Otras casas por las que voy de visita

¿Le interesa a alguien lo que a mí me interesa? A juzgar por el número de personas que entran en mi página y la cantidad abrumadora de comentarios que dejan, uno diría que no a demasiada gente.

Lo cual, por otro lado, no me quita el sueño. Al fin y al cabo, no aspiro a ser un líder de opinión, un creador de corrientes de pensamiento ni un pope de esto o de aquello. Quiero que me lean, claro, y cuanto más mejor. Pero en realidad, para eso están mis cuentos y mis novelas. Y este espacio no deja de ser (como la mayoría de los blogs, supongo) un capricho personal; un lugar en el que hablar de esto, lo otro y lo de más allá; un sitio para pensar en voz alta, en realidad. Y poco más.

Esto viene a que mi idea era abrir un post hablando de los lugares que me interesan, los espacios personales que visito con cierta frecuencia, los blogs a los que me gusta asomar porque considero interesantes las opiniones que allí se vierten. Cuando estaba a punto de empezar me dije de pronto a mí mismo “¿y a quién coño le va a interesar eso aparte de ti?”. Pues, sí, vale, a poca gente. Pero, si vamos a eso, también le interesa a poca gente la mayoría de lo que digo normalmente en esta página, así que tampoco vamos a dejar que eso nos detenga ni, mucho menos, nos estropee el día.

Hay dos blogs que visito prácticamente todos los días. El Crisei de Rafael Marín y el Blogdemlo de Iván Olmedo. El motivo más inmediato es que ambos son amiguetes, claro (lo cual nos llevaría a una interesante reflexión sobre la endogamia galopante de algunos blogs; de ese círculo de coleguillas que se leen unos a otros y continuamente se dan jabon los otros a los unos, y seguramente sería una reflexión que algún día convendría hacer… aunque supongo que ya se habrá hecho, y en más de un sitio). Pero el motivo por el que sigo acudiendo es porque me parece que ambos, en sus estilos completamente diversos, tienen cosas interesantes que decir. Rafa es un comunicador nato, un auténtico encantador de serpientes que, no importa lo que cuente, consigue volverlo apasionante. Iván mezcla una socarronería muy asturiana con un estilo muy personal e intransferible que convierte su espacio en algo difícilmente clasificable y casi siempre digno de visitar.

Hay otros a los que me asomo con menos frecuencia, pero que también considero de visita obligada. El Soria de las palabras de Julián Díez, por ejemplo (como lleva muchos años pasándome con Julián, acostumbro a estar de acuerdo con el fondo de lo que dice, pero pocas veces con los detalles), o La fraternidad de Babel de César Mallorquí (César no sólo es un excelente escritor, sino que siempre me ha parecido que tiene la cabeza excelentemente bien amueblada; y la distancia apenas irónica con la que contempla muchas veces el mundo me resulta enormemente refrescante); y por supuesto, el indispensable Reflexiones de un aburreovejas de Ignacio Illarregui (Nacho es de esas personas cuyas reflexiones, incluso cuando no estás de acuerdo con lo que dice, siempre te aportan algo). Para mi sorpresa, acudo de vez en cuando a visitar Las crónicas del tecnomante de Francisco Ontanaya (sí, ya saben, ese muchacho que insiste en que sus cuentos merecerían un Hugo y al que, en el reparto de dones, la perspectiva acerca de sí mismo debió pasarle de largo) en lo que a mí mismo me parece un extraño ejercicio de masoquismo que no termino de comprender muy bien y que algún día debería hacerme mirar.

No es necesario que diga que acudo a La alucinación de Gylfi de Javier Cuevas en cuanto me entero de que ha sido actualizado. No siempre coincido con las opiniones de Javier (qué demonios, llevo treinta años disintiendo de ellas, para qué nos vamos a engañar), pero el muy cabrón sabe cómo hacer interesante a los demás esa excéntrica y contradictoria visión del mundo y de sí mismo que lleva arrastrando desde su nacimiento y de la que, a menudo, ni siquiera es consciente.

Y luego están los blogs que visito por motivos… iba a decir “sentimentales” pero que, parafraseando un chiste que Iván Olmedo me hizo este mismo viernes, podríamos afirmar que es por motivos “familiares”. Me refiero a los espacios personales de Blanca Martínez (El cuarto oscuro de la fuerza, del que no doy la dirección porque así lo prefiere su propietaria) y de Felicidad Martínez (Arrópame en tu oscuridad). Mis “primas” recién encontradas el año pasado como si dijéramos (no es del todo exacto, pero al mismo tiempo sí que lo es, aunque no termina de serlo del todo… en fin, es una larga historia que, la verdad, no tengo la menor intención de contar) y las dos, como es característico en la familia Martínez, con un lado friki bien desarrollado (sí, bueno, alguna dirá que sólo es simpatizante, del mismo modo que, seguramente, Cervantes habría afirmado que su interés por la novela de caballerías no pasaba de moderado y distante) y con pretensiones literarias que, si todo va bien, deberían llegar a buen puerto: entusiasmo, ganas y capacidad no les faltan a ninguna de las dos. Ambos espacios personales son, eso, muy personales, muy alejados del estilo de otros blogs que suelo visitar. Pero, al fin y al cabo, entrar en ellos con cierta frecuencia para ver si han dejado algo nuevo allí no es muy distinto, al menos para mí, de llamarlas por teléfono o arrancar el messenger para ver qué me tienen qué decir, qué les ha pasado o cómo les va.

Y eso es todo, más o menos. No es el todo cierto, pues hay otros lugares en los que entro de vez en cuando. Pero sin duda estos que he comentado son aquellos a los que me asomo con más frecuencia. Supongo que eso dirá algo de mí y de mi idiosincrasia, no lo dudo. El qué, ya es otra cuestión.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.