El sueño de la razón

Acabo de terminar El sueño de la razón, de mi buen amigo Juan Miguel Aguilera. Y una vez más, como ya hiciera con su anterior novela, Rihla, se confirma como uno de los grandes nombres de la literatura fantástica española. Así, con todas las letras. No, no son hiperbólicos cumplidos de amigo. Admiro a Juan Miguel desde hace muchos años (antes de que nos conociéramos en Gijón en 1993), desde que en compañía de Javier Redal escribiera aquellos Mundos en el abismo que, seguidos de los Hijos de la eternidadz demostraron que dos españoles podían construir un space opera que nada tenía que envidiar en ambición, alcance y resultados a las mejores obras internacionales del género. Así se lo dije cuando nos conocimos y, desde entonces, he seguido su carrera con interés, a veces con avidez. El azar nos ha convertido en amigos; sin la menor duda, uno de los mejores que he hecho dentro del mundillo de la ciencia ficción.

Así que ni siquiera me sorprenderé (ni me molestaré en alzar una ceja en un gesto de aristocrático desprecio) si alguien piensa que mis palabras son motivadas por una amistad mal entendida o por ese vicio -que soy el primero en deplorar; bueno, no el primero, pero vale- del que tanto se ha hablado últimamente en alguno de los blogs que visito y que se suele llamar “amiguismo”, cuando no se le califica directamente de “chupapolleo”. Si alguien quiere ver en lo que digo rastros de eso y está dispuesto a sonreír maliciosamente al ver que se me menciona en los agradecimientos de la novela, adelante; o, como dirían los ingleses, be my guest. A estas alturas de mi vida, que alguien piense mal de mí no me preocupa demasiado, la verdad. O, por usar una expresión más acorde con la época en la que se desarrolla la novela de Juan Miguel: “No se me da una higa en ello”.

En su momento, cuando escribió Mundos en el abismo en compañía de Javer Redal, Juan Miguel fue comparado inevitablemente con Larry Niven. Y ahora, me temo, está condenado a que se le compare con Tim Powers. Sé que a Juan Miguel esa comparación le sentará bastante mal (pues, por lo que recuerdo, no es precisamente un gran fan de la obra de Powers), pero me temo que es inevitable. Pues las obras de fantasía histórica que ha venido publicando en los últimos años (empezando con La locura de Dios, siguiendo con Rihla y terminando, esperamos que sólo de momento, con El sueño de la razón) comparten no pocos puntos en común con la obra del americano. Ambos imbrican la realidad histórica en sus ficciones novelescas; y los dos introducen en su narrativa una visión racionalista de la magia y lo fantástico que, pese a la miopía de algunos lectores y críticos, los adentra más dentro del territorio de la ciencia ficción que de la fantasía.

Ahí acaban las similitudes. No entraré a valorar quién es mejor. Cuál es un narrador más competente o quién urde con más habilidad sus tramas. Me limito a señalar que, como Juan Miguel siga por ese camino (y creo que seguirá, a poco que la suerte le acompañe) está destinado a que, tarde o temprano, se lo regale con el calificativo de ser el “Tim Powers español”.

Poco importa, en realidad, mientras siga escribiendo buenas novelas, como es el caso de El sueño de la razón. Una novela que, lo confieso, para mí tiene un aliciente especial, pues su último tercio se desarrolla en tierras asturianas. No hace mucho sostenía una conversación en la que afirmaba que sentirse orgulloso de la propia tierra de uno era absurdo, que no había motivo racional alguno para ese “orgullo patrio” dado que, de haber nacido en cualquier otro lugar, uno se sentiría igualmente orgulloso de ello. Y sigo pensándolo. Sin embargo, mi manía de pasarme la vida racionalizándolo todo no me impide ser una criatura ferozmente irracional, tan manejado por impulsos puramente emocionales y atávicos como cualquier hijo de vecino. Así que, de acuerdo, sentirse orgulloso de ser asturiano sólo por el azar de haber nacido en Asturias (igual que podría haber nacido en cualquier otro sitio) es una estupidez. Pero eso no va a hacer que deje de sentirme orgulloso de haber nacido aquí. Y si a alguien eso le parece contradictorio e incoherente… pues sí, tiene razón. Nunca he sido un prodigio de coherencia interna y, la verdad, no me apetece empezar a serlo a estas alturas de mi vida.

Pero yo quería hablar de la novela de Juan Miguel, y veo que, menos de eso, estoy hablando de cualquier otra cosa.

Así que vamos a ello, antes de que este post exceda los límites de lo razonable.

Decía que El sueño de la razón era una buena novela. Bien construída, bien narrada, con los hechos históricos bien imbricados en la ficción novelesca, y con la fantasía irrumpiendo en la historia sin estridencias ni alardes, pero de un modo eficaz. La trama gira, en apariencia, alrededor del viaje de Carlos I a España, pero en realidad, al igual que las otras novelas de fantasía histórica de Juan Miguel, gira en torno al enfrentamiento entre el hombre racional y las fuerzas atávicas que controlaron su pasado y de las que quizá él mismo surgió. Una historia cuyas raíces podemos descubrir en El refugio y de la que se nos van dando pequeñas dosis en el resto de la obra de Juan Miguel.

No voy a desvelar nada del argumento: siempre me han reventado esos críticos incapaces de analizar una obra sin contar pormenorizadamente de qué va; y al fin y al cabo esto ni siquiera es una crítica. Me limitaré a comentar que esta novela es una muestra más de la espléndida madurez literaria que Juan Miguel está alcanzando: cada vez más consciente de sus puntos fuertes y sus puntos débiles como narrador (capaz por tanto, de potenciar unos y de no caer demasiado en los otros), cada vez más seguro de sí mismo y de sus herramientas y cada vez más afianzado en la creación de un universo literario que, estoy seguro, irá enriqueciéndose con cada nueva historia que surja de sus dedos. No estamos ante una obra maestra, desde luego, pero sí que es una buena novela, una muy buena novela. Seguramente, como ya pasó con Rihla, será acogida con desconcierto por algunos críticos miopes y poco perspicacess, pero eso no debería preocuparle a Juan Miguel. A los lectores les gustará, estoy seguro: y al fin y al cabo, ellos son los que importan, en última instancia.

Si yo fuera un pejigueras (que no lo soy, por más que mis enemigos digan lo contrario), sólo le pondría un pero. Y es esa manía (¿heredada de Jack Vance, quizá, Juanmi?) de introducir de vez en cuando notas a pie de página para aclarar detalles o ampliar información. No sólo me parecen innecesarias (podrían haber sido incorporadas en una nota final del autor, por ejemplo) sino que te “sacan” de la lectura de la novela y rompen la suspensión de la incredulidad. Como si en una película de pronto detuviéramos la acción y el director se asomase a hablarnos y a explicarnos el mecanismo de las armas automáticas que se han usado en la secuencia que estábamos viendo. Por suerte, las mencionadas notas a pie de página son escasas. Y sé, por otro lado, que no voy a poder convencer a Juan Miguel de lo innecesarias que son y lo perjudiciales que resultan (ya discutimos por algo muy parecido cuando leí Mundos en la eternidad). Así que tampoco insistiré más en ello.

Y ahora, a esperar la siguiente novela de Juan Miguel. Nunca me ha defraudado hasta ahora. Y no creo que lo vaya a hacer en el futuro.

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