El hombre tranquilo

Seguramente hay teclados más autorizados que el mío para hablar de él, personas que lo conocieron mejor que yo y que sin duda pueden glosar su persona como se merecía. Reconozco, por otra parte, que no soy muy dado a los panegíricos, ni mucho menos a los elogios fúnebres, y más si éstos son públicos. Una cierta veta de victorianismo en mi carácter me hace considerar ciertas manifestaciones públicas de emoción como impúdicas.

Pese a eso, y pese a que en realidad sólo lo conocí en los últimos años de su vida y nuestra relación, aunque cordial (incluso me atrevería a calificarla como cómplice en algunas ocasiones) no fue mucho más allá de la superficie, no puedo por menos que hablar un poco de Justo E. Vasco. No porque me sienta obligado a ello, o porque sea de recibo o porque es lo adecuado, lo que uno debe hacer y lo que la sociedad biempensante espera de ti. Simplemente porque… bueno, sí, porque me lo pide el cuerpo, qué demonios.

Hay personas a las que puedes conocer toda tu vida, tener con ellas una relación constante y continua y, sin embargo, no dejan apenas huella en ti. Otras, sin embargo, pasan a tu lado durante poco tiempo, y en ese tiempo apenas os veis aquí y allá, de vez en cuando, en este acontecimiento social o en aquella reunión; y pese a todo, de algún modo, se convierten en parte de tu entorno y, cuando se van, notas su ausencia de un modo extraño. Justo era una de esas personas.

Otros hablarán seguramente de su literatura, de su labor como traductor, de sus muchos años de trabajo en la Semana Negra de Gijón, de su colaboración con las bibliotecas y los centros culturales de la ciudad… de miles de cosas; de todos esos detalles, no siempre coherentes, quizá contradictorios, que terminan componiendo ese retrato continuamente cambiante que llamamos “persona”.

Yo podría comentar algunas otras cosas, por supuesto. Hablar quizá de la ocasión en que formé parte del jurado del Premio Hammett de Novela Policiaca y tuve el placer de contribuir a que fuera Justo el galardonado. O de la vez en que colaboró con la AsturCon e impartió una conferencia (aunque él prefirió calificarla de “charla” y quién soy yo para llevarle la contraria) brillante, amena, entretenida, divertida sobre la obra de los hermanos Strugatsky. O, por qué no, de la presentación igualmente brillante, incisiva y tremendamente aguda que hizo de mi novela Los sicarios del cielo. Incluso de alguna tarde en su casa, compartiendo los experimentos gastronómicos (siempre interesantes, a menudo sabrosos, nunca aburridos) de Cristina Macía, su mujer. De unas cuantas cosas, en realidad.

Pero en estos momentos sólo me apetece hablar de una cosa. De algo que me llamó la atención, seguramente, desde la primera vez que hablamos y que, con el paso del tiempo, fue convirtiéndose en mi mente en la característica que mejor lo definía. Cuando pensaba en Justo, lo hacía siempre con esa palabra en la cabeza: “serenidad”.

No esa serenidad del hombre que siente por encima de las cosas, esa que en realidad no es otra que arrogancia. Ni tampoco la serenidad del tipo que, harto de que la vida le de palos, prefiere dejar que ésta pase a través suyo y no le toque tan siquiera; o sea, indiferencia. Sino la serenidad de alguien que ha vivido mucho, bueno y malo, y se siente a gusto consigo mismo y con la vida que ha creado a su alrededor. La de alguien que lamenta, pero no se arrepiente, de lo malo; que atesora y valora lo bueno. La de un hombre que ha sabido construirse una vida en la que encaja y ha encontrado un lugar al que pertenece y que le pertenece.

Es posible que siempre le haya envidiado un poco por ello. No lo sé. Pero sí, es muy posible.

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