Centenario
Viernes, Febrero 24th, 2006 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »Hace unos doce o trece años, estaba yo curioseando sin mucho interés en una librería de ocasión cuando mis ojos se posaron sobre un libro bastante voluminoso titulado Centenario y que, por la ilustración de la portada, parecía un western. Ojeándolo, recordé, vagamente una serie de televisión que había visto hacía tiempo, titulada Centennial y de la que guardaba un recuerdo difuso pero grato.
Me compré el libro, por supuesto, y me encontré ante una novela-río en la que el autor había intentado resumir, en cierto modo, la historia de su país. Los dos primeros capítulos estuvieron a punto de hacerme abandonar la lectura: aquello parecía un texto de divulgación sobre los orígenes de la Tierra, la tectónica de placas y la llegada de las glaciaciones. Seguí adelante, sin embargo, impulsado por la curiosidad y por aquellos vagos recuerdos de la serie de televisión.
Cuando me di cuenta había terminado la lectura y las casi mil páginas del libro me habían sabido a poco. Acababa de regresar de un viaje fascinante que comenzaba con la llegada de los indios a lo que luego sería conocido como Colorado y terminaba en la segunda mitad del siglo veinte, en medio de esperanza e incertidumbre.
Indios, tramperos franceses, colonos alemanes, militares fanáticos, vaqueros lacónicos, granjeros arruinados, cazadores de bisontes, asesinos a sueldo, prostitutas, jugadores, especuladores, buscadores de oro, comerciantes, representantes de la ley, emigrantes mexicanos, todo junto en una sola novela que tenía mucho de western (género por el que reconozco mi debilidad, sobre todo en su vertiente cinematográfica, pero también en la literaria), de novela histórica, de narración de aventuras e incluso de reflexión moral.
Michener usaba como excusa argumental la investigación de un académico para una prestigiosa revista histórica, una excusa que en seguida es desbordada por los acontecimientos y que desemboca en una novela enorme, mayor que la vida misma, llena humor, tragedia, momentos épicos, comportamientos vergonzosos, amores y desamores. Si hay que describir la novela con una sola palabra, esta sería sin duda la de “epopeya”.
Centenario se ha convertido en otro de esos libros que me acompañan a lo largo de los años y me obligan a releerlos con cierta frecuencia. Escrita con un estilo alejado de florituras pero convenientemente fluido, el autor logra caracterizaciones precisas de sus personajes, y hace que los acontecimientos históricos se integren en la vida de estos con tanta naturalidad que, acabado el libro, resulta difícil creer que todas esas personas cuya vida hemos seguido no han existido jamás. Escribir una novela histórica es difícil, no tanto por el esfuerzo de documentación que exige como por la tarea ardua de saber integrar toda esa documentación en la historia que has decidido narrar y la decisión, más dura todavía, de qué parte de lo que has investigado quedará reflejado en el texto final.
Así, nos encontramos con libros como Ben-Hur donde su autor no ha sabido renunciar a contarnos todo lo que sabe y la historia es ahogada por un exceso de “salgarismo” (ya saben, los personajes camina por la selva, tropiezan con una raíz de baobab y durante tres páginas tenemos una pormenorizada descripción del ciclo vital de la planta) que manda a hacer gargaras el ritmo narrativo y provoca los bostezos en el lector más avezado.
En Centenario, el autor se encuentra en la misma tesitura, agravada por el hecho de que no se circunscribe a una única época histórica, sino que la acción se desarrolla a lo largo de doscientos años. Michener resuelve la papeleta con bastante habilidad y fortuna, además, de usar con acierto su premisa argumental (la del investigador que hace un trabajo para una revista) para poder introducir en el texto aquellas partes de su investigación documental que no ha podido incorporar a la historia. Así, cada capítulo termina con una especie de apéndice en el que el investigador ofrece referencias a la revista de lo que ha narrado unas pocas páginas atrás y que aprovecha para aclarar puntos oscuros que, en su momento, no pudo clarificar para no interrumpir el fluir narrativo.
Para los que, como yo, sentimos fascinación al mismo tiempo por la novela histórica y el mejor western, Centenario tiene por fuerza que convertirse en un libro imprescindible, un viaje por las grandes praderas del oeste en compañía de los hombres y mujeres que vivieron, amaron, mataron y murieron en ellas a lo largo de los últimos doscientos años.
Algunas curiosidades
Jueves, Febrero 23rd, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »Desde que tengo un móvil con cámara de fotos, de vez en cuando me da por fotografiar cosas que encuentro más o menos “curiosas”. Nunca he sabido muy bien qué hacer con ellas, pero supongo que este es un sitio tan bueno como cualquier otro para mostrarlas.

La primera es un graffitti (o como coño se escriba, que nunca he sabido cuantas efes y cuantas tes lleva la maldita palabreja) que alguien dejó cerca del Trisquel, el bar donde nos reunimos, ahora que han cerrado el Avalón. Uno cree que es friki hasta que ve que hay gente que se dedica a perder su tiempo haciendo pintadas como esa.

La segunda ya la he mostrado en otra entrada de este Escrito en el agua. Se trata, para mí, de una foto que refleja a la perfección las paradojas de la vida moderna: una máquina de tabaco de la que cuelga un cartel de “Prohibido fumar”. Surrealista, si no fuera real, ciertamente.

Estuve persiguiendo este coche varios días. Bueno, no exageraré. Me limitaré a decir que, desde que lo vi por primera vez aparcado cerca de mi casa, me mantuve ojo avizor por si lo volvía a ver para inmortalizarlo. Los que conozcan Barcelona verán que es nada más y nada menos que la versión en Smart (o, como decimos por aquí, en “mierdacoche”) de un típico taxi barcelonés. Sólo que no fue tomada en Barcelona ni es un taxi.

Y termino con un curioso anuncio que había cerca de mi hotel en Madrid, estos días pasados. Aparentemente algo tan prosaico como el alquiler de un local o un piso. Hasta que uno se fija en las tres primeras cifras del número de teléfono. Una pena no haber visto esto en la época en que escribía mi relato “Marcado tres veces”, porque me habría venido de perlas.El mundo está lleno de cosas raras, curiosas, sorprendentes. No es que estas lo sean especialmente (estoy seguro de que si uno se pone a escarbar encuentra cosas mucho más estrafalarias). Pero en su momento me llamaron la atención. Y aquí están.
Otras casas por las que voy de visita
Domingo, Febrero 12th, 2006 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »¿Le interesa a alguien lo que a mí me interesa? A juzgar por el número de personas que entran en mi página y la cantidad abrumadora de comentarios que dejan, uno diría que no a demasiada gente.
Lo cual, por otro lado, no me quita el sueño. Al fin y al cabo, no aspiro a ser un líder de opinión, un creador de corrientes de pensamiento ni un pope de esto o de aquello. Quiero que me lean, claro, y cuanto más mejor. Pero en realidad, para eso están mis cuentos y mis novelas. Y este espacio no deja de ser (como la mayoría de los blogs, supongo) un capricho personal; un lugar en el que hablar de esto, lo otro y lo de más allá; un sitio para pensar en voz alta, en realidad. Y poco más.
Esto viene a que mi idea era abrir un post hablando de los lugares que me interesan, los espacios personales que visito con cierta frecuencia, los blogs a los que me gusta asomar porque considero interesantes las opiniones que allí se vierten. Cuando estaba a punto de empezar me dije de pronto a mí mismo “¿y a quién coño le va a interesar eso aparte de ti?”. Pues, sí, vale, a poca gente. Pero, si vamos a eso, también le interesa a poca gente la mayoría de lo que digo normalmente en esta página, así que tampoco vamos a dejar que eso nos detenga ni, mucho menos, nos estropee el día.
Hay dos blogs que visito prácticamente todos los días. El Crisei de Rafael Marín y el Blogdemlo de Iván Olmedo. El motivo más inmediato es que ambos son amiguetes, claro (lo cual nos llevaría a una interesante reflexión sobre la endogamia galopante de algunos blogs; de ese círculo de coleguillas que se leen unos a otros y continuamente se dan jabon los otros a los unos, y seguramente sería una reflexión que algún día convendría hacer… aunque supongo que ya se habrá hecho, y en más de un sitio). Pero el motivo por el que sigo acudiendo es porque me parece que ambos, en sus estilos completamente diversos, tienen cosas interesantes que decir. Rafa es un comunicador nato, un auténtico encantador de serpientes que, no importa lo que cuente, consigue volverlo apasionante. Iván mezcla una socarronería muy asturiana con un estilo muy personal e intransferible que convierte su espacio en algo difícilmente clasificable y casi siempre digno de visitar.
Hay otros a los que me asomo con menos frecuencia, pero que también considero de visita obligada. El Soria de las palabras de Julián Díez, por ejemplo (como lleva muchos años pasándome con Julián, acostumbro a estar de acuerdo con el fondo de lo que dice, pero pocas veces con los detalles), o La fraternidad de Babel de César Mallorquí (César no sólo es un excelente escritor, sino que siempre me ha parecido que tiene la cabeza excelentemente bien amueblada; y la distancia apenas irónica con la que contempla muchas veces el mundo me resulta enormemente refrescante); y por supuesto, el indispensable Reflexiones de un aburreovejas de Ignacio Illarregui (Nacho es de esas personas cuyas reflexiones, incluso cuando no estás de acuerdo con lo que dice, siempre te aportan algo). Para mi sorpresa, acudo de vez en cuando a visitar Las crónicas del tecnomante de Francisco Ontanaya (sí, ya saben, ese muchacho que insiste en que sus cuentos merecerían un Hugo y al que, en el reparto de dones, la perspectiva acerca de sí mismo debió pasarle de largo) en lo que a mí mismo me parece un extraño ejercicio de masoquismo que no termino de comprender muy bien y que algún día debería hacerme mirar.
No es necesario que diga que acudo a La alucinación de Gylfi de Javier Cuevas en cuanto me entero de que ha sido actualizado. No siempre coincido con las opiniones de Javier (qué demonios, llevo treinta años disintiendo de ellas, para qué nos vamos a engañar), pero el muy cabrón sabe cómo hacer interesante a los demás esa excéntrica y contradictoria visión del mundo y de sí mismo que lleva arrastrando desde su nacimiento y de la que, a menudo, ni siquiera es consciente.
Y luego están los blogs que visito por motivos… iba a decir “sentimentales” pero que, parafraseando un chiste que Iván Olmedo me hizo este mismo viernes, podríamos afirmar que es por motivos “familiares”. Me refiero a los espacios personales de Blanca Martínez (El cuarto oscuro de la fuerza, del que no doy la dirección porque así lo prefiere su propietaria) y de Felicidad Martínez (Arrópame en tu oscuridad). Mis “primas” recién encontradas el año pasado como si dijéramos (no es del todo exacto, pero al mismo tiempo sí que lo es, aunque no termina de serlo del todo… en fin, es una larga historia que, la verdad, no tengo la menor intención de contar) y las dos, como es característico en la familia Martínez, con un lado friki bien desarrollado (sí, bueno, alguna dirá que sólo es simpatizante, del mismo modo que, seguramente, Cervantes habría afirmado que su interés por la novela de caballerías no pasaba de moderado y distante) y con pretensiones literarias que, si todo va bien, deberían llegar a buen puerto: entusiasmo, ganas y capacidad no les faltan a ninguna de las dos. Ambos espacios personales son, eso, muy personales, muy alejados del estilo de otros blogs que suelo visitar. Pero, al fin y al cabo, entrar en ellos con cierta frecuencia para ver si han dejado algo nuevo allí no es muy distinto, al menos para mí, de llamarlas por teléfono o arrancar el messenger para ver qué me tienen qué decir, qué les ha pasado o cómo les va.
Y eso es todo, más o menos. No es el todo cierto, pues hay otros lugares en los que entro de vez en cuando. Pero sin duda estos que he comentado son aquellos a los que me asomo con más frecuencia. Supongo que eso dirá algo de mí y de mi idiosincrasia, no lo dudo. El qué, ya es otra cuestión.
Viento del este, viento del oeste (2)
Jueves, Febrero 9th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »Más sobre las famosas tiras de prensa o viñetas alrededor de Mahoma. En el blog de Julián Díez, Soria de las palabras, hay un interesante post sobre el tema. Interesante, no por la opinión de Julián, que me temo que no puedo compartir (esa tendencia a hablar en absolutos me resulta, no sólo molesta, sino preocupante en alguien inteligente como Julián), sino por los comentarios que ha suscitado, especialmente los de César Mallorquí, del que me apresuro también a recomendar su blog, La fraternidad de Babel.
Si es que no se puede ser de pueblo, claro
Martes, Febrero 7th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »Pues sí, es culpa mía. El gobierno lo ha dicho bien claro. Y si ellos lo dicen, es porque lo saben.
Es culpa mía. Yo y otros como yo provocamos el caos de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.
¿Y todo por qué? Por ignorancia. Por desconocimiento. Porque no teníamos ni puñetera idea del funcionamiento del aeropuerto.
Sí, señor. Es culpa mía que mi vuelo no apareciera en el monitor de la puerta de embarque hasta cinco minutos después de la hora en la que deberíamos haber empezado a embarcar.
Es culpa mía que nos cambiaran dos veces de puerta.
Es culpa mía, por supuesto, que tuvieran que procesar nuestras tarjetas de embarque manualmente. Sin duda fue mi personalidad magnética la que estropeó los ordenadores y causó que los empleados del aeropuerto tuviesen que ir dándonos paso a mano, mirando nuestros billetes y tachándonos de una lista.
También es culpa mía (de nuevo mi personalidad magnética, seguro) que la puerta no se abriera y tuviéramos que esperar a que alguien apareciera con una llave maestra o sabe Dios qué para abrirla.
Y, sin la menor duda, es culpa mía que tuviera que estar veinte minutos a la intemperie, helándome las pelotas en la fría mañana madrileña, esperando a que nos recogieran para llevarnos al avión. Sin duda no supe hacerles ver a la media docena de autobuses («jardineras», creo que los llaman) que pasaron frente a nosotros que estábamos hasta los cojones de esperar y que hicieran el favor de parar y recogernos.
Claro, es lo que pasa cuando no te lees el manual de instrucciones. Cuando la ignorancia, con su atrevimiento habitual, se impone y toma las riendas. Si es que, a quién se le ocurre: ir a un aeropuerto sin conocer su funcionamento, habrase visto qué osadía.
Soy un ignorante y no estoy preparado para salir de casa; un palurdo provinciano que no sabe cómo funcionan las cosas en la gran ciudad. Es lo que pasa. Es así. Qué le vamos a hacer. Uno es de pueblo y se ponga como se ponga, no está preparado para la vida moderna.
A partir de ahora, cuando quiera viajar, mejor me limito al patinete, cuyo funcionamiento parece fácil de aprender, y me dejo de cosas tan complicadas como un aeropuerto. Será lo mejor.
PD: He intentado darle un giro jocoso a algo que, en realidad, merecería que el responsable de esas declaraciones fuera colgado por los adminículos reproductores. Al fin y al cabo, mi vuelo sólo tuvo un retraso de veinte minutos y, gracias a la eficacia de la capitana, llegamos a Asturias tan sólo cinco después de la hora programada. Lo mío fue una menudencia comparado con los problemas, realmente graves, que tuvieron muchos pasajeros. Que ahora venga el gobierno a decirnos que es culpa nuestra, de los pasajeros, por desconocer el funcionamiento de la terminal, parecería un mal chiste si no fuera una tomadura de pelo.
PPD: Puede que sea cierto que la mayoría de los gobiernos consideran tontos a sus ciudadanos. Pero éste parece empeñado en batir algún record en ese sentido Y, francamente, empiezo a estar hasta las pelotas de cosas como ésta. Sí, esas que se me helaron esperando. Por si a alguien le interesa, ya están mucho mejor, gracias.
Viento del este, viento del oeste
Lunes, Febrero 6th, 2006 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »Sí, ya sabéis, las tiras de prensa alrededor de Mahoma y toda la que se ha armado (y se sigue armando) desde entonces.
Podría decir muchas cosas. Pero todas ellas (y muchas más) las ha dicho Javier Cuevas en su blog mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo. Así que me limito a recomendaros que paséis por ahí.
Así que daos una vuelta por La alucinación de Gylfi y leedlo. Creo que será lo mejor.
Nicotina y neuronas
Viernes, Febrero 3rd, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »Acabo de leer una noticia que, francamente, me ha dejado perplejo. La ministra de sanidad ha afirmado que, tras un mes de aplicación de la ley contra el tabaco, ha visto que la cosa no funcionaba como ellos esperaban. Que una gran mayoría de los establecimientos públicos que tenían la opción de elegir entre permitir fumar o prohibirlo, han elegido lo primero; y no, como ellos habían previsto, lo segundo. Por tanto, si la tendencia se mantiene, en el plazo de un año, la ley se hará más estricta.
Se me cayó la mandíbula al suelo al enterarme de eso. Literalmente.
Pero vamos a ver, ¿en qué cabeza cabe que, si eres un hostelero y te dan dos opciones, elijas la que te va a hacer perder más clientes? ¿Es que el gobierno no había anticipado que, ante la disyuntiva, buena parte de los establecimientos iban a optar por permitir fumar? Joder, sumar dos y dos es más complicado que llegar a la conclusión de que si aceptas que se fume vas a perder muy pocos clientes (ningún fumador y, como mucho, algún no fumador) mientras que si lo prohibes vas a perder a todos los fumadores y, quizá, a muchos amigos de ellos.
Así que, ¿qué pasa? ¿Este gobierno vive en el país de Nuncajamás, o es que nos está tomando por tontos?
O sea, si realmente no son capaces de anticipar una reacción que hasta un niño de tres años vería venir, por Dios, apaga y vámonos: cierra el chiringuito y convoca elecciones. Porque, campeones, no estáis preparados para gobernar. No tenéis ni idea de cómo reaccionan las personas ante las cosas, así que mejor lo dejáis, abandonáis la política y os dedicáis a cualquier otra cosa para la que estéis capacitados. Porque para ésta, francamente, no.
Como no puedo creerme que nadie sea tan tonto, tan iluso o tan ingenuo, la única explicación lógica es que nos la están metiendo doblada, que desde el principio se ha planteado este recrudecimiento de la ley a un año vista y que la reacción de los establecimientos de hostelería no es más que una excusa. En pocas palabras: que se nos está tomando por tontos. Que el gobierno piensa que nos vamos a tragar cualquier patraña, por burda que sea.
La verdad, no sé cuál de las dos cosas me asusta más. Estar gobernado por una pandilla de incapaces es malo. Estar gobernado por un grupo de impresentables que piensan que los ciudadanos son tontos de baba, no es mejor.
En fin. Lo peor, ¿saben?, es que creo que es una combinación de ambas cosas. Que este gobierno vive en otro mundo (pero sin duda no en el que le ha tocado gobernar) y al mismo tiempo se cree que si mientes con el “talante” suficiente y el “buen rollo” adecuado, todo va a ir bien.
El tema no da para mucho más, en realidad. Bueno, a lo mejor, sí. Pero no es el momento, ni, seguramente, sea el lugar.
El mito de la caverna
Miércoles, Febrero 1st, 2006 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »¿Para qué están los amigos? Hay noches que no duermo pensando en ello. Bromas aparte, por egocéntrico que uno sea (y dicen que yo lo soy bastante) no puede evitar alegrarse cuando uno de sus amigos tiene éxito en alguna de las cosas que emprende.
Felicidad Martínez acaba de publicar su primer cuento en la revista electrónica Axxon. Se títula El mito de la caverna y podéis leerlo con sólo pinchar en el link del título.
Es un cuento primerizo, ciertamente; y aquí ya veo a la gente más cercana a Felicidad echándose las manos a la cabeza y diciendo que cómo me atrevo a decir eso, que ella lleva muchos años escribiendo para que ahora la acusen de ser primeriza. Bien, eso es cierto. También lo es que llevaba demasiado tiempo escribiendo a solas, sin la criba necesaria de la publicación y las críticas, algo imprescindible para que cualquier escritor mejore y abandone los vicíos y tics del amateurismo. Quizá no la conozca desde hace tanto tiempo como otras personas, pero sigo pensando que Fel necesitaba publicar, y cuanto antes mejor para que todo el potencial que lleva dentro (y es mucho, eso lo sé) se desarrolle de una vez.
Un primer paso, pues. Primerizo, como he dicho, no excento de defectos y sin duda mejorable. Pero un primer paso interesante y que, además, estoy seguro de que no va a ser el último.
Enhorabuena, Fel. Y, ante todo: Jehová. Siempre.
