Cada cosa en su sitio, un sitio para cada cosa

Soy raro, sí, lo sé, hace tiempo que soy consciente de ello. Y en cierto modo, supongo que soy un ingenuo. Cosas que en el fondo ya sé siguen sorprendiéndome. Y por más que vea una y otra vez que ocurren y que la gente las acepta con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, a mí me siguen pareciendo que no son de recibo.

Pero será mejor que me explique.

Que os cuente una pequeña historia. Una… batallita de abuelete, si queréis.

Venga, vamos alla:

Cuando empiezas en esto de la literatura, es normal que intentes publicar donde sea, presentarte al premio que sea y tratar de sacar tu material adelante como sea. Incluso (sí, lo has hecho) permites que se te publiquen cosas que, en el fondo, tú mismo sabes que no son buenas. Pero es disculpable: tienes hambre y no pasa de ser un pequeño pecadillo de juventud… que luego es probable que lamentes en tu madurez, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto.

Luego, si tienes suerte, consigues publicar. Te vas haciendo, tal vez, un nombre y un huequecito. Logras sacar adelante unas cuantas novelas con editores profesionales. No se venden demasiado mal y con el tiempo hasta consigues reeditar alguna. Escribir no sólo no te cuesta dinero, sino que lo ganas; no para vivir de ello, vale, pero sí lo suficiente para que sea un estímulo interesante. Te vas haciendo un nombre, como decía. Vas alcanzando un cierto estatus.

Y, por tanto, eres consciente de que debes dejar de hacer ciertas cosas. Cosas que estaban bien cuando eras un escritor amateur que estaba dando sus primeros pasos, dejan de ser de recibo cuando te mueves por el circuito profesional de edición.

Y una de esas cosas es presentarte a concursos de cuentos claramente establecidos para dar oportunidades a escritores que empiezan y que aún no han dado el salto al mundo profesional. Pequeños premios, concedidos aquí y allá por tertulias o asociaciones culturales, por ejemplo.

No está bien que hagas eso, y en el fondo lo sabes. Quizá mires a otro lado, prefieras no pensar en ello y cierres los ojos. Pero lo sabes.

Por un lado acabas dando una imagen bastante pobre de ti mismo. Coño, que ya has pasado al siguiente nivel: publicas con asiduidad con editores profesionales, quedas finalista en premios de novela más o menos importantes. Lo lógico sería que dejases el campo libre a los que vienen detrás de ti. Has abandonado el mundillo del escritor aficionado, te guste o no; lo que no significa que te hayas convertido en un escritor profesional en el sentido estricto de que vivas de ello, es cierto, pero sí en el sentido de que te mueves en entornos claramente profesionales y no amateurs. Y lo menos que puedes hacer es dejar el campo libre para que los que llegan ahora al mundillo de los aficionados tengan su oportunidad.
Pero es que además, eres consciente de que es que es injusto que hagas eso. Porque sabes bien que si envías un cuento a un pequeño concurso de relatos, no vas a competir en pie de igualdad con el resto de la gente que se presente. Sí, los organizadores jurarán y perjurarán que no se han dejado impresionar por tu nombre. Pero, francamente, es difícil de creer. Al fin y al cabo si le dan el premio a un autor conocido, ellos mismos se harán conocidos y su premio, pequeño quizá y poco importante, alcanzará así cierta notoriedad e incluso prestigio.

Y, vamos a ver, ¿para qué demonios necesitas eso? No me digas que es por el dinero, joder, que estamos hablando de cantidades ridículas; no me puedo creer que seas tan rata. Entonces, ¿por qué? No lo entiendo, francamente. No puede ser cosa de ego. Al fin y al cabo, ya has publicado media docena de novelas; te has llevado unos cuantos premios; has quedado finalista de otros; incluso te están traduciendo al francés, al polaco, quién sabe si al turco; se te invita a este congreso o al otro festival; los aficionados reconocen tu nombre y disfrutan de tu obra. Tu ego no puede ser tan pobre, tan inseguro, que necesite apabullar a un puñado de escritores que están empezando y luchando duramente por abrirse un hueco. ¿Qué pasa, que necesitas demostrarles quién es el maestro, el mejor, el imbatible, poner quizá en su sitio a esos jóvenzuelos advenedizos? Si es eso, necesitas ayuda, amigo.

Pero, sobre todo, ¿es que no te das cuenta de que es un paso atrás? Desde que empezaste a escribir, tu objetivo era la profesionalización. Incluso algún día, por qué no, no importa lo loco que sea el sueño, vivir de lo que escribías. Y estás ahora mucho más cerca de ello que hace diez años, o cinco, o tres. Así que tu siguiente paso debe ir en esa dirección. Has subido un peldaño más en la escalera que lleva a tu sueño. Lánzate al siguiente. Quizá no puedas subirlo, qué le vamos a hacer. Pero, coño, no bajes al peldaño inferior sólo para sentirte bien y satisfacer tu ego. Ten un poco de dignidad y amor propio, hombre.

¿No? ¿Sigues en tus trece? Bueno, allá tú. Es tu vida. Pero me resulta chocante que precisamente tú, que te quejas de la falta de profesionalidad de críticos, de editores, de distribuidores, tú que estás perorando una y otra vez sobre eso, seas el primero en dejar de comportarte como un profesional.

Bueno, vale, sí, la vida está llena de pequeñas contradicciones. Cierto.

Pero, coño, algunas duelen más que otras.

© 2006, Rodolfo Martínez

8 comentarios

  1. Querido Rudi, independientemente de que esté más o menos de acuerdo (o en desacuerdo) con lo que dices, y respetando tu postura (que es la mía en gran parte: hacía seis años que no me presentaba a un concurso de relatos, y del que hablas sin hablar es el premio del “prestigio” de todo esto, y al listón de ganadores me remito, o sea, que no interpreto que sea para noveles), más duele que no se respete la plica y el seudónimo y se anuncie el nombre de los finalistas y no el de los relatos.

  2. Y, por cierto, machote, joder, ponme la “y” en el Rudy, que no soy alemán. (Vale, tampoco soy inglés, eso es cierto).

  3. Deduzco que te has presentado a algún premio y que, supongo, has quedado finalista. Y por los datos que me das, supongo que será el Pablo Rido o el Alberto Magno.

    La verdad es que ando bastante liado estos días con la AsturCon y ni sabía que se hubieran dado los finalistas.

    Desde luego, no te falta razón en una cosa: si en las bases del premio está que uno se presenta con seudónimo o con lema, no es de recibo que se den los nombres reales de los finalistas. Lo de rigor en esos casos es usar los seudónimos y luego, evidentemente, dar el nombre del ganador.

  4. Pues eso mismo.

    Curiosamente, cuando hace muuchos años me presenté al AM, me pasó lo mismo que esta semana con el PR.

    (empezamos bien la Asturcón, anoche me fui de cena de despedida y ya hoy estoy vomitivo y resacoso. Fuego al cañón)

  5. Curioso.

    Ayer me entrevistaron para la tele local para la trabaja Chus Parrado para hablar de la AsturCon y tal y luego nos fuimos todos de cenorra. Por suerte mi organismo parece que ha resultado más robusto que el tuyo.

    ¡Y cómo estaba la carne, por Dios, qué noble animal era aquel cerdo, y lo bien aprovechado que fue!

    Y ponte bien, que en una semana tienes que estar dando caña a tope. Que Chus Parrado ya te espera frotándose las manos.

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