Patente de corso… de corso legal
Miércoles, Mayo 31st, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Cosas de marcianos
Hace un par de días leí una noticia que hablaba de los nuevos cánones que la SGAE pretendía poner a… bueno, en realidad a prácticamente cualquiera cosa: grabadoras, impresoras, discos duros, reproductores, cámaras de fotos, conexiones a internet… Supongo que todo lo que se les pase por la cabeza.
Y eso me ha llevado a pensar unas cuantas cosas. No muchas, ni muy originales, supongo. Pero allá van, de todos modos.
Una de las quejas más habituales es que el famoso canon nos está “criminalizando a priori” a los españoles. Es una queja que yo mismo he expresado en algún momento. El argumento es sencillo: puesto que nos están cobrando por la posibilidad de que cometamos un delito, se nos está diciendo, de hecho, que somos unos delicuentes. Y sin embargo, no es así, es algo mucho más sutil, más complejo, más diabólico.
Para empezar, bajarte algo de internet y copiarlo en un CD o un DVD no es ilegal. No es piratería. Mientras las leyes no cambien es perfectamente lícito y legal. Y en realidad ellos mismos, los responsables del canon, lo están reconociendo. Supongo que habréis visto el anuncio que últimamente se pone en los cines justo antes de la película. Allí se dice algo del estilo de “la piratería es un robo” mientras se nos muestran imágenes de una persona bajándose algo de internet. Pero, fijáos, no están diciendo “bajarse algo de internet es un robo”. No, dejan que sea nuestra mente la que haga la conexión: por un lado muestran ciertas imágenes y por el otro dicen ciertas palabras y dejan que seas tú mismo quien llegue a la conclusión de que imágenes y palabras están relacionadas. Pero no lo están. En ningún momento en el anuncio se dice que cuando te bajas una canción o una película vía eMule estés cometiendo un delito. Y no lo dicen porque no es así, y si se atrevieran a decirlo podrías ir contra ellos judicialmente. Así que se limitan a decir una cosa y mostrar otra en la esperanza de que tu mente las confunda y piense que son lo mismo. Astuto, ciertamente.
Pero es que, además, el famoso canon no es una “multa” ni una “condena a priori” por piratería intelectual. Para nada. El canon está destinado a paliar las pérdidas producidas, no por la piratería, sino por la copia privada y legal (y recalco lo de “legal”) de material con derechos de autor.
¿Qué es entonces el canon? Muy sencillo: un impuesto encubierto, no otra cosa.
Y vivimos en un sistema en el que el único con potestad para poner impuestos es el estado. Y sin embargo, se le permite a una asociación privada de profesionales (formada fundamentalmente por empresarios y trabajadores autónomos) imponer impuestos a los ciudadanos de nuestro país. Es como si al colegio de Arquitectos se le permitiera cobrar (y quedarse con ellos) los impuestos sobre la vivienda: absurdo y ridículo. Y lo peor es que esa situación existe con la connivencia de los políticos. De todos ellos: porque, sin importar cuál haya sido el color del gobierno de turno, todos ellos han apoyado a la SGAE y todos ellos han aprobado las distintas ampliaciones del canon o los cánones que esta impone. Es decir: el Estado permite que una sociedad privada tenga la capacidad de imponer, gestionar y recaudar impuestos.
Y eso ya es, directamente, rocambolesco, surrealista. En cualquier sistema de derecho que funcionase como debe, eso sería impensable. Y de producirse sería causa de un escándalo mayúsculo que, seguramente, derribaría al gobierno. O, como poco, lo haría tambalearse.
Pero aquí no. Los políticos siguen impertérritos en lo que sólo puedo definir como una alianza obscena y malsana con un grupo privado y ni se inmutan ante lo que están haciendo. Quizá os parezca que estoy sacando las cosas de quicio, que no es tan importante, que ni de lejos es tan grave. Pero lo es, porque estamos hablando de que a una asociación privada se la ha otorgado la facultad de imponer, recaudar y gestionar impuestos. Se le ha permitido socavar uno de los pilares fundamentales de lo que debería ser nuestra sociedad.
Y no pasa nada, absolutamente nada.
No hace mucho hablaba con unos amigos de cómo ésta sigue siendo una “España de charanga y pandereta / de espíritu burlón y de alma quieta”, más quizá incluso (pese a las apariencias) que en el momento en el que Machado escribió esas palabras. Comentábamos también el hecho de que los españoles somos los que más nos quejamos ante los abusos contra los consumidores, pero los que menos tomamos medidas efectivas contra esos abusos: apenas denunciamos. Se nos va la fuerza por la boca. Quizá por ser latinos, no lo sé, pero lo único que sabemos es vociferar, poner el grito en el cielo y amenazar con esto y con lo otro, para luego no hacer nada.
Y mientras tanto, mientras aullamos nuestra indignación para luego no hacer nada, la SGAE sigue cobrando a los españoles un impuesto encubierto, sigue quebrando una de las bases más vitales de nuestro sistema y arrogándose algo que sólo el estado (es decir, todos los ciudadanos, porque eso y no otra cosa es, o debería ser, el estado: la representación de todos los ciudadanos) tiene derecho a hacer.
Y no ha pasado nada, repito. Se ha vociferado, se ha gritado, pero en el fondo, ahí sigue la SGAE, llenándose los bolsillos y navegando viento en popa a toda vela con diez “cánones” por banda, como si dijéramos.
Es cierto que hay y ha habido iniciativas, sin duda, grupos que intentan acabar con ese estado de privilegio por parte del estado del que goza la SGAE… pero sus intentos parecen condenados al fracaso. Se dan una y otra vez contra muros y no parece que salga nada de ahí. Con su patente de corso (de corso legal, por usar un chiste de Astérix) la SGAE sigue surcando los mares y haciendo lo que quiere sin que nadie se lo impida. Al ciudadano medio (si es que tal cosa existe) todo esto no parece importarle demasiado. Y, de hecho, los grandes medios de de comunicación se las han apañado muy bien para vender al público la imagen de que esa gente que intenta acabar con la situación de privilegio de la SGAE no son otra cosa que una panda de locos, freaks o delincuentes, cuando no las tres cosas a la vez.
Así que, en realidad, sigue sin pasar nada. Y, cuando no pasa nada, tarde o temprano, empiezan a pasar cosas, mucho peores de las que habrían debido pasar en primer lugar: porque cuando ya es tarde es mucho más difícil hacer lo que se debe que en el momento correcto.
Así que, a lo mejor, ya es tiempo de que empiecen a pasar algunas cosas.
POSTDATA: Sí que pasan cosas, es cierto, pero uno casi diría que pasan a pesar nuestro, a pesar de nuestra inercia, nuestra desidia y nuestro deseo de “no buscarnos problemas para cuatro días de mierda que vamos a vivir”.
Y es que una cosa indudable (algo que creo que en el fondo la SGAE sabe por más que intente mirar hacia otro lado y no verlo) es que un sistema rápido y eficaz de comunicación global está condenado con el tiempo a traer una serie de cambios sociales, económicos y de modelo de mercado (por no hablar de mentalidad en las personas, más que nada porque sería redundante) que va a hacer -que ya está haciendo- que muchas actitudes, estrategias y situaciones de privilegio se queden obsoletas, le pese a quien le pese. A la SGAE le pesa, desde luego, y mucho, porque ve como se le está acabando el chollo y, por más que intenten detener el asunto, la cosa es imparable. Pero mientras tanto, hasta que terminen rindiéndose por puro agotamiento y se den cuenta de que hace años que han perdido la guerra, seguirán tocando los huevos y ganando unas cuantas batallas. Y eso, de vez en cuando, te quema. Así que supongo que el tono de mi post fue excesivamente “emocional” y tal vez daba una visión más pesimista de la que realmente tengo. Sin embargo, así fue escrito y así se queda.
Simpatía por comparación
Lunes, Mayo 29th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »No soy precisamente un admirador de Joaquín Sabina. Ni su música me gusta ni su personalidad pública (y recalco lo de “pública”, pues es bien posible que el personaje que ha creado en el ejercicio de su profesión tenga poco que ver con lo que es en su vida privada) me simpatiza en exceso. Una antipatía que, hasta donde recuerdo, nace de haber escuchado con atención su Pacto entre caballeros y que no ha menguado desde entonces. Sin embargo, a raíz de la polémica surgida en los pasados días por las declaraciones de Ramoncín acerca del título de la nueva gira de Sabina -”Carretera y top manta”- no he podido por menos de tomar partido por este último.
Por un lado las declaraciones Ramoncín destilan una envidia realmente atroz, especialmente su afirmación de que no entiende cómo dejan cantar a Sabina con “esa afonía que le caracteriza”. Supongo que él se considera mil veces mejor. Y sin duda tiene que joder un huevo ver que tu competidor tiene éxito, vende y llena los conciertos mientras que tu obra no interesa a casi nadie -el propio Sabina hizo el chiste, inevitable, de que ni los del top manta se molestarían en vender los discos de Ramoncín- y en tus conciertos hay casi más gente que va a protestar por la SGAE que a verte. Pero, amigo, es lo que hay. Como he dicho, no me gusta la música de Sabina: pero el tipo vende y sus discos gustan. Y eso es, simplemente, indiscutible.
El meollo del asunto fue, sin embargo, el tema de la piratería y del top manta, aparentemente defendido por el lema de la gira de Sabina. No entraré a valorar quién es el verdadero pirata, si los inmigrantes que venden las copias ilegales o los corsarios de la SGAE: mi opinión es sobradamente conocida. Pero es evidente para cualquiera que no sea tonto del culo que el título de la gira de la Sabina no es más que un chistecito, un juego de palabras sin más pretensiones que llamar la atención y que sacar las cosas de madre como ha hecho Ramoncín no demuestra precisamente que el hombre sea un prodigio de inteligencia. De hecho, la respuesta de Sabina ante sus declaraciones ha sido contundente: “Que se joda. Si es más tonto, no nace”.
Justamente en mi post anterior comentaba esa irrefrenable necesidad de volverse respetables que algunos empiezan a sentir con el correr de los años. Y Ramoncín es casi el paradigma de esa actitud. De su rollo rompedor, provocador y tirando a anarco -aquel “rey del pollo frito” que los medios insisten en recordar una y otra vez- se ha convertido en una especie de “intelectualillo progre de andar por casa” que aspira a una respetabilidad barata y ramplona.
Con esto no digo que Sabina sea una figura menos asimilada por el stablishment que Ramoncín. Pero al menos el primero no va puta arrepentida por la vida, lo cual es muy de agradecer.
Como decía al principio, la personalidad pública de Sabina no me simpatiza gran cosa. Sin embargo, por pura comparación ante el aquilosamiento mental, la estupidez tiznada de envidia y el apoltronamiento intelectual de Ramoncín, casi casi me llega a caer bien. Sólo casi, eso sí.
Buscando la respetabilidad desesperadamente
Jueves, Mayo 25th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »Supongo que hoy debería estar celebrando el día del orgullo friki. Pero, dado que siempre he considerado los días del orgullo tal, o de la infancia cual, o de los trabajadores pascual auténticas estupideces, pues no voy a hacer una excepción ahora. Vamos, que el día del caniche trabajador o del orgullo ciclotrónico me parecen gestos vacíos, cosméticos, de cara a la galería, que no sirven para nada; los considero, en última instancia, rituales sin sentido. Así que no voy a ponerme a hacer una excepción sólo porque yo sea friki (o, según el libro de estilo de Gigamesh, “friqui” -y esos eran los tíos que no querían que escribiese “búnquer” así, con “qu”-) y ahora se esté conmemorando a los “míos”. Que soy incoherente, si, vale, es verdad, pero no tanto. De hecho, después de leer el más que interesante comentario dejado en Mi propio blog, con casino y furcias se me han quitado todas las ganas que pudiera tener de conmemorar el día.
Además, hace ya unos cuantos días que me apetece hablar de otra cosa y éste es un momento tan bueno como cualquier otro para hacerlo.
No hace mucho comentaba con un amigo cómo se suele pensar que deberían ser las cosas a nuestra edad. Hablábamos de esa actitud bastante generalizada que considera que cuando has alcanzado los cuarenta tienes que vivir en una suerte de remanso de tranquilidad vital en el que no hay espacio para los sobresaltos ni mucho menos -Dios nos libre de ellas- para las emociones fuertes y donde, en realidad, te limitas a dejar pasar el tiempo con cierta comodidad y relajamiento vital (procurando que tus jefes no te puteen demasiado) hasta que llegue la edad de la jubilación. Como mucho, si tienes descendencia, vives tu vida a través de ellos en cierto modo, y te vas conformando con eso.
Eso me trajo a la memoria aquella frase de que “el que no es de izquierdas de joven no tiene corazón y el que no es de derechas de mayor es que no tiene cabeza”. O, dicho de otro modo, a medida que uno va madurando, tiende a ir volviéndose conservador en sus actitudes. Es lógico, supongo: si a uno le ha ido bien en la vida y se ha construido un nido acogedor donde se siente seguro, va acumulando cosas a su alrededor (y uso el término “cosas” no en un sentido estrictamente físico) y acaba teniendo cada vez más que perder. Es natural, por tanto, que vaya viendo la vida de un modo progresivamente más conservador y su objetivo primordial pase por proteger aquello que tiene. Incluso no deja de ser razonable que, en cierto modo, vea a las nuevas generaciones como peligrosos arribistas que podrían llegar a arrebatarle lo que ha conseguido: su puestecito, su pequeño estatus, el nicho ecológico que se ha cavado con tanto cuidado a lo largo de los años y que, ahora, por fin, considera suyo por derecho (lo que no significa que lo sea, pero eso sería otra historia).
Todo esto va acompañado de otro elemento, al menos en ciertos casos. Y es una cierta… “búsqueda de la respetabilidad”, por decirlo de algún modo. Imaginaos, no sé, al joven transgresor, al enfant terrible de los gabachos que, a medida que se va haciendo mayor, no sólo aspira a ser parte del stablishment sino a ser alguien importante dentro de él, uno de los que cortan el bacalao, un pezzo da noventa, que dirían mis primos sicilianos. O a la mujer que ha llevado una vida de pecado y desenfreno y en su madurez se vuelve una meapilas de misa diaria y moral estratificada. Supongo que estos dos ejemplos ilustran bastante bien lo que quiero decir.
He visto cómo eso ha ido pasando con personas de mi edad, a lo largo de los años. En algunos casos no me ha sorprendido: ya cuando eran jóvenes su aspiración secreta (secreto que, por otro lado, solía serlo a voces) era volverse respetables e importantes, alcanzar un cierto estatus que les permitiera mirar las cosas “desde arriba” y sentar cátedra aquí y allá, y se han pasado toda su vida trabajando por ello. Algunos lo han conseguido. Y, en cierto modo (aunque no comparto su obsesión por esa búsqueda de hacerse con un estatus) los aplaudo por ello e incluso los admiro: al fin y al cabo, perseguían un objetivo desde siempre y han luchado por alcanzarlo y no han renunciado a él. No se han traicionado a sí mismos, digamos.
Pero en otros casos, sin embargo, me ha ido dejando perplejo el proceso, a medida que veía a ciertas personas abandonar sus actitudes de la juventud y “volverse responsables”, “sentar la cabeza”, “hacerse respetables” y abominar de buena parte de lo que eran ellos mismos e incluso avergonzarse de su pasado.
Es algo que comprendo y me sorprende al mismo tiempo. Y, sobre todo en algunos casos, me causa una inevitable tristeza, al ver cómo esa obsesión por alcanzar la respetabilidad arrasa con todo lo demás y acaba desembocando a veces en puro anquilosamiento intelectual y otras en una racionalización feroz de actitudes que, no muchos años atrás, le habrían parecido indefendibles a quien ahora insiste a toda costa en vendérnoslas como lo lógico, lo normal y lo natural.
Es que la gente madura, me diréis. Es que es inevitable, añadiréis.
Sin embargo, yo nunca he considerado eso madurez; y desde luego, no pienso que sea inevitable.
Evidentemente, no soy la misma persona que a los veinte o los treinta años. He ido cambiando: mis actitudes han ido evolucionando, se han vuelto más complejas en algunos casos, se han simplificado en otros, he ido dejando por el camino unos cuantos lastres morales y algunos complejos y miedos de la adolescencia y, en fin, he ido creciendo. Eso creo. Y creo también que se puede considerar que he madurado: que la forma en que veo las cosas y, sobre todo, a mí mismo es más centrada y más sensata. Llamadlo vanidad, si queréis, probablemente lo sea. Pero no puedo evitar pensar que me las he apañado para hacer todo eso sin traicionarme a mí mismo en el proceso, consiguiendo mantener ese puntillo de irresponsabilidad, de locura, que sigue haciendo interesante la vida y, sobre todo, convencido (al igual que lo he estado siempre) de que volverse respetable no sirve para nada, no merece la pena el esfuerzo implicado en alcanzarlo y, desde luego, es un coñazo insufrible. Las personas “respetables” que conozco son (o acaban convertidos en) figurines fatuos y pomposos y tan convencidos de su propia importancia que a veces parece que les han metido una barra de acero por el culo, de envarados que andan. Y lo último que deseo en este mundo es ser como ellos.
¿Adónde me lleva todo eso? No lo sé. Tampoco es que pretenda llegar a ninguna parte. Simplemente, siempre me ha parecido importante no traicionarse a uno mismo en el proceso inevitable de envejecer; y además siempre he creído que es posible hacerlo. No digo fácil, pero sí posible. Y, por otro lado (y reconozco que hay cierta arrogancia en mi actitud en este caso; pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto), no puedo evitar sentir cierta tristeza por esas personas que, obsesionadas por esa búsqueda de la respetabilidad, de la importancia, de “ser alguien” a toda costa, acaban en cierto modo perdiéndose a sí mismas en el proceso. Sobre todo cuando recuerdas cómo eran antes y eres consciente de todo lo que se ha perdido. Seguramente ellos no lo ven así, claro. Seguro que piensan que han triunfado, que han alcanzado una meta envidiable y, sin duda, se sienten por encima de los demás.
Y, claro, imagino que para ellos yo no soy más que un pobre diablo que no crecerá nunca y que nunca podrá sobrellevar las responsabilidades de un hombre maduro. Para ellos, no vivo realmente una vida “auténtica”, “seria”, “real” y seguro que me compadecen por no ser capaz de madurar y por vivir en lo que ven como una perpetua adolescencia irresponsable.
Quizá sea así; a lo mejor tienen razón y su visión es la correcta. Aunque (y sí, de nuevo estoy siendo arrogante, pero al cuerno con ello) no puedo por menos de preguntarme si esa lástima que sienten por mí no será otra cosa que envidia disfrazada; y que si desean que yo “madure” y me vuelva “respetable” como ellos, no es tanto por mi bien sino por el hecho, puro y simple, de que para ellos resulto un incómodo recordatorio de todo aquello a lo que han renunciado. Sí, es algo que me pregunto.
No muy a menudo, tampoco os voy a mentir. Al fin y al cabo estoy demasiado ocupado pasándomelo bien siendo cómo soy para perder el sueño con esas cosas. Lo que sí que me quitaría el sueño sería levantarme por las mañanas, mirarme al espejo y descubrir que el tipo que me mira desde el otro lado es un desconocido que no me gusta absolutamente nada.
Y al fin y al cabo sigo siendo alguien que puede seguir mirándose a los ojos y descubrir que le gusta la persona en la que se ha convertido. Y sí, es cierto, ese proceso que me ha llevado a convertirme en ella ha estado lleno de errores, tropiezos, cosas que no se hicieron bien y que ya no se pueden arreglar, heridas recibidas e infligidas y cicatrices marcadas sobre mí mismo y sobre otros (sobre todo aquellos a quien más quería muchas veces) y, sin duda, la persona que soy ahora dista mucho de ser perfecta. Por supuesto que sí. Pero al menos, en todo ese proceso, no he perdido nada fundamental.
Bueno, un poco de pelo, algo de vista y alguna muela. Y quizá la paciencia, alguna vez que otra.
El sueño de la razón
Miércoles, Mayo 24th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Hace mucho tiempo...
Acabo de terminar El sueño de la razón, de mi buen amigo Juan Miguel Aguilera. Y una vez más, como ya hiciera con su anterior novela, Rihla, se confirma como uno de los grandes nombres de la literatura fantástica española. Así, con todas las letras. No, no son hiperbólicos cumplidos de amigo. Admiro a Juan Miguel desde hace muchos años (antes de que nos conociéramos en Gijón en 1993), desde que en compañía de Javier Redal escribiera aquellos Mundos en el abismo que, seguidos de los Hijos de la eternidadz demostraron que dos españoles podían construir un space opera que nada tenía que envidiar en ambición, alcance y resultados a las mejores obras internacionales del género. Así se lo dije cuando nos conocimos y, desde entonces, he seguido su carrera con interés, a veces con avidez. El azar nos ha convertido en amigos; sin la menor duda, uno de los mejores que he hecho dentro del mundillo de la ciencia ficción.
Así que ni siquiera me sorprenderé (ni me molestaré en alzar una ceja en un gesto de aristocrático desprecio) si alguien piensa que mis palabras son motivadas por una amistad mal entendida o por ese vicio -que soy el primero en deplorar; bueno, no el primero, pero vale- del que tanto se ha hablado últimamente en alguno de los blogs que visito y que se suele llamar “amiguismo”, cuando no se le califica directamente de “chupapolleo”. Si alguien quiere ver en lo que digo rastros de eso y está dispuesto a sonreír maliciosamente al ver que se me menciona en los agradecimientos de la novela, adelante; o, como dirían los ingleses, be my guest. A estas alturas de mi vida, que alguien piense mal de mí no me preocupa demasiado, la verdad. O, por usar una expresión más acorde con la época en la que se desarrolla la novela de Juan Miguel: “No se me da una higa en ello”.
En su momento, cuando escribió Mundos en el abismo en compañía de Javer Redal, Juan Miguel fue comparado inevitablemente con Larry Niven. Y ahora, me temo, está condenado a que se le compare con Tim Powers. Sé que a Juan Miguel esa comparación le sentará bastante mal (pues, por lo que recuerdo, no es precisamente un gran fan de la obra de Powers), pero me temo que es inevitable. Pues las obras de fantasía histórica que ha venido publicando en los últimos años (empezando con La locura de Dios, siguiendo con Rihla y terminando, esperamos que sólo de momento, con El sueño de la razón) comparten no pocos puntos en común con la obra del americano. Ambos imbrican la realidad histórica en sus ficciones novelescas; y los dos introducen en su narrativa una visión racionalista de la magia y lo fantástico que, pese a la miopía de algunos lectores y críticos, los adentra más dentro del territorio de la ciencia ficción que de la fantasía.
Ahí acaban las similitudes. No entraré a valorar quién es mejor. Cuál es un narrador más competente o quién urde con más habilidad sus tramas. Me limito a señalar que, como Juan Miguel siga por ese camino (y creo que seguirá, a poco que la suerte le acompañe) está destinado a que, tarde o temprano, se lo regale con el calificativo de ser el “Tim Powers español”.
Poco importa, en realidad, mientras siga escribiendo buenas novelas, como es el caso de El sueño de la razón. Una novela que, lo confieso, para mí tiene un aliciente especial, pues su último tercio se desarrolla en tierras asturianas. No hace mucho sostenía una conversación en la que afirmaba que sentirse orgulloso de la propia tierra de uno era absurdo, que no había motivo racional alguno para ese “orgullo patrio” dado que, de haber nacido en cualquier otro lugar, uno se sentiría igualmente orgulloso de ello. Y sigo pensándolo. Sin embargo, mi manía de pasarme la vida racionalizándolo todo no me impide ser una criatura ferozmente irracional, tan manejado por impulsos puramente emocionales y atávicos como cualquier hijo de vecino. Así que, de acuerdo, sentirse orgulloso de ser asturiano sólo por el azar de haber nacido en Asturias (igual que podría haber nacido en cualquier otro sitio) es una estupidez. Pero eso no va a hacer que deje de sentirme orgulloso de haber nacido aquí. Y si a alguien eso le parece contradictorio e incoherente… pues sí, tiene razón. Nunca he sido un prodigio de coherencia interna y, la verdad, no me apetece empezar a serlo a estas alturas de mi vida.
Pero yo quería hablar de la novela de Juan Miguel, y veo que, menos de eso, estoy hablando de cualquier otra cosa.
Así que vamos a ello, antes de que este post exceda los límites de lo razonable.
Decía que El sueño de la razón era una buena novela. Bien construída, bien narrada, con los hechos históricos bien imbricados en la ficción novelesca, y con la fantasía irrumpiendo en la historia sin estridencias ni alardes, pero de un modo eficaz. La trama gira, en apariencia, alrededor del viaje de Carlos I a España, pero en realidad, al igual que las otras novelas de fantasía histórica de Juan Miguel, gira en torno al enfrentamiento entre el hombre racional y las fuerzas atávicas que controlaron su pasado y de las que quizá él mismo surgió. Una historia cuyas raíces podemos descubrir en El refugio y de la que se nos van dando pequeñas dosis en el resto de la obra de Juan Miguel.
No voy a desvelar nada del argumento: siempre me han reventado esos críticos incapaces de analizar una obra sin contar pormenorizadamente de qué va; y al fin y al cabo esto ni siquiera es una crítica. Me limitaré a comentar que esta novela es una muestra más de la espléndida madurez literaria que Juan Miguel está alcanzando: cada vez más consciente de sus puntos fuertes y sus puntos débiles como narrador (capaz por tanto, de potenciar unos y de no caer demasiado en los otros), cada vez más seguro de sí mismo y de sus herramientas y cada vez más afianzado en la creación de un universo literario que, estoy seguro, irá enriqueciéndose con cada nueva historia que surja de sus dedos. No estamos ante una obra maestra, desde luego, pero sí que es una buena novela, una muy buena novela. Seguramente, como ya pasó con Rihla, será acogida con desconcierto por algunos críticos miopes y poco perspicacess, pero eso no debería preocuparle a Juan Miguel. A los lectores les gustará, estoy seguro: y al fin y al cabo, ellos son los que importan, en última instancia.
Si yo fuera un pejigueras (que no lo soy, por más que mis enemigos digan lo contrario), sólo le pondría un pero. Y es esa manía (¿heredada de Jack Vance, quizá, Juanmi?) de introducir de vez en cuando notas a pie de página para aclarar detalles o ampliar información. No sólo me parecen innecesarias (podrían haber sido incorporadas en una nota final del autor, por ejemplo) sino que te “sacan” de la lectura de la novela y rompen la suspensión de la incredulidad. Como si en una película de pronto detuviéramos la acción y el director se asomase a hablarnos y a explicarnos el mecanismo de las armas automáticas que se han usado en la secuencia que estábamos viendo. Por suerte, las mencionadas notas a pie de página son escasas. Y sé, por otro lado, que no voy a poder convencer a Juan Miguel de lo innecesarias que son y lo perjudiciales que resultan (ya discutimos por algo muy parecido cuando leí Mundos en la eternidad). Así que tampoco insistiré más en ello.
Y ahora, a esperar la siguiente novela de Juan Miguel. Nunca me ha defraudado hasta ahora. Y no creo que lo vaya a hacer en el futuro.
Pan y circo, sobre todo circo
Sábado, Mayo 13th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | 2 comentarios »Cuando vas por las mañanas al trabajo, sueles ir medio dormido. Vas escuchando la radio (no importa ahora mismo en qué emisora, si bien el hecho de que sea Onda Cero y, concretamente, el programa de Carlos Herrera a veces te despierta sobresaltado) y de pronto te encuentras con noticias que te hacen preguntarte en qué continuo espacio-temporal vives exactamente, porque no puede ser posible que hayas oído lo que acabas de oír.
Pero no, llegas a casa, buscas un poco por el google y te encuentras con que, efectivamente y para tu desgracia, habías oído bien. La noticia está en todas partes e incluso los partidos políticos se sumen en una agria polémica a causa de ella, con la oposición instando al gobierno a que tome medidas urgentes para que el tema, que es gravísimo, de interés nacional (sólo faltaría que se dijera que de “seguridad nacional”) se resuelva cuanto antes y la ley se cumpla como debe, hasta la última coma.
Y es que se acerca el Mundial de Fútbol, señores, nada menos. Y la emisora que tiene los derechos de los partidos no garantiza en estos momentos que se puedan ver en todo el territorio nacional (incluidas, supongo, las naciones y realidades nacionales integradas en él). Y esto no puede ser. Es indignante. Y además, es ilegal. Porque la Ley 21/1997, de 3 de julio, reguladora de las Emisiones y Retransmisiones de Competiciones y Acontecimientos Deportivos establece con claridad en su artículo 4, párrafo 3 que “Las competiciones o acontecimientos deportivos de interés general deberán retransmitirse en directo, en emisión abierta y para todo el territorio del Estado “.
Conocía la existencia de dicha ley, por supuesto. No estoy tan alejado de la realidad y ya en 1997, cuando fue promulgada, se me cayó la mandíbula al suelo y estuve varios minutos tratando de volver a ponerla en su lugar. Pero confieso que el tema se me había ido de la mente hasta hace unos días, cuando la polémica surgió a raíz del próximo Mundial de Fútbol.
Y, de nuevo, estoy perplejo. Comprendo el derecho a la información y a la libre transimisión de ésta. Y comprendo, por pura lógica, que cualquier cadena de TV tiene derecho a informar sobre los resultados de los acontecimientos deportivos e incluso ofrecer los minutos que considere más relevantes de los mismos. Hasta ahí genial.
Pero no, la ley va un paso más allá. Establece que determinados acontecimientos deportivos son de interés general y que, por tanto, deben ser emitidos íntegramente, en directo y de forma gratuita. Ya no se trata, entonces, de salvaguardar el sacrosanto derecho a la información. Se trata, en la más pura línea de la antigua Roma, de ofrecer a los ciudadanos, ya que el pan parece más difícil de conseguir, su correspondiente ración de circo.
La verdad es que no debería sorprenderme. En un país donde ante la destrucción masiva de puestos de trabajo y, muchas veces, del propio tejido laboral y económico de una región, la gente apenas se inmuta mientras sale en bandadas airadas a la calle ante la posibilidad de que su equipo de fútbol descienda a Segunda, no debería parecerme raro la existencia de una ley como ésta. No, no debería parecerme raro en un país donde ante catástrofes ecológicas auténticamente graves, la vida continua como si nada hubiera pasado mientras los políticos, con la complacencia de buena parte de los votantes, meten dinero de todos los ciudadanos en equipos de fútbol cuya mala gestión económica los ha condenado a la desaparición, como a cualquier otra empresa. En un país donde, en fin, se vierten verdaderos ríos de tinta y se crean enemistados irreconciliables ante un hecho tan trivial como el que un deportista profesional decida cambiar de equipo porque no le pagan lo que él quiere y se acuse a ese tipo de traidor, rata, miserable y pesetero (¿o se dirá ahora “eurero”?).
Pero, qué le vamos a hacer. Soy un ingénuo. Y me sigue pareciendo increíble (diría que “alucino pepinillos” si no fuera porque una expresión como ésa revelaría mi verdadera edad) que se regule por ley que todos los españoles tenemos derecho a ver de forma gratuita y en directo los partidos de la Selección. Y que los políticos hagan de ello una auténtica cuestión de estado.
La comedia nacional, una vez más. Pan y circo. Sobre todo, circo, por supuesto. Y en más de un sentido.
¿Endogamia?
Viernes, Mayo 5th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Mea culpa
Recientemente ha pasado algo que me ha dado que pensar. Sí, a veces pienso; y, ocasionalmente, pienso de la forma correcta. (Ya sabéis, como en el chiste de los catalanes: cuando hace frío, se acercan a la estufa; y cuando hace mucho frío, incluso la encienden).
Un post en el blog de Iván Olmedo ha motivado una serie de reflexiones que, al cabo de un rato, han terminado originando un post en el blog de Felicidad Martínez. Al mismo tiempo, ese último post origina en mí unos cuantos pensamientos que acaban dando lugar a la entrada anterior en este mismo “Escrito en el agua”.
Realimentación o retroalimentación o como demonios se llame. No sé, a lo mejor hasta sinergia, vete tú a saber. Pero no es ese el tema sobre el que quiero hablar.
Por un lado parece una buena noticia, por llamarla de algún modo. Las opiniones de uno generan reflexiones en la otra que, a su vez, acaban dando lugar a los pensamientos de un tercero. Es algo que, a priori, podríamos considerar positivo. Al fin y al cabo siempre lo es el hecho de que las ideas no queden monolíticamente circunscritas a un lugar, sino que vayan moviéndose y, por el camino, vayan generando nuevas ideas.
Sin embargo…
No puedo por menos de preguntarme si no será también un síntoma preocupante. Si no será un signo de que nos estamos moviendo alrededor del mismo lugar, avanzando en círculos y generando sensación de movimiento pero sin llegar a ningún sitio. A hace algo que motiva que a su vez B haga otra cosa con la consecuencia de que C hace sabe Dios qué, lo que, finalmente, es la causa de que A haga algo nuevo. Estimulante en apariencia, como siempre lo es el intercambio de ideas. Pero…
Pero, ¿estamos ante una nueva forma de endogamia? ¿Una suerte de pequeño reino en el que todos nos leemos unos a otros, discutimos unos con otros y acabamos generando una especie de territorio mental cerrado del que no salimos y al que además, no permitimos la entrada de aire nuevo? Creo que fue en una de las (por otra parte infames) novelas de Anne Rice donde leí algo parecido: allí se describían “familias” de vampiros que habían alcanzado un nivel de endogamia tal (chupándose la sangre unos a otros, por ejemplo) que las personalidades individuales se habían diluido en una suerte de mente-colmena donde no se sabía qué idea era de quién ni quién había generado qué pensamiento. ¿Estamos acercándonos a algo así: navegando alrededor de los blogs de los amiguetes, extrayendo de allí ciertas ideas que generan a su vez nuevas ideas en nosotros sólo para que esas ideas acaben generando nuevas ideas en ellos, en un círculo vicioso que, si bien estimulante al principio, por fuerza tiene que acabar convirtiéndose en algo enfermizo y estéril?
No afirmo que sea así. Sólo me lo pregunto. Y está claro que no tengo respuestas (ya lo decía Guillermo de Baskerville: si tuviera todas las respuestas, no estaría aquí; estaría enseñando teología en París). Sin embargo, la cuestión me preocupa, me hace reconsiderar ciertas cosas y, tal vez, replantearme algunos conceptos en los que, hasta ahora, no me había molestado en pensar a fondo.
Es posible que esté exagerando. Que esté tomando lo que no es más que una cadena de coincidencias por algo distinto y sacando de quicio todo el asunto. Quizá. Es muy probable. Sin embargo, el asunto me parece lo bastante interesante para reflexionar sobre ello. Y quizá, con el tiempo, llegar a alguna conclusión válida.
Mientras tanto, ha servido para proporcionarme un nuevo post para mi (sí, soy culpable, lo reconozco) por otra parte más bien parado blog. Lo cual tampoco está mal, al fin y al cabo.
Opinión, validez, respetabilidad
Jueves, Mayo 4th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »El otro día una amiga me pasó el post que pensaba poner en su blog. Terminaba con una expresión del estilo de “mi opinión es tan válida como cualquier otra”, y no pude por menos que decirle que eso no era exacto, que no todas las opiniones eran igual de válidas o, para decirlo de otro modo, que no todas tenían el mismo valor.
Si yo quiero hacerme una casa, por ejemplo, la opinión que reciba sobre cómo construirla por parte de alguien con los conocimientos técnicos adecuados siempre tendrá más valor que la que me de alguien que desconoce por completo el asunto, eso es evidente. Y parece que en cuestiones que impliquen aspectos que tendemos a considerar “objetivos” (el entrecomillado no es casual) hay consenso al respecto: algunas opiniones tienen más valor que otras. Sin embargo, cuando entramos en el resbaladizo territorio del “arte” (el entrecomillado tampoco es casual), las cosas cambian. Al fin y al cabo, el arte tiene un componente claramente subjetivo donde los gustos e inclinaciones de cada uno influyen mucho en la valoración del resultado.
Sin embargo, incluso ahí, no todas las opiniones tienen el mismo valor. Y no, no hablo de que la opinión de un filólogo o un crítico profesional tenga más valor que la de un “simple” (¿he dicho ya que el entrecomillado no es casual?) lector. Sino de que, en ese caso, una opinión bien argumentada es más válida que una opinión que no se ha argumentado o que, de hacerlo, se ha hecho mal. Pondré un ejemplo. Una novela. Tres críticas (es decir, tres opiniones, que al fin y al cabo eso es una crítica) sobre ella:
-Es cojonuda
-Es cojonuda porque mola que te cagas y te lo pasas pipa.
-Es cojonuda porque la trama está construida de un modo consistente (y explicamos de qué modo), sus personajes son creíbles y tienen fuerza (y explicamos de qué modo) y está bien escrita (y explicamos por qué consideramos que es así).
¿Cuál de las tres opiniones es más útil para un lector a la hora de decidirse a compar el libro o no? Evidentemente aquella que ha sido argumentada de un modo razonable y coherente y que nos proporciona datos válidos que nos ayuden a tomar nuestra decisión. Es decir, tiene más valor la que mejor argumentada está. Es más válida.
Volviendo a mi amiga, le decía que una cosa es que todas las opiniones sean igual de respetables y otra muy distinta que sean igual de válidas. Sin embargo, después de pensarlo un poco me pregunto si es así. ¿Son todas las opiniones igual de respetables? ¿Realmente? ¿Una opinión como “todas las mujeres son unas zorras que no quieren más que un macho que las domine” es, de verdad, una opinión digna de respeto? Yo creo que no, francamente.
Con lo cual nos encontramos en un territorio peligroso. Soy un un firme partidario de la libertad de expresión y de opinión, no hace falta decirlo. Tenemos derecho a expresar nuestras opiniones, por molestas que puedan ser. Sin embargo, ese derecho a expresar lo que pensamos no garantiza ni que todos los pensamientos sean igual de válidos ni, mucho menos, que todos merezcan el mismo respeto.
