Conocimiento inútil
Lunes, Marzo 27th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: Golpes de efecto, buenos finales
La vida es todo aquello que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Pocas veces he encontrado una frase más cierta que esa. Y lo más gracioso es que saberlo, saber que los planes que hagas al final no sirven de nada porque la vida te va a llevar por lugares inesperados, no sirve de nada.
De nada en absoluto.
Si alguna vez ha habido algún conocimiento inútil, es éste.
Curioso.
Sin ningún género de duda
Domingo, Marzo 26th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: "La princesa prometida" revisitada
Hace unos días, en su blog La fraternidad de Babel, César Mallorquí hacía una interesante reflexión sobre el hecho de que un país que no es capaz de tener buena literatura de género posiblemente no sea capaz de tener buena literatura a secas. No es la primera vez que oigo o leo tal teoría, pero pocas veces la he visto argumentar tan bien como lo ha hecho César, por no mencionar que su repaso a la “literatura culta” actual de nuestro país y su desinterés (o falta de capacidad) por narrar bien las cosas (o tan siquiera por narrar) no debería caer en saco roto.
Como dijo el inmortal Pazos: “Se podría haber dicho más alto, pero no más claro”. Os invito a que paséis por la bitácora de César pinchando el link que hay más arriba y leais la entrada. No tiene desperdicio.
Una parte de la infancia perdida
Sábado, Marzo 25th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Nostalgias, Superman | Sin comentar »- El mismo día, hace un año: El "conceto", señores, el "conceto"
Mi buen amigo Iván Olmedo ha justificado una vez más su existencia. Buscador incansable como es de curiosidades, merchandising perdido y extraños objetos de culto, ha dado con algo que yo debí haber tenido en su momento pero no tuve. Entró, valeroso y osado, riéndosele a la cara al peligro, en un ignoto quiosco de Gijón. En un rincón del lugar, recién remodelado, se apiñaba todo aquello que su anterior propietario no pudo vender con el paso de los años, incluídos esos misteriosos “sobres sorpresas” a quince pesetas que luego solían contener comics más bien cutrillos (si bien la versión de eso mismo en mi infancia me permitió -a veces la buena suerte existe- casi completar mi colección de tebeos de Zagor). Allí se topó con dos ejemplares de la baraja que, en 1979, el bueno de “Heráclito” (nótese el ingeniosísimo juego de palabras, como dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde) Fournier había editado tras el estreno del primer Superman de Christopher Reeve.
Eran tiempos anteriores a la invasión brutal (a veces maravillosa, otras agobiante) de merchandising que hoy vivimos. Como habría dicho Obi-wan Kenobi: “Un merchandising noble para tiempos más civilizados”. En cualquier caso, en aquella época, los objetos que salían al mercado favorecidos por el estreno de alguna película se podían contar con los dedos de una mano. El clásico álbum de cromos (uno de los antepasados más evidentes de las trading cards que ya ni siquiera necesitan un álbum en el que pegarse), tal vez algún tebeo, puede que un muñequito o dos, la banda sonora con mucha suerte… y, por supuesto, las barajas que a veces el señor Fournier editaba.
En aquella época yo era un niño ávido de todo aquello. Tuve el álbum de cromos de La guerra de las Galaxias, por supuesto (y, sí, el de Sandokán también, pero no vamos ahora a hablar de vergüenzas ocultas y vicios inconfesables) y me compré todo lo que pude encontrar sobre mis películas favoritas: me hice con los tebeos, con algunos de los muñecos, con revistas profusamente ilustradas donde se contaban todos los “secretos” del film, con las bandas sonoras en glorioso vinilo (ah, y cuando era un álbum doble, cómo molaba)…pero curiosamente, jamás intenté conseguir las barajas. Sé que las hubo, por supuesto. Las recuerdo. Pero por algún extraño motivo, nunca me dio por hacerme con ellas.
La generosidad de Iván Olmedo me ha permitido subsanar, al menos en parte, ese error. Cuando vio que en el ignoto quiosco había dos ejemplares de la baraja de Superman, ni corto ni perezoso pensó en mí y decidió que el otro mazo de cartas sería para mí. Supongo que con la esperanza, infundada, de que dejase de llamarlo “rata” o de meterme con él. Pobre.
Repasando las cartas, tengo la impresión de que esas cosas se editaban mucho mejor que sus equivalentes actuales. Puede que sea una trampa de la nostalgia, no lo sé. Al fin y al cabo, uno ronda (si es que, según las malas lenguas, no se ha adentrado ya con decisión) esa franja de edad donde todo lo del pasado empieza a parecerle maravilloso y se lanza a despotricar contra esos jóvenes advenedizos que no manifiestan respeto alguno por lo anterior. Espero, eso sí, no decir nunca aquello de “en mi época sí que nos sabíamos divertir”. Entre otras cosas porque, qué demonios, mi época es ésta. Y lo seguirá siendo hasta que me muera o no esté vivo, lo primero que pase.
Pero decía que repasando las cartas, no he podido por menos que fijarme en lo cuidada que es su edición. En el modo impecable en que, leídas en secuencia, resumen la película a través de unas cuantas imágenes muy bien seleccionadas, por no mencionar los textos, entre curiosos e ingenuos, que van dando cuenta de la historia. No me he parado a leer las reglas del juego que viene en la parte posterior de la primera carta: seguramente alguna variación de los muchos juegos de cartas que existían entonces. Porque sí, ha habido juegos de cartas anteriores al Magic, el Falling o el Money for lunch. Más baratos, por cierto y, al igual que ahora, tan divertidos o aburridos como lo fueran los jugadores. Sí, definitivamente empiezo a parecer un viejo cascarrabias, así que mejor voy abreviando antes de empezar a repartir bastonazos mientras me quejo a Odín de la falta de respeto por las canas de las nuevas generaciones.
Pues eso, que gracias a Iván he recuperado un trozo perdido de mi infancia. Nunca se lo agradeceré lo bastante (de hecho, jamás se me ocurriría agradecérselo, no vaya a ser que se lo crea y luego no haya quien le aguante), pero se ha ganado un hueco en mi corazoncito -ese que guardo en un frasco de formol junto al ordenador-, eso sin la menor duda.
Fotografías: © 2006, Rodolfo Martínez.
Bailan solas
Lunes, Marzo 20th, 2006 Pertenece a En carne y hueso, Para leer | Sin comentar »Escribí este pequeño cuento hace más de diez años. No era más que una viñeta vagamente inspirada en la canción de Sting “They dance alone”. Nunca he intentado publicarlo durante todo este tiempo. Para mí no era otra cosa que un ejercicio de estilo y poco más, sin ninguna otra pretensión. Sin embargo, mientras rebuscaba por mi disco duro (sí, lo confieso, en busca de algo antiguo para actualizar con ello el blog y sentirme menos culpable por tenerlo tan abandonado), lo he encontrado y, repasándolo, he pensado que quizá, pese a todo, aún le pueda interesar a alguien. Helo aquí, pues.
Las mujeres bailan en la plaza. Bailan solas.
Sus manos intentan atrapar el viento. Pero el viento pasa, juega con sus dedos encallecidos y pasa. Y cuando ha pasado ya no queda nada. Sus pies se deslizan en el polvo, trazando en él dibujos caprichosos que apenas duran un latido, un parpadeo. Sus cabezas agachadas, sus espaldas encorvadas, mirando perpetuamente al suelo sobre el que el polvo traza espirales sin sentido.
A lo lejos un hombre las mira. No dice nada, sólo las mira. En sus ojos hay una dureza que nada puede borrar. Su mandíbula se crispa como un resorte agarrotado. Todo en él es frío. Hace tiempo que aprendió que la misericordia es otra forma de crueldad, que más allá del vacío último de la muerte no hay nada, que la paz nunca ha yacido en el vientre de una mujer. Sigue mirándolas, contemplando su baile interminable, monótono. A su lado otros hombres miran y hablan. Pero él calla. No se mueve. Sólo a veces hace un gesto, un mínimo movimiento en dirección a los hombres que lo rodean, y entonces las conversaciones se interrumpen en medio de una palabra, las acciones a mitad de un gesto y todos permanecen congelados para siempre, esperando. Pero luego el hombre regresa a su inmovilidad, de nuevo sus ojos fríos se fijan en el baile de las mujeres en la plaza lejana y las conversaciones vuelven a ser retomadas en la sílaba siguiente, las manos se ajustan los nudos de las corbatas, las sonrisas intentan recuperar algo de su aplomo. El hombre no les presta atención. No son más que molestos accesorios de los que no puede prescindir. No son importantes. Lo importante son sus ojos, el paisaje cíclico que el viento trae a sus ojos, a lo lejos.
Un pie vacila, y el polvo se asienta, pero alguien cercano la empuja, está a punto de perder el equilibrio hasta que con un gesto torpe el pie golpea el suelo, el baile se reanuda y polvo sigue girando. Bailan solas. Siempre bailan solas, rodeadas de hombres que jamás comprenderán. Su baile no es para ellos, ni siquiera es para el hombre de ojos implacables que las contempla desde la distancia. Es para ellas. Bailan para ellas. Siempre bailan para ellas. ¿Acaso podían hacer otra cosa? ¿Acaso su público no han sido siempre ellas mismas? ¿Qué otro les ha prestado atención? Y hoy, cuando a su alrededor se apiñan las multitudes, cuando las observa en silencio incluso el hombre que puede destruirlas con un solo gesto, ya es demasiado tarde para bailar para alguien que no sean ellas mismas. Sus brazos, desmadejados, suben y bajan, trazando ideogramas caprichosos que alguien entre la multitud descifra con un murmullo de asombro. Pero la multitud ignora que los arabescos que sus brazos dibujan en el aire no tienen significado, que su baile no tiene sentido.
El hombre lo sabe. El hombre que se ha aferrado al poder con las delicadas garras de la ambición sabe muy bien que su baile no significa nada, que no hay un mensaje oculto en las espirales de polvo que levantan sus pies, que el contoneo de sus caderas no contiene clave alguna, que sus brazos indecisos no esconden un código enigmático. También sabe que eso no importa, que pese a todo la multitud insistirá en descifrar lo indescifrable, en buscar significado en lo que no lo tiene. Y sabe que si persisten lo suficiente acabarán por encontrarlo.
Mientras tanto, las mujeres siguen bailando solas. Solas como no lo han estado jamás. Solas en medio de la muchedumbre que crece con cada nuevo paso, cada nuevo giro, cada nuevo salto. Están solas en mitad de la marejada humana que las devora con ojos hambrientos, insaciables. Están solas para siempre, condenadas a verter sus lamentos en un baile tan interminable como su dolor, condenadas a girar para siempre en un grito silencioso que nadie entiende, que ni ellas mismas comprenden. Después de mil giros el dolor se ha transformado en un ritual carente de sentido. Sus pies han sangrado demasiado, sus manos han caído laxas a los costados demasiadas veces, sus ojos se han llenado con la sal amarga de las lágrimas en demasiadas ocasiones y el dolor se ha disipado. En realidad sigue ahí, agazapado como un animal oculto, hambriento, que acecha en la oscuridad. Pero ellas ya no lo ven, ellas, absortas en el baile, ya no son capaces de prestar atención a nada más. No hacen caso de los murmullos que se alzan a su alrededor, el tumulto que va creciendo, la marea incontenible que sube hasta desbordarlas, el hombre que las mira a lo lejos, la plaza alrededor de la que tejen su frágil manto de ritmos apagados, el polvo que cuenta sus historias cíclicas con cada nuevo paso, las nubes que giran en el cielo adoptando formas en las que un visionario puede contemplar el destino.
Pero el hombre no puede olvidar a las mujeres. Las conoce bien, mejor de lo que ellas mismas creerían si fueran capaces de prestarle atención. Sabe que su lamento no va dirigido contra nadie, y mucho menos contra él. Es consciente de que su baile no es otra cosa que un grito interminable lanzado al vacío, sin esperanza de respuesta. Pero sabe también que la multitud que se arracima ansiosa a su alrededor ignora todo eso, que creen estar ante un espectáculo representado para su beneficio, que cada gesto de las mujeres es un mensaje, una orden lanzada a sus caras. Por eso el hombre teme a las mujeres que bailan solas en la plaza; porque ellas, sin pretenderlo, sin querer nada más que dar rienda suelta a su dolor, son las únicas que pueden destruirlo, las únicas que pueden convertir una vorágine de individuos indecisos en una masa hambrienta de venganza, sedienta de sangre, de su sangre. No puede permitirlo. Ha mellado demasiadas veces sus garras abriéndose camino hacia el lugar que ahora ocupa, hacia el sillón que mantiene un equilibrio tan delicado como perfecto en la cumbre más alta, ha dedicado demasiado esfuerzo en reconstruir el mundo que le rodea, en convertir el caos sin sentido que encontró al nacer en un orden perfecto, en un engarce delicado que asombraría al mismísimo Dios si pudiera verlo. No permitirá que destruyan el mecanismo preciso y aceitado que es ahora su universo, no consentirá la vuelta del caos. Así que él, posiblemente el hombre que mejor las comprende en el mundo, debe dar la orden para que sean destruidas. Pero duda. Su baile, tan carente de sentido, tan falto de todo mensaje, de toda pretensión es posiblemente lo más hermoso que ha contemplado en su vida. Mucho más bello que la maquinaria que él ha construido, mucho más bello que nada de lo que él pueda hacer jamás. Por eso duda, y durante unos instantes fugaces sus ojos pierden la dureza, el frío, y algo cálido y húmedo asoma en ellos. Pero después de todo es un hombre práctico, y terminará dando la orden, inevitable y necesaria, que acabará para siempre con el baile. Solo que es tan hermoso. Aun lo contemplará unos instantes más.
Y las mujeres bailan en la plaza. Bailan solas.
El cuento de hadas definitivo
Miércoles, Marzo 1st, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »
A mediados de los años cincuenta, la literatura fantástica moderna se encontró con su mayor escollo, tropezó con algo que estuvo muy cerca de herirla de muerte: la publicación de la novela de Tolkien El Señor de los Anillos cuyo éxito (impensable tanto para su autor como para sus editores) convirtió a la inmensa mayoría del fantasy anglosajón en imitaciones, homenajes, relecturas y refritos de la Guerra del Anillo. Por supuesto, Tolkien no es responsable de eso: él se limitó a escribir lo mejor que sabía, pero lo cierto es que la influencia de El Señor de los Anillos ha supuesto más un lastre que un acicate para la fantasía moderna.
Ha habido excepciones, por supuesto, pero sorprendentemente no ha sido en la fantasía pura donde ha manifestado su mejor evolución el género, sino en el terror. Los hallazgos interesantes de la fantasía moderna no los encontraremos en las dragonadas sino en la obra de Clive Barker, Neil Gaiman y, ocasionalmente, Stephen King.
Con Pequeño, grande John Crowley demostró que se podía escribir un cuento de hadas contemporáneo, enraizado en la tradición pero ambientado y atado al presente, un cuento de hadas en el sentido más estricto y tradicional del género, sin abandonar ni un solo momento el mundo actual, aunque sea un mundo actual sorprendentemente intemporal, uno de los grandes aciertos de la novela.
Y uno de muchos. Porque estamos ante el que es, sin la menor duda, el cuento de hadas definitivo, la historia que aspira a ser el cuento de cuentos y, para quien esto escribe, lo consigue con creces. Crowley ha sabido conjugar elementos tan dispares como la narración fantástica tradicional británica, el realismo mágico latinoamericano, el ocultismo y la literatura de búsqueda personal y ha construido un aparato desmesurado y enorme, una especie de laberinto circular que se retuerce una y otra vez sobre sí mismo y no parece acabar nunca; y que cuando acaba lo hace de un modo tan fluido, tan inevitable que uno piensa que, desde el principio sabía (aunque no lo supiera) que sólo podía terminar de esa manera.
Pequeño, grande es una historia que está llena a su vez de otras historias, un cuento que cuenta cuentos y reflexiona sobre el arte y el modo de contarlos, una casa de muchas fachadas, de innumerables puertas e incontables escaleras en las que uno puede perderse sin haberse movido jamás del mismo lugar. Posiblemente el mayor acierto de la novela, el pegamento que consigue que todo permanezca unido mientras la historia va serpenteando sin que sepamos muy bien hacia dónde, es su ritmo: siempre tranquilo, sin prisas pero nunca moroso. Pocas veces he visto a un libro respirar de un modo tan regular y adecuado, llevarnos de la mano con tanta suavidad hasta parajes tan extraños e imposibles que sólo pueden estar a la vuelta de la esquina.
Es una pena que no haya más libros como este. Pero, claro, las obras maestras lo son entre otras cosas por su escasez.
