está firmada por Javier Vidiella y, en general, es un comentario más o menos positivo a mi novela. Así que lo suyo sería que me quedara tranquilo y lo dejara estar.
Sin embargo, la lectura de lo que escribe Javier me ha hecho reflexionar sobre unas cuantas cosas. Y no he podido evitar (bueno, podría haberlo hecho, pero no me apetecía) poner esas reflexiones por escrito.
Creo que lo voy a decir a continuación no contradice mi idea antes expuesta sobre cuál debe ser la actitud de un escritor ante la crítica y, desde luego, intentaré no comentar la valoración cualitativa que se hace de mi libro (eso sería absurdo y, aunque contradictorio, creo que aún no he rebasado esa frontera), sino el modo en que se ha hecho.
Cuando Javier habla de los aspectos negativos de Sherlock Holmes y las huellas del poeta, se centra fundamentalmente en tres puntos. Dos de ellos comentados de pasada, el tercero explicado con un poco más de detalle.
Helos aquí:
- A causa de la ausencia de Watson como narrador, mi Holmes queda desdibujado.
- Al mismo tiempo, el personaje hace cosas que contradicen la personalidad establecida por su creador. Es decir hace cosas incompatibles con su personalidad “canónica”.
- Finalmente, la acumulación de guiños y cameos y apariciones de personajes de la época (tanto reales como ficticios) termina cansando al lector. Esto último parece indignar bastante a Javier, pues llega a comentar: “Y estamos alcanzando un punto en que esa amalgama y posterior regurgitación de las mil y una influencias que les han nutrido, están convirtiendo sus obras en festín para los pocos que entienden sus gracias y en crípticos jeroglíficos que debieran incluir un diccionario para los demás”.
Es una frase que, antes de entrar en materia, me gustaría comentar brevemente. Porque una obra no se convierte en algo ininteligible por la cantidad de influencias regurgitadas (por usar su propia terminología) que aparecen en ella, sino por su calidad; no por el número de ellas, sino por el modo en que se han integrado en el texto novelístico.
Es decir, no se trata de expurgar de tu obra los guiños, referencias e influencias que hay tras ella, sino de introducir todo eso con el suficiente cuidado para que, si el lector no comparte el mismo ámbito referencial, pueda disfrutar igualmente de la novela y no perderse en ella. No es una cuestión de moderación en el número, sino de hacer bien las cosas.
Se puede discutir o no si en mi novela todas esas referencias están bien integradas o no en la historia. Comprendería que se criticase la calidad de mis guiños y referencias. Que se hablase de que están mal situados, que rompen el ritmo, que se cargan la historia. Todo eso me parecería pertinente y hasta recomendable. Pero en ningún momento se hace en la reseña de la que hablo. O mejor dicho, sí que se afirma que no dejan disfrutar de la historia en algunos momentos; pero al mismo tiempo se afirma eso basándose exclusivamente en la cantidad de los guiños, nunca en su calidad.
Es decir: lo que se comenta en la reseña puede ser cierto o no, pero está carente de argumentos que lo respalden.
Lo cual me lleva los otros dos puntos. Y me lleva también al motivo por el que he calificado el texto comentado de “reseña” y no de “crítica”. Y, finalmente, me lleva al problema de fondo y al verdadero motivo por el que me he sentado a escribir esto. (Más allá de, como seguro que algunos habéis pensado, echarle un rapapolvo a un pobre hombre que se ha atrevido a mencionar los defectos de mi novela. No, queridos míos, la cosa no va por ahí, os aseguro que mi ego no alcanza a tanto; y en realidad, la reseña de Vidiella me sirve simplemente como excusa, como macguffin para lo que de verdad me interesa.)
Los otros dos puntos negativos de la novela según el reseñador son el “desdibujamiento” de Holmes sin un Watson que le de vida y el que haga cosas incompatibles con su personalidad “canónica”.
Esto bien puede ser cierto o puede no serlo. Opino que no es así, claro, pero al fin y al cabo estoy demasiado cerca de la novela para contemplarla con ecuanimidad. Pero en cualquier caso, que sea verdad o no es irrelevante, al menos para mi propósito.
Porque el verdadero problema es que esas dos valoraciones cualitativas que Javier Vidiella hace (las tres, de hecho, pues aunque en el tema de los guiños se explaya más, no llega en realidad a explicar gran cosa) no están argumentadas: no están sustentadas por un razonamiento que las justifique.
Y, por tanto, carecen completamente de valor. Lo repito, por si no ha quedado claro: no tienen ningún valor. Y eso convierte su crítica en algo vacío e inútil.
Esto puede sonar muy duro, extremo, exagerado, pero me temo que es cierto. Un crítico no puede permitirse el lujo de decir “su Sherlock Holmes no es canónico” y pasar a lo siguiente como si tal cosa. Tiene el deber (si es que aspira a hacer correctamente su trabajo) de explicar por qué no lo es, argumentarlo e incluso, por qué no, poner ejemplos de lo que dice fundamentados en el texto que analiza. Si no lo hace así, lo que dice no vale para nada. No sirve. Es inútil. Y, en el fondo, carece de significado alguno, más allá del evidente de que él opina eso. Y sí, claro que lo opina. Pero sin una exposición argumentativa detrás, una opinión no tiene valor alguno y se limita a ser un ejercicio de subjetivismo estéril que no sirve para nada.
Son tus argumentos, no tus opiniones, los que hacen de ti un buen o un mal crítico. Y sin argumentos, no eres un crítico, sólo un lector que comparte su opinión con otros. De ahí que haya calificado al texto del que hablo de “reseña” y no de “crítica”. En mi opinión, para que una crítica pueda ser considerada como tal, debe venir respaldada por argumentos.
Y así, por fin, terminamos llegando al problema de fondo. Al asunto que de verdad me preocupa.
C, el hijo de Cyberdark es una iniciativa interesante, ya lo dije antes. Sin embargo, a juzgar tanto por esta reseña como por otras que he leído me parece (y aclaro que es una opinión personal, estrictamente subjetiva y casi seguro que del todo intransferible) que el camino que está tomando quizá no es el correcto.
¿Por qué? Muy sencillo, porque está cayendo en el mismo vicio que buena parte de la crítica de literatura fantástica que, por y para el fandom, se está haciendo en este país. Y ese vicio no es otro que el de limitarte a opinar sin entrar en el análisis. Limitarte a decir “la novela tiene esto bueno y esto otro malo” sin entrar a detallar cómo es lo bueno y por qué te parece bueno ni cómo es lo malo y por qué te parece malo. Sin analizar cómo y de qué manera funciona o deja de funcionar literariamente la novela.
Sin argumentar, en suma.
Estoy exagerando, sin la menor duda. Hay un intento de razonar y argumentar los juicios de valor que se hacen en las distintas reseñas. Sin embargo, ese intento a menudo es fallido y pocas veces resulta serio. Ocasionalmente, alguien hace un análisis acertado (acertado no porque su opinión coincida con la mía, que no suele pasar, sino porque sus argumentos están bien expuestos, son coherentes y resultan válidos, aunque pueda no compartirlos) pero por desgracia eso sigue siendo la excepción, más que la regla.
Seguimos, después de todos estos años, haciendo crítica fandomera. Una crítica fandomera que se queja de que los escritores de CF y fantasía no son lo bastante profesionales en sus actitudes a la hora de escribir. De hecho, permitidme citar de nuevo la reseña de Javier Vidiella cuando comenta precisamente eso como uno de los problemas del fantástico actual a causa de que “la mayoría de los autores que están surgiendo en los últimos años han pertenecido antes al fandom y en ocasiones han militado —y algunos los siguen haciendo—, en las filas de los frikis confesos”. No es el único crítico que opina eso: de hecho, es una idea que he visto apuntada más de una vez a lo largo de los años. Y es posible que quienes opinan eso tengan razón, no lo dudo. Pero no estaría de más, quizá, que se aplicaran a sí mismos su vara de medir a otros.
Lo dije hace unos cuantos años y creo que no viene mal repetirlo. En aquel momento había muchas cosas que creía que tenían que cambiar si queríamos que la literatura fantástica española se convirtiera en una literatura madura y válida. Una de ellas, muy evidente, era que los autores tuviéramos la posibilidad de publicar de forma profesional y de modo regular, de entrar en el mercado, competir y, gracias a la competencia, ir mejorando y profesionalizándonos en nuestras actitudes y modos de encarar lo literario: de lo contrario estaríamos condenados a un amateurismo perpetuo. Eso es algo que ha empezado a pasar en los últimos años y parece que tiene visos de continuar. Crucemos los dedos.
Pero otra, quizá no tan evidente, pero tan necesaria o más que la anterior, era que existiese un aparato crítico digno de ese nombre, que dejase de caer en vicios fandomitas y se entregase a lo que, creo, debe ser la crítica: el análisis razonado y argumentado de una obra, alejado de filias, simpatías y fobias. No objetivo (creo que eso es algo inalcanzable: una meta a la que se puede aspirar, pero a la que nunca se llega) pero sí riguroso, ecuánime y, sobre todo, argumentativo.
Se nos puede exigir a los escritores que seamos profesionales. Pero la misma exigencia se puede y se debe hacer a los críticos. De hecho, creo que va siendo hora de que alguien se la haga, que les de un toque y les diga que se pongan las pilas. Porque si bien la literatura fantástica española ha despegado de un modo espectacular en el último lustro (no, no es ni triunfalismo ni afirmar que no tenemos carencias, sólo constatar el salto cuantitativo y cualitativo que se ha dado, independientemente del enorme camino que aún nos queda por recorrer) me da la impresión de que la crítica no ha sabido seguir el ritmo y que aún está llena de tics de fandomita, de maneras de aficionado que comparte sus impresiones sobre lo que ha leído, de modos de reseñador de andar por casa que cuenta a los demás lo que le ha molado y lo que no.
Termino este post que ha sobrepasado hace rato los límites de lo razonable (en extensión quiero decir, aunque quizá haya quien crea que también ha sido así en intención) con una última reflexión. Críticos y lectores tienen derecho a ser conmigo, en cuanto a escritor, tan exigentes, inflexibles e implacables como crean conveniente. Pero no lo olvidemos: yo tengo derecho a ser tan exigente con ellos como ellos lo son conmigo y a pedir que sus críticas sean tan profesionales como ellos pretenden que sean mis libros.
Esto no es un juego de una sola dirección. No lo ha sido nunca. Y quizá es hora de que se vaya tomando nota de ello.
That’s entertainment!
Martes, Julio 18th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 2 comentarios »De vez en cuando me da por abandonar los canales temáticos y echo un vistazo a lo que ponen en las cadenas de televisión generalistas. Es el momento perfecto para sentirme satisfecho de mí mismo al ver las ondas pobladas de telebasura y para, de paso, darme unas palmaditas en las espalda por tener un gusto tan elevado que me hace huir de esos programas más rápido que de la posibilidad de una emasculación. A veces hasta siento lástima por esos pobres diablos cuyas vidas son tan miserables que tienen que entretenerse contemplando las desgracias de otros. Incluso hay momentos en que me paro a analizar cuál es la diferencia entre tales pobres diablos y yo mismo.
Entonces la satisfacción me abandona y las palmaditas en la espalda no llegan a materializarse jamás, porque es precisamente cuando me doy cuenta de que no nos diferenciamos absolutamente en nada.
Desde luego, si los adictos a la telebasura tuvieran una vida plena, rica y satisfactoria no se pasarían horas y horas frente al televisor tragando miserias prefabricadas o concursos amañados. Pero es que si mi vida fuera plena, rica y satisfactoria, no pasaría horas y horas leyendo libros, viendo películas, escuchando música o navegando por Internet: me limitaría a vivir, que con eso ya tendría más que suficiente.
Es decir, ambos, los pobres diablos y yo, necesitamos que otros nos entretengan, que fabriquen para nosotros programas televisivos, películas, novelas, piezas de música que llenen nuestras horas y nos provoquen las emociones que buscamos, los sentimientos que queremos o el placer que deseamos y que no están presentes en nuestra vida diaria. Puedo discutir hasta la saciedad sobre si mi gusto en materia de entretenimiento es superior al de los adictos a la telebasura, pero al final, todo se reduce a una sola pregunta: ¿lo que has visto -leído, oído- te ha proporcionado el suficiente placer? Si la respuesta es afirmativa el resto resulta irrelevante.
Lo que me lleva a pensar que cosas como la literatura, la pintura, la música, el arte en general carecen por completo de valor alguno, más allá del que nosotros le demos Y eso me conduce a una de esas paradojas zen en las que algunos creen encontrar un nuevo tipo de sabiduría (ya sabéis, si expresas lo mismo de siempre de un modo extraño parecerá más interesante): si un árbol cae sin que nadie lo presencie puede que haga ruido o puede que no, pero una obra de arte (de entretenimiento, en suma) sin un espectador que la valore por el placer que le ha causado carece por completo de sentido. Estirando un poco más la cosa, puedo preguntarme si más allá de aparatos críticos, de herramientas de análisis, de sesudos juicios destinados a valorar la calidad del entretenimiento (del arte, en suma) el único criterio posible estará en el placer que nos causa. Sí, claro, podemos argumentar sobre que no todas las sensibilidades han sido educadas del mismo modo, y que no todos tienen la altura intelectual o estética suficiente para apreciar determinadas cosas y que su pobre mente adocenada tiene que conformarse con un entretenimiento de calidad claramente inferior.
Desconozco si eso es cierto o no. Pero al final, enfrentados el aborregado consumidor de entretenimiento basura y el elevado degustador del más fino arte, ¿de qué sirve el argumento que esgrimirá el segundo de que ha disfrutado de obras mejores que el primero, ante la pregunta que este le hará inevitablemente: “vale, pero ¿has disfrutado tanto como yo?”?
© 2006, Rodolfo Martínez
(Micro)crónicas de la AsturCon (6): Un chiste
Viernes, Julio 14th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | 3 comentarios »Ayer, tras la comida en el restaurante La tabla (absolutamente increíble, Dios mío, ese pulpo, con esa compota de chorizo, ese… en fin, para qué seguir que me pongo malo), mientras tomábamos el café y nos relajábamos, Richard Morgan contó el siguiente chiste que no he podido resistirme a reproducir aquí:
How many Spaniards do you need to change a bulb?
Only Juan.
Si os parece malo, peor para vosotros. Eso sólo significa que no comprendéis nuestro excelso sentido del humor.
Y, de paso, comentar que estamos pensando nombrar a Richard meteco asturiano oficilamente, visto su sentido del humor y su excelente “buen saque” con la comida.
© 2006, Rodolfo Martínez
Ha vuelto
Jueves, Julio 13th, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | 7 comentarios »- El mismo día, hace un año: Encrucijada
Vaya por delante que desconozco qué críticas ha tenido la película de Brian Singer e ignoro cómo está funcionando en taquilla. Presumo, sin embargo, que ni tendrá muy buenas críticas ni será precisamente un blockbuster.
No hace falta decir que me ha encantado.
La película me gana desde el primer minuto, desde el momento en que se usa el viejo tema de John Williams y en la pantalla aparecen los títulos de crédito recreando los originales de la versión de 1978. En ese momento comprendo que estoy ante la obra de un fan, de un superfriki que, de pronto, se ha encontrado con que alguien le paga, no sólo por jugar con su personaje favorito, sino por hacer un remake de una de sus películas-fetiche. Como si toda la película no fuera más que una colosal obra de fan fiction para cuya financiación alguien ha conseguido engañar a un estudio de cine.
Superman Returns, por más que nos lo quieran vender como una secuela (que también lo es, al menos de las dos primeras películas) es, ante todo, un remake del film original de Richard Donner en el que la trama, los diálogos y hasta los encuadres de cámara están continuamente jugando a hacer referencias al original.
Toda la película es un eco de la de 1978, como si lo ocurrido en ésta hubiera resonado a través del tiempo. Y, a la vez, es una continuación (como ya dije, de las dos primeras: pues obvia la tercera y contradice explícitamente la cuarta) que se preocupa por ser coherente con el material original e intenta que los personajes sean consistentes con lo ocurrido previamente.
A muchos esto puede irritarles. Otros simplemente lo encontrarán una muestra más de la escandalosa falta de imaginación del cine comercial de hoy en día. A mí, sin embargo, me funciona, y toda esa acumulación de referencias, ecos y toques de atención al film original hacen que para mí la película cobre una dimensión especial. Un juego metarreferencial que consigue el resultado de meterme más hondo en la historia que me están contando y al mismo tiempo, envidiar furibundamente a Singer por haber podido darse el capricho de hacer realidad el sueño de un fan.
Al mismo tiempo, es mucho más fiel al personaje del tebeo, a sus motivaciones y entorno de lo que lo era el material antiguo. Y sobre todo, no comete la torpeza de creer que, por ser una película de superhéroes, todo vale y Superman puede sacarse poderes de la manga según le convenga. De hecho, las muestras de las habilidades superheroicas del Hombre de Acero no pasan de tres o cuatro: aparte de la inevitable capacidad de volar y la superfuerza, tenemos las ya clásicas visión de rayos X, visión calorífica y, en una breve escena, super aliento.
Tenía mis duda con el casting antes de entrar a verla. Más allá de Kevin Spacey, que me parecía una estupenda elección para Luthor, el resto de los actores elegidos para encarnar a los distintos personajes no eran muy santo de mi devoción. Sin embargo, Spacey no consigue dar la talla (imitando continuamente a Hackman, pero sin llegar a su altura), mientras que el desconocido Brandon Routh hace un Superman creíble y un Clark Kent más que pasable. Sólo le reprocharía su manía de estar posando para la cámara en muchas de las escenas de vuelo, que a veces convierten su interpretación del Hombre de Acero en un ejercicio de narcisismo.
Decía antes que no creo que la película vaya a recibir buenas críticas ni a ser un boom de taquilla. En cierto modo, nada a contracorriente. El ritmo del film es deliberadamente pausado (como ya lo era el de Donner) y su tono tiende a lo intimista más de una vez, alejándola de otras adaptaciones de superhéroes de cómic de ritmo trepidante y donde la acción se impone sobre la historia. Esta es una película para ver con calma, para disfrutar con tranquilidad y dejar que nos gane poco a poco.
Conmigo lo ha conseguido.
Como anécdota diré que ayer fuimos diez personas a verla. A los cinco situados en la fila siete, nos gustó, en distintos grados. A los situados en la ocho, le pareció un bodrio y un truño como hacía tiempo que no veían uno.
Quedáis avisados.
Y yo quedo esperando a la edición en DVD para darme el gustazo de verla tranquilamente en casa una y otra vez.
POSTADA: A la pregunta que me hacía a mí mismo en el post anterior, tengo que responder que no, que este Superman no ha conseguido hacerme olvidar a Christopher Reeve. De hecho, una de sus virtudes fue hacer que lo tuviera en mente continuamente, pues a veces Singer parecía empeñado en buscar el ángulo de cámara adecuado o la iluminación correcta para que Brandon Routh nos pareciera una versión más joven de Reeve. En cuanto a las secuencias de vuelo, no están mal en general, pero la gracia con la que se movía Christopher Reeve, su elegancia y naturalidad aún siguen inalcanzadas.
Usted creerá que un hombre puede volar
Miércoles, Julio 12th, 2006 Pertenece a Superman, Visto y oído | Sin comentar »A la espera de ir esta noche a ver el Superman returns de Brian Singer, rescato un comentario que hice hace unos años sobre la primera película de Christopher Reeve, dirigida por Richard Donner.
Por muchos años que pasen y por muchas versiones para la pantalla que se hagan de El Hombre de Acero (veremos qué pasa con lo que nos ha preparado Brian Singer), será difícil volver a experimentar esa increíble necesidad de exclamar, casi sin querer: “¡Pero sí es Superman!” que uno sintió la primera vez que vio a Christopher Reeve en el famoso traje azul y rojo. Ya solo por eso, por haber encontrado en el mundo real la viva imagen del Último Hijo de Krypton y su alter ego terrestre, la adaptación cinematográfica de Superman realizada en 1978 por Richard Donner merecería pasar a la historia.
Pero además estamos ante una buena película, dirigida y narrada con pulso firme, una de las más cuidadas de la época: un casting tremendamente adecuado, un diseño de producción detallado, imaginativo y creíble, y un guión (pese a fallos inevitables que comentaré más adelante) que se desarrolla con fluidez, sin sobresaltos, llevándonos de paseo por los primeros treinta años de vida de El Hombre de Acero, y haciendo que compartamos con él su increíble viaje de Krypton a la Tierra, su adolescencia como el introvertido Clark Kent, y su madurez como Superman.
Los fallos de guión vienen motivados por el hecho de que ninguno de los guionistas es precisamente un aficionado al cómic de superhéroes: conocen a Superman, por supuesto, como icono cultural y tienen una vaga idea de lo que es el universo cuatricolor del comic-book, pero parecen pensar que, al tratarse de un superhéroe, todo vale, y por tanto sus poderes no necesitan tener ninguna coherencia interna ni límite alguno: pueden sacarse habilidades superheroicas de la manga en el momento mismo en que las necesiten. Algo que será mucho más evidente en la secuela: Superman II: la aventura continúa. De las dos películas restantes (especialmente aquella horrible En busca por la paz de la cuarta), cuanto menos se diga, será mucho mejor.
El responsable de que la película funcione es, por un lado, Christopher Reeve, capaz de hacernos creer que Superman y Clark Kent son dos personas distintas con un sencillo cambio de peinado, unas gafas que le tapan media cara y el hecho simple, pero quizá no tan evidente, de enfrentarse a la interpretación de ambos papeles como si fueran dos personajes distintos, cada uno con sus propias motivaciones y deseos. Su interpretación de Superman está llena de fuerza y de nobleza, pero no está ausente de la misma el sentido del humor necesario para no volver repelente al personaje: sus secuencias de vuelo funcionan, no solo por el cuidado en los aspectos técnicos con el que fueron realizadas, sino porque nos creemos que Christopher Reeve es capaz de volar: cada uno de sus movimientos en el aire está lleno de gracia y naturalidad, como si hubiera nacido para lo que está haciendo. Alguien definió una vez a Superman como el “Nijinsky del aire”, y viendo a Reeve volar, uno no puede evitar estar de acuerdo con la definición. Su Clark Kent, por otro lado, torpe, ridículo y tímido, es también lo suficientemente entrañable para no caer en la caricatura desaforada (algo que sí ocurriría en películas posteriores), consiguiendo de ese modo un equilibrio muy difícil.
El otro artífice de que la película funcionara en su día y aún hoy nos siga enganchando a la butaca es su director, Richard Donner, quien desde el principio se planteó la filmación de Superman como el mayor reto de su carrera y se enfrentó a ella con un ansia perfeccionista que hizo que el rodaje se prolongara más de un año, pero que obtuvo los resultados deseados: cada plano del filme está cuidado al máximo, perfectamente engarzado con el anterior y el siguiente, y la película fluye con una naturalidad que es muy de agradecer y que consigue que el espectador, pese a lo inverosímil de toda la historia, se crea lo que está viendo en la pantalla. Por desgracia, ese perfeccionismo haría que los Salkind, productores de la película, decidieran prescindir de él para entregas posteriores y dejaran el proyecto en manos de Richard Lester, director menos problemático y que no se salía del presupuesto. Lester tiene cierta tendencia a caer en la parodia desmitificadora (baste ver su versión de Los tres mosqueteros o su Royal Flash, por no hablar de su larga colaboración con Peter Sellers o sus dos películas de los Beatles) y aunque en la segunda película eso no se nota demasiado (buena parte de ella —de hecho, casi toda, o eso se afirma— había sido rodada a la vez que la primera y estaba, por tanto, dirigida por Donner) en la tercera entrega del ciclo, ayudado por la presencia de Richard Prior como contrapunto cómico, eso ya es completamente evidente.
La trama, por otro lado está muy inteligentemente estructurada en tres actos que se diferencian con facilidad. El primero, que narra la muerte de Krypton y el viaje del joven Kal-el a la Tierra, es pura ciencia ficción (y por sí mismo uno de los mejores momentos de space opera que vio el cine de aquella época). El segundo contará la adolescencia de Clark y es una revisitación deliberada y nostálgica de la América de Norman Rockwell. Finalmente, el tercero se adentra ya dentro del género de superhéroes y lleva la historia a su conclusión.
En cualquier caso estamos ante una de las películas clave del cine fantástico de los setenta y que aún hoy puede ser vista con agrado y, en ocasiones, con un cierto sentido de la maravilla que es muy de agradecer. Todo ello realizado de una forma puramente artesanal, mucho antes de la llegada de los efectos especiales digitales, y cuando los técnicos tenían que improvisar con las técnicas existentes o inventárselas sobre la marcha. Es muy de agradecer, además, que está edición recupere buena parte de las secuencias que, en su momento, fueron eliminadas del montaje original, algunas de ellas de forma incomprensible: como la conversación entre Superman y Jor-el después de la primera aparición pública del primero, donde se nos muestra a un Hombre de Acero incómodo ante su popularidad, pero sin poder evitar disfrutar de ella, haciendo así más humano al personaje.
Por lo demás, esta edición en DVD ha puesto un especial cuidado en los extras que acompañan a la película. Algo que, cuando salió a la venta, no era nada frecuente, pues la Warner Bros. se solía mostrar más que cicatera en ese aspecto con sus DVDs. Entre esos extras encontramos un acceso directo a todas las secuencias eliminadas de la versión original de la película, tanto las que se incorporan a esta nueva versión como las que no. Un completísimo reportaje sobre el rodaje de la película (en el que hablan prácticamente todos los implicados en el proyecto), varias pruebas de casting o algunos diseños de producción completan este DVD imprescindible para cualquier aficionado al cine fantástico.
© 2006, Rodolfo Martínez
