Simpatía por comparación

No soy precisamente un admirador de Joaquín Sabina. Ni su música me gusta ni su personalidad pública (y recalco lo de “pública”, pues es bien posible que el personaje que ha creado en el ejercicio de su profesión tenga poco que ver con lo que es en su vida privada) me simpatiza en exceso. Una antipatía que, hasta donde recuerdo, nace de haber escuchado con atención su Pacto entre caballeros y que no ha menguado desde entonces. Sin embargo, a raíz de la polémica surgida en los pasados días por las declaraciones de Ramoncín acerca del título de la nueva gira de Sabina -“Carretera y top manta”- no he podido por menos de tomar partido por este último.

Por un lado las declaraciones Ramoncín destilan una envidia realmente atroz, especialmente su afirmación de que no entiende cómo dejan cantar a Sabina con “esa afonía que le caracteriza”. Supongo que él se considera mil veces mejor. Y sin duda tiene que joder un huevo ver que tu competidor tiene éxito, vende y llena los conciertos mientras que tu obra no interesa a casi nadie -el propio Sabina hizo el chiste, inevitable, de que ni los del top manta se molestarían en vender los discos de Ramoncín- y en tus conciertos hay casi más gente que va a protestar por la SGAE que a verte. Pero, amigo, es lo que hay. Como he dicho, no me gusta la música de Sabina: pero el tipo vende y sus discos gustan. Y eso es, simplemente, indiscutible.

El meollo del asunto fue, sin embargo, el tema de la piratería y del top manta, aparentemente defendido por el lema de la gira de Sabina. No entraré a valorar quién es el verdadero pirata, si los inmigrantes que venden las copias ilegales o los corsarios de la SGAE: mi opinión es sobradamente conocida. Pero es evidente para cualquiera que no sea tonto del culo que el título de la gira de la Sabina no es más que un chistecito, un juego de palabras sin más pretensiones que llamar la atención y que sacar las cosas de madre como ha hecho Ramoncín no demuestra precisamente que el hombre sea un prodigio de inteligencia. De hecho, la respuesta de Sabina ante sus declaraciones ha sido contundente: “Que se joda. Si es más tonto, no nace”.

Justamente en mi post anterior comentaba esa irrefrenable necesidad de volverse respetables que algunos empiezan a sentir con el correr de los años. Y Ramoncín es casi el paradigma de esa actitud. De su rollo rompedor, provocador y tirando a anarco -aquel “rey del pollo frito” que los medios insisten en recordar una y otra vez- se ha convertido en una especie de “intelectualillo progre de andar por casa” que aspira a una respetabilidad barata y ramplona.

Con esto no digo que Sabina sea una figura menos asimilada por el stablishment que Ramoncín. Pero al menos el primero no va puta arrepentida por la vida, lo cual es muy de agradecer.

Como decía al principio, la personalidad pública de Sabina no me simpatiza gran cosa. Sin embargo, por pura comparación ante el aquilosamiento mental, la estupidez tiznada de envidia y el apoltronamiento intelectual de Ramoncín, casi casi me llega a caer bien. Sólo casi, eso sí.

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