Bailan solas

Escribí este pequeño cuento hace más de diez años. No era más que una viñeta vagamente inspirada en la canción de Sting “They dance alone”. Nunca he intentado publicarlo durante todo este tiempo. Para mí no era otra cosa que un ejercicio de estilo y poco más, sin ninguna otra pretensión. Sin embargo, mientras rebuscaba por mi disco duro (sí, lo confieso, en busca de algo antiguo para actualizar con ello el blog y sentirme menos culpable por tenerlo tan abandonado), lo he encontrado y, repasándolo, he pensado que quizá, pese a todo, aún le pueda interesar a alguien. Helo aquí, pues.

Las mujeres bailan en la plaza. Bailan solas.

Sus manos intentan atrapar el viento. Pero el viento pasa, juega con sus dedos encallecidos y pasa. Y cuando ha pasado ya no queda nada. Sus pies se deslizan en el polvo, trazando en él dibujos caprichosos que apenas duran un latido, un parpadeo. Sus cabezas agachadas, sus espaldas encorvadas, mirando perpetuamente al suelo sobre el que el polvo traza espirales sin sentido.

A lo lejos un hombre las mira. No dice nada, sólo las mira. En sus ojos hay una dureza que nada puede borrar. Su mandíbula se crispa como un resorte agarrotado. Todo en él es frío. Hace tiempo que aprendió que la misericordia es otra forma de crueldad, que más allá del vacío último de la muerte no hay nada, que la paz nunca ha yacido en el vientre de una mujer. Sigue mirándolas, contemplando su baile interminable, monótono. A su lado otros hombres miran y hablan. Pero él calla. No se mueve. Sólo a veces hace un gesto, un mínimo movimiento en dirección a los hombres que lo rodean, y entonces las conversaciones se interrumpen en medio de una palabra, las acciones a mitad de un gesto y todos permanecen congelados para siempre, esperando. Pero luego el hombre regresa a su inmovilidad, de nuevo sus ojos fríos se fijan en el baile de las mujeres en la plaza lejana y las conversaciones vuelven a ser retomadas en la sílaba siguiente, las manos se ajustan los nudos de las corbatas, las sonrisas intentan recuperar algo de su aplomo. El hombre no les presta atención. No son más que molestos accesorios de los que no puede prescindir. No son importantes. Lo importante son sus ojos, el paisaje cíclico que el viento trae a sus ojos, a lo lejos.

Un pie vacila, y el polvo se asienta, pero alguien cercano la empuja, está a punto de perder el equilibrio hasta que con un gesto torpe el pie golpea el suelo, el baile se reanuda y polvo sigue girando. Bailan solas. Siempre bailan solas, rodeadas de hombres que jamás comprenderán. Su baile no es para ellos, ni siquiera es para el hombre de ojos implacables que las contempla desde la distancia. Es para ellas. Bailan para ellas. Siempre bailan para ellas. ¿Acaso podían hacer otra cosa? ¿Acaso su público no han sido siempre ellas mismas? ¿Qué otro les ha prestado atención? Y hoy, cuando a su alrededor se apiñan las multitudes, cuando las observa en silencio incluso el hombre que puede destruirlas con un solo gesto, ya es demasiado tarde para bailar para alguien que no sean ellas mismas. Sus brazos, desmadejados, suben y bajan, trazando ideogramas caprichosos que alguien entre la multitud descifra con un murmullo de asombro. Pero la multitud ignora que los arabescos que sus brazos dibujan en el aire no tienen significado, que su baile no tiene sentido.

El hombre lo sabe. El hombre que se ha aferrado al poder con las delicadas garras de la ambición sabe muy bien que su baile no significa nada, que no hay un mensaje oculto en las espirales de polvo que levantan sus pies, que el contoneo de sus caderas no contiene clave alguna, que sus brazos indecisos no esconden un código enigmático. También sabe que eso no importa, que pese a todo la multitud insistirá en descifrar lo indescifrable, en buscar significado en lo que no lo tiene. Y sabe que si persisten lo suficiente acabarán por encontrarlo.

Mientras tanto, las mujeres siguen bailando solas. Solas como no lo han estado jamás. Solas en medio de la muchedumbre que crece con cada nuevo paso, cada nuevo giro, cada nuevo salto. Están solas en mitad de la marejada humana que las devora con ojos hambrientos, insaciables. Están solas para siempre, condenadas a verter sus lamentos en un baile tan interminable como su dolor, condenadas a girar para siempre en un grito silencioso que nadie entiende, que ni ellas mismas comprenden. Después de mil giros el dolor se ha transformado en un ritual carente de sentido. Sus pies han sangrado demasiado, sus manos han caído laxas a los costados demasiadas veces, sus ojos se han llenado con la sal amarga de las lágrimas en demasiadas ocasiones y el dolor se ha disipado. En realidad sigue ahí, agazapado como un animal oculto, hambriento, que acecha en la oscuridad. Pero ellas ya no lo ven, ellas, absortas en el baile, ya no son capaces de prestar atención a nada más. No hacen caso de los murmullos que se alzan a su alrededor, el tumulto que va creciendo, la marea incontenible que sube hasta desbordarlas, el hombre que las mira a lo lejos, la plaza alrededor de la que tejen su frágil manto de ritmos apagados, el polvo que cuenta sus historias cíclicas con cada nuevo paso, las nubes que giran en el cielo adoptando formas en las que un visionario puede contemplar el destino.

Pero el hombre no puede olvidar a las mujeres. Las conoce bien, mejor de lo que ellas mismas creerían si fueran capaces de prestarle atención. Sabe que su lamento no va dirigido contra nadie, y mucho menos contra él. Es consciente de que su baile no es otra cosa que un grito interminable lanzado al vacío, sin esperanza de respuesta. Pero sabe también que la multitud que se arracima ansiosa a su alrededor ignora todo eso, que creen estar ante un espectáculo representado para su beneficio, que cada gesto de las mujeres es un mensaje, una orden lanzada a sus caras. Por eso el hombre teme a las mujeres que bailan solas en la plaza; porque ellas, sin pretenderlo, sin querer nada más que dar rienda suelta a su dolor, son las únicas que pueden destruirlo, las únicas que pueden convertir una vorágine de individuos indecisos en una masa hambrienta de venganza, sedienta de sangre, de su sangre. No puede permitirlo. Ha mellado demasiadas veces sus garras abriéndose camino hacia el lugar que ahora ocupa, hacia el sillón que mantiene un equilibrio tan delicado como perfecto en la cumbre más alta, ha dedicado demasiado esfuerzo en reconstruir el mundo que le rodea, en convertir el caos sin sentido que encontró al nacer en un orden perfecto, en un engarce delicado que asombraría al mismísimo Dios si pudiera verlo. No permitirá que destruyan el mecanismo preciso y aceitado que es ahora su universo, no consentirá la vuelta del caos. Así que él, posiblemente el hombre que mejor las comprende en el mundo, debe dar la orden para que sean destruidas. Pero duda. Su baile, tan carente de sentido, tan falto de todo mensaje, de toda pretensión es posiblemente lo más hermoso que ha contemplado en su vida. Mucho más bello que la maquinaria que él ha construido, mucho más bello que nada de lo que él pueda hacer jamás. Por eso duda, y durante unos instantes fugaces sus ojos pierden la dureza, el frío, y algo cálido y húmedo asoma en ellos. Pero después de todo es un hombre práctico, y terminará dando la orden, inevitable y necesaria, que acabará para siempre con el baile. Solo que es tan hermoso. Aun lo contemplará unos instantes más.

Y las mujeres bailan en la plaza. Bailan solas.

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