Buscando la respetabilidad desesperadamente

Supongo que hoy debería estar celebrando el día del orgullo friki. Pero, dado que siempre he considerado los días del orgullo tal, o de la infancia cual, o de los trabajadores pascual auténticas estupideces, pues no voy a hacer una excepción ahora. Vamos, que el día del caniche trabajador o del orgullo ciclotrónico me parecen gestos vacíos, cosméticos, de cara a la galería, que no sirven para nada; los considero, en última instancia, rituales sin sentido. Así que no voy a ponerme a hacer una excepción sólo porque yo sea friki (o, según el libro de estilo de Gigamesh, “friqui” -y esos eran los tíos que no querían que escribiese “búnquer” así, con “qu”-) y ahora se esté conmemorando a los “míos”. Que soy incoherente, si, vale, es verdad, pero no tanto. De hecho, después de leer el más que interesante comentario dejado en Mi propio blog, con casino y furcias se me han quitado todas las ganas que pudiera tener de conmemorar el día.

Además, hace ya unos cuantos días que me apetece hablar de otra cosa y éste es un momento tan bueno como cualquier otro para hacerlo.

No hace mucho comentaba con un amigo cómo se suele pensar que deberían ser las cosas a nuestra edad. Hablábamos de esa actitud bastante generalizada que considera que cuando has alcanzado los cuarenta tienes que vivir en una suerte de remanso de tranquilidad vital en el que no hay espacio para los sobresaltos ni mucho menos -Dios nos libre de ellas- para las emociones fuertes y donde, en realidad, te limitas a dejar pasar el tiempo con cierta comodidad y relajamiento vital (procurando que tus jefes no te puteen demasiado) hasta que llegue la edad de la jubilación. Como mucho, si tienes descendencia, vives tu vida a través de ellos en cierto modo, y te vas conformando con eso.

Eso me trajo a la memoria aquella frase de que “el que no es de izquierdas de joven no tiene corazón y el que no es de derechas de mayor es que no tiene cabeza”. O, dicho de otro modo, a medida que uno va madurando, tiende a ir volviéndose conservador en sus actitudes. Es lógico, supongo: si a uno le ha ido bien en la vida y se ha construido un nido acogedor donde se siente seguro, va acumulando cosas a su alrededor (y uso el término “cosas” no en un sentido estrictamente físico) y acaba teniendo cada vez más que perder. Es natural, por tanto, que vaya viendo la vida de un modo progresivamente más conservador y su objetivo primordial pase por proteger aquello que tiene. Incluso no deja de ser razonable que, en cierto modo, vea a las nuevas generaciones como peligrosos arribistas que podrían llegar a arrebatarle lo que ha conseguido: su puestecito, su pequeño estatus, el nicho ecológico que se ha cavado con tanto cuidado a lo largo de los años y que, ahora, por fin, considera suyo por derecho (lo que no significa que lo sea, pero eso sería otra historia).

Todo esto va acompañado de otro elemento, al menos en ciertos casos. Y es una cierta… “búsqueda de la respetabilidad”, por decirlo de algún modo. Imaginaos, no sé, al joven transgresor, al enfant terrible de los gabachos que, a medida que se va haciendo mayor, no sólo aspira a ser parte del stablishment sino a ser alguien importante dentro de él, uno de los que cortan el bacalao, un pezzo da noventa, que dirían mis primos sicilianos. O a la mujer que ha llevado una vida de pecado y desenfreno y en su madurez se vuelve una meapilas de misa diaria y moral estratificada. Supongo que estos dos ejemplos ilustran bastante bien lo que quiero decir.

He visto cómo eso ha ido pasando con personas de mi edad, a lo largo de los años. En algunos casos no me ha sorprendido: ya cuando eran jóvenes su aspiración secreta (secreto que, por otro lado, solía serlo a voces) era volverse respetables e importantes, alcanzar un cierto estatus que les permitiera mirar las cosas “desde arriba” y sentar cátedra aquí y allá, y se han pasado toda su vida trabajando por ello. Algunos lo han conseguido. Y, en cierto modo (aunque no comparto su obsesión por esa búsqueda de hacerse con un estatus) los aplaudo por ello e incluso los admiro: al fin y al cabo, perseguían un objetivo desde siempre y han luchado por alcanzarlo y no han renunciado a él. No se han traicionado a sí mismos, digamos.

Pero en otros casos, sin embargo, me ha ido dejando perplejo el proceso, a medida que veía a ciertas personas abandonar sus actitudes de la juventud y “volverse responsables”, “sentar la cabeza”, “hacerse respetables” y abominar de buena parte de lo que eran ellos mismos e incluso avergonzarse de su pasado.

Es algo que comprendo y me sorprende al mismo tiempo. Y, sobre todo en algunos casos, me causa una inevitable tristeza, al ver cómo esa obsesión por alcanzar la respetabilidad arrasa con todo lo demás y acaba desembocando a veces en puro anquilosamiento intelectual y otras en una racionalización feroz de actitudes que, no muchos años atrás, le habrían parecido indefendibles a quien ahora insiste a toda costa en vendérnoslas como lo lógico, lo normal y lo natural.

Es que la gente madura, me diréis. Es que es inevitable, añadiréis.

Sin embargo, yo nunca he considerado eso madurez; y desde luego, no pienso que sea inevitable.

Evidentemente, no soy la misma persona que a los veinte o los treinta años. He ido cambiando: mis actitudes han ido evolucionando, se han vuelto más complejas en algunos casos, se han simplificado en otros, he ido dejando por el camino unos cuantos lastres morales y algunos complejos y miedos de la adolescencia y, en fin, he ido creciendo. Eso creo. Y creo también que se puede considerar que he madurado: que la forma en que veo las cosas y, sobre todo, a mí mismo es más centrada y más sensata. Llamadlo vanidad, si queréis, probablemente lo sea. Pero no puedo evitar pensar que me las he apañado para hacer todo eso sin traicionarme a mí mismo en el proceso, consiguiendo mantener ese puntillo de irresponsabilidad, de locura, que sigue haciendo interesante la vida y, sobre todo, convencido (al igual que lo he estado siempre) de que volverse respetable no sirve para nada, no merece la pena el esfuerzo implicado en alcanzarlo y, desde luego, es un coñazo insufrible. Las personas “respetables” que conozco son (o acaban convertidos en) figurines fatuos y pomposos y tan convencidos de su propia importancia que a veces parece que les han metido una barra de acero por el culo, de envarados que andan. Y lo último que deseo en este mundo es ser como ellos.

¿Adónde me lleva todo eso? No lo sé. Tampoco es que pretenda llegar a ninguna parte. Simplemente, siempre me ha parecido importante no traicionarse a uno mismo en el proceso inevitable de envejecer; y además siempre he creído que es posible hacerlo. No digo fácil, pero sí posible. Y, por otro lado (y reconozco que hay cierta arrogancia en mi actitud en este caso; pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto), no puedo evitar sentir cierta tristeza por esas personas que, obsesionadas por esa búsqueda de la respetabilidad, de la importancia, de “ser alguien” a toda costa, acaban en cierto modo perdiéndose a sí mismas en el proceso. Sobre todo cuando recuerdas cómo eran antes y eres consciente de todo lo que se ha perdido. Seguramente ellos no lo ven así, claro. Seguro que piensan que han triunfado, que han alcanzado una meta envidiable y, sin duda, se sienten por encima de los demás.

Y, claro, imagino que para ellos yo no soy más que un pobre diablo que no crecerá nunca y que nunca podrá sobrellevar las responsabilidades de un hombre maduro. Para ellos, no vivo realmente una vida “auténtica”, “seria”, “real” y seguro que me compadecen por no ser capaz de madurar y por vivir en lo que ven como una perpetua adolescencia irresponsable.

Quizá sea así; a lo mejor tienen razón y su visión es la correcta. Aunque (y sí, de nuevo estoy siendo arrogante, pero al cuerno con ello) no puedo por menos de preguntarme si esa lástima que sienten por mí no será otra cosa que envidia disfrazada; y que si desean que yo “madure” y me vuelva “respetable” como ellos, no es tanto por mi bien sino por el hecho, puro y simple, de que para ellos resulto un incómodo recordatorio de todo aquello a lo que han renunciado. Sí, es algo que me pregunto.

No muy a menudo, tampoco os voy a mentir. Al fin y al cabo estoy demasiado ocupado pasándomelo bien siendo cómo soy para perder el sueño con esas cosas. Lo que sí que me quitaría el sueño sería levantarme por las mañanas, mirarme al espejo y descubrir que el tipo que me mira desde el otro lado es un desconocido que no me gusta absolutamente nada.

Y al fin y al cabo sigo siendo alguien que puede seguir mirándose a los ojos y descubrir que le gusta la persona en la que se ha convertido. Y sí, es cierto, ese proceso que me ha llevado a convertirme en ella ha estado lleno de errores, tropiezos, cosas que no se hicieron bien y que ya no se pueden arreglar, heridas recibidas e infligidas y cicatrices marcadas sobre mí mismo y sobre otros (sobre todo aquellos a quien más quería muchas veces) y, sin duda, la persona que soy ahora dista mucho de ser perfecta. Por supuesto que sí. Pero al menos, en todo ese proceso, no he perdido nada fundamental.

Bueno, un poco de pelo, algo de vista y alguna muela. Y quizá la paciencia, alguna vez que otra.

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