Centenario

Hace unos doce o trece años, estaba yo curioseando sin mucho interés en una librería de ocasión cuando mis ojos se posaron sobre un libro bastante voluminoso titulado Centenario y que, por la ilustración de la portada, parecía un western. Ojeándolo, recordé, vagamente una serie de televisión que había visto hacía tiempo, titulada Centennial y de la que guardaba un recuerdo difuso pero grato.

Me compré el libro, por supuesto, y me encontré ante una novela-río en la que el autor había intentado resumir, en cierto modo, la historia de su país. Los dos primeros capítulos estuvieron a punto de hacerme abandonar la lectura: aquello parecía un texto de divulgación sobre los orígenes de la Tierra, la tectónica de placas y la llegada de las glaciaciones. Seguí adelante, sin embargo, impulsado por la curiosidad y por aquellos vagos recuerdos de la serie de televisión.

Cuando me di cuenta había terminado la lectura y las casi mil páginas del libro me habían sabido a poco. Acababa de regresar de un viaje fascinante que comenzaba con la llegada de los indios a lo que luego sería conocido como Colorado y terminaba en la segunda mitad del siglo veinte, en medio de esperanza e incertidumbre.

Indios, tramperos franceses, colonos alemanes, militares fanáticos, vaqueros lacónicos, granjeros arruinados, cazadores de bisontes, asesinos a sueldo, prostitutas, jugadores, especuladores, buscadores de oro, comerciantes, representantes de la ley, emigrantes mexicanos, todo junto en una sola novela que tenía mucho de western (género por el que reconozco mi debilidad, sobre todo en su vertiente cinematográfica, pero también en la literaria), de novela histórica, de narración de aventuras e incluso de reflexión moral.

Michener usaba como excusa argumental la investigación de un académico para una prestigiosa revista histórica, una excusa que en seguida es desbordada por los acontecimientos y que desemboca en una novela enorme, mayor que la vida misma, llena humor, tragedia, momentos épicos, comportamientos vergonzosos, amores y desamores. Si hay que describir la novela con una sola palabra, esta sería sin duda la de “epopeya”.

Centenario se ha convertido en otro de esos libros que me acompañan a lo largo de los años y me obligan a releerlos con cierta frecuencia. Escrita con un estilo alejado de florituras pero convenientemente fluido, el autor logra caracterizaciones precisas de sus personajes, y hace que los acontecimientos históricos se integren en la vida de estos con tanta naturalidad que, acabado el libro, resulta difícil creer que todas esas personas cuya vida hemos seguido no han existido jamás. Escribir una novela histórica es difícil, no tanto por el esfuerzo de documentación que exige como por la tarea ardua de saber integrar toda esa documentación en la historia que has decidido narrar y la decisión, más dura todavía, de qué parte de lo que has investigado quedará reflejado en el texto final.

Así, nos encontramos con libros como Ben-Hur donde su autor no ha sabido renunciar a contarnos todo lo que sabe y la historia es ahogada por un exceso de “salgarismo” (ya saben, los personajes camina por la selva, tropiezan con una raíz de baobab y durante tres páginas tenemos una pormenorizada descripción del ciclo vital de la planta) que manda a hacer gargaras el ritmo narrativo y provoca los bostezos en el lector más avezado.

En Centenario, el autor se encuentra en la misma tesitura, agravada por el hecho de que no se circunscribe a una única época histórica, sino que la acción se desarrolla a lo largo de doscientos años. Michener resuelve la papeleta con bastante habilidad y fortuna, además, de usar con acierto su premisa argumental (la del investigador que hace un trabajo para una revista) para poder introducir en el texto aquellas partes de su investigación documental que no ha podido incorporar a la historia. Así, cada capítulo termina con una especie de apéndice en el que el investigador ofrece referencias a la revista de lo que ha narrado unas pocas páginas atrás y que aprovecha para aclarar puntos oscuros que, en su momento, no pudo clarificar para no interrumpir el fluir narrativo.

Para los que, como yo, sentimos fascinación al mismo tiempo por la novela histórica y el mejor western, Centenario tiene por fuerza que convertirse en un libro imprescindible, un viaje por las grandes praderas del oeste en compañía de los hombres y mujeres que vivieron, amaron, mataron y murieron en ellas a lo largo de los últimos doscientos años.

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