Una parte de la infancia perdida

Mi buen amigo Iván Olmedo ha justificado una vez más su existencia. Buscador incansable como es de curiosidades, merchandising perdido y extraños objetos de culto, ha dado con algo que yo debí haber tenido en su momento pero no tuve. Entró, valeroso y osado, riéndosele a la cara al peligro, en un ignoto quiosco de Gijón. En un rincón del lugar, recién remodelado, se apiñaba todo aquello que su anterior propietario no pudo vender con el paso de los años, incluídos esos misteriosos “sobres sorpresas” a quince pesetas que luego solían contener comics más bien cutrillos (si bien la versión de eso mismo en mi infancia me permitió -a veces la buena suerte existe- casi completar mi colección de tebeos de Zagor). Allí se topó con dos ejemplares de la baraja que, en 1979, el bueno de “Heráclito” (nótese el ingeniosísimo juego de palabras, como dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde) Fournier había editado tras el estreno del primer Superman de Christopher Reeve.

Eran tiempos anteriores a la invasión brutal (a veces maravillosa, otras agobiante) de merchandising que hoy vivimos. Como habría dicho Obi-wan Kenobi: “Un merchandising noble para tiempos más civilizados”. En cualquier caso, en aquella época, los objetos que salían al mercado favorecidos por el estreno de alguna película se podían contar con los dedos de una mano. El clásico álbum de cromos (uno de los antepasados más evidentes de las trading cards que ya ni siquiera necesitan un álbum en el que pegarse), tal vez algún tebeo, puede que un muñequito o dos, la banda sonora con mucha suerte… y, por supuesto, las barajas que a veces el señor Fournier editaba.

En aquella época yo era un niño ávido de todo aquello. Tuve el álbum de cromos de La guerra de las Galaxias, por supuesto (y, sí, el de Sandokán también, pero no vamos ahora a hablar de vergüenzas ocultas y vicios inconfesables) y me compré todo lo que pude encontrar sobre mis películas favoritas: me hice con los tebeos, con algunos de los muñecos, con revistas profusamente ilustradas donde se contaban todos los “secretos” del film, con las bandas sonoras en glorioso vinilo (ah, y cuando era un álbum doble, cómo molaba)…pero curiosamente, jamás intenté conseguir las barajas. Sé que las hubo, por supuesto. Las recuerdo. Pero por algún extraño motivo, nunca me dio por hacerme con ellas.

La generosidad de Iván Olmedo me ha permitido subsanar, al menos en parte, ese error. Cuando vio que en el ignoto quiosco había dos ejemplares de la baraja de Superman, ni corto ni perezoso pensó en mí y decidió que el otro mazo de cartas sería para mí. Supongo que con la esperanza, infundada, de que dejase de llamarlo “rata” o de meterme con él. Pobre.

Repasando las cartas, tengo la impresión de que esas cosas se editaban mucho mejor que sus equivalentes actuales. Puede que sea una trampa de la nostalgia, no lo sé. Al fin y al cabo, uno ronda (si es que, según las malas lenguas, no se ha adentrado ya con decisión) esa franja de edad donde todo lo del pasado empieza a parecerle maravilloso y se lanza a despotricar contra esos jóvenes advenedizos que no manifiestan respeto alguno por lo anterior. Espero, eso sí, no decir nunca aquello de “en mi época sí que nos sabíamos divertir”. Entre otras cosas porque, qué demonios, mi época es ésta. Y lo seguirá siendo hasta que me muera o no esté vivo, lo primero que pase.

Pero decía que repasando las cartas, no he podido por menos que fijarme en lo cuidada que es su edición. En el modo impecable en que, leídas en secuencia, resumen la película a través de unas cuantas imágenes muy bien seleccionadas, por no mencionar los textos, entre curiosos e ingenuos, que van dando cuenta de la historia. No me he parado a leer las reglas del juego que viene en la parte posterior de la primera carta: seguramente alguna variación de los muchos juegos de cartas que existían entonces. Porque sí, ha habido juegos de cartas anteriores al Magic, el Falling o el Money for lunch. Más baratos, por cierto y, al igual que ahora, tan divertidos o aburridos como lo fueran los jugadores. Sí, definitivamente empiezo a parecer un viejo cascarrabias, así que mejor voy abreviando antes de empezar a repartir bastonazos mientras me quejo a Odín de la falta de respeto por las canas de las nuevas generaciones.

Pues eso, que gracias a Iván he recuperado un trozo perdido de mi infancia. Nunca se lo agradeceré lo bastante (de hecho, jamás se me ocurriría agradecérselo, no vaya a ser que se lo crea y luego no haya quien le aguante), pero se ha ganado un hueco en mi corazoncito -ese que guardo en un frasco de formol junto al ordenador-, eso sin la menor duda.

Fotografías: © 2006, Rodolfo Martínez.

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