Pero haberlo, haylo

Hace unos años, en la HispaCon de Zaragoza de 2001 me propusieron, como uno de los invitados de honor, que impartiera una conferencia sobre el tema que me apeteciese. Durante un tiempo me estuve estrujando las neuronas (sí, ambas dos) en busca de un tema, sin encontrar ninguno que me interesara lo suficiente, por un lado, y sobre el que supiera lo bastante, por el otro. Al final, algo acabó surgiendo. Preguntándome acerca de mí mismo (uno de mis pasatiempos favoritos, y de los más entretenidos) empecé a darle vueltas a la idea de por qué, siendo ateo como soy, la religión siempre ha estado presente, de un modo u otro en buena parte de lo que escribo. De ahí surgió el texto que finalmente leí en Zaragoza y que me ha parecido buena idea reproducir aquí.Los que ya conocías mi antigua página seguramente ya lo habréis leído, pero nunca está de más refrescar la memoria. Helo aquí:

PERO HABERLO, HAYLO: DIOS, LA CIENCIA FICCIÓN ESPAÑOLA Y LOS ESCRITORES ATEOS

Hace unos años, Pablo Ginés hizo notar la sobreabundancia del término “Dios” en muchos de los títulos de novelas y relatos españoles de ciencia ficción. Y es cierto, ahí están obras como La locura de Dios, “Los celos de Dios”, “Los ojos de un dios en celo”, Mundo de dioses, “Mundo sin dioses”, “El orgullo de Dios”… Pablo comentaba también que esto resultaba especialmente curioso por cuanto buena parte de los autores españoles del género se declaraban ateos o, como mucho, agnósticos.

¿Por qué entonces esa fascinación por la divinidad, la teología o la religión? ¿Se trata acaso de una moda? ¿Tal vez “Dios” en el título vende más? ¿O es posible que los autores españoles del género sean todos víctimas de una educación religiosa y se hayan vuelto unos revanchistas irredentos que arremeten contra la religión de sus antiguos educadores?

En realidad no creo que la explicación esté entre las mencionadas, sino que es algo más simple y que tiene que ver bastante con las características básicas de la ciencia ficción en tanto que literatura. La ciencia ficción no puede evitar sentirse atraída por el concepto de Dios: como literatura desentrañadora de misterios que es tiene, por fuerza, que enfrentarse al que por definición es el Misterio Último.

A primera vista parecería que el territorio natural de Dios debería ser la literatura fantástica. Y quizá sea necesario aclarar que hablo básicamente del Dios de la tradición judeocristiana, mayoritario con ínfimas variaciones en todo Occidente: ese Dios Creador de Todo, omnipotente y omnisciente.

Y que sin embargo está extrañamente ausente de la fantasía, y cuando aparece es como una presencia remota a la que no se tiene acceso y de la que casi nada se puede saber. Un ejemplo perfecto de lo dicho quizá sea el Sandman de Neil Gaiman, cómic por el que pululan con pasmosa naturalidad toda suerte de ángeles y demonios (por no mencionar multitud de deidades paganas) pero en la que lo más parecido que se ve a una intervención directa del Creador de Todo es un ángel que entra en trance para luego repetir -suponemos- las palabras de su Señor.

Otro caso bastante evidente puede ser el de J.R.R. Tolkien cuyo Dios, Ilúvatar, apenas hace acto de presencia al principio de la Creación para dejar luego que sean sus ángeles -los Valar y los Maiar- quienes se ocupen de llevar a cabo Su voluntad.

Esta aparente contradicción no lo es tal, si lo pensamos un poco. Dios, como presencia nítida, observable y mensurable, carece de sentido en la fantasía. Al fin y al cabo, la fantasía se nutre del misterio como materia prima, no aspirando a desentrañarlo, sino partiendo de la base precisamente de que es imposible de desentrañar y que lo único que uno puede hacer es aceptarlo y sumergirse en él o negarlo y huir. Dios, por tanto no puede ser visto en la literatura fantástica más que como una remota presencia ante la cual uno puede experimentar reverente temor o cerrar los ojos para no verlo.

En realidad la fantasía no está equipada para enfrentarse con Dios: puede, como mucho, alzar el velo de la realidad y abatir sobre nosotros lo incomprensible. Pero enfrentarse al misterio, desentrañarlo y acabar con él no es tarea de la fantasía, sino de lo que podríamos llamar, su “hermana traidora”, la ciencia ficción.

Podemos considerar a la ciencia ficción como una suerte de rama herética de la fantasía que, en lugar de rendirse ante el misterio, aspira a hacerlo comprensible. La ciencia ficción parte de la base de que el universo es explicable y que no existe nada que sea “mejor que el hombre no sepa”. Probablemente no muchos estarán de acuerdo con esa concepción de la ciencia ficción como literatura eminentemente racionalista, entre otras cosas porque una definición así deja fuera del género obras normalmente aceptadas dentro del mismo, como puede ser buena parte de la obra de Philip K. Dick., y al mismo tiempo acepta en su entorno relatos que por tradición han sido considerados como fantasía: y el caso de la última parte del ciclo de Cthulhu, de H. P. Lovecraft, puede ser un buen ejemplo.

Claro que yo siempre he considerado a Dick más como un autor de fantasía que de ciencia ficción, y a Lovecraft, al menos en su última época, mas un escritor de ciencia ficción que de terror. Cabe preguntarse hasta qué punto tengo derecho a imponer mi propia definición de un género sobre la comúnmente aceptada por el consenso general, pero dado que no existe una sola definición de ciencia ficción en la que estén de acuerdo una mayoría de lectores o críticos, no me duelen demasiadas prendas en utilizar la mía propia, aunque solo sea como mapa provisional para moverme por su territorio. Así que soltémosla ya: “la fantasía es aquella literatura que intenta convertir lo más cotidiano en extraño; la ciencia ficción la que trata de convertir lo más extraño en cotidiano”.

Si aceptamos esto tenemos como consecuencia curiosa que 2001: una odisea del espacio cambia de género según veamos la película o leamos la novela. El 2001 de Kubrick comienza siendo ciencia ficción y se convierte en fantasía en el preciso momento en que Bowman es abducido por el monolito: a partir de entonces la película renuncia a cualquier explicación y se limita a mostrarnos el misterio desnudo. La novela de Clarke, por el contrario, no abandona nunca la perspectiva racional de la ciencia ficción y en todo momento sabemos el terreno que pisamos, por ajeno a nosotros que pueda ser.

Volviendo al tema, es la ciencia ficción y no la fantasía la que realmente posee las herramientas adecuadas para enfrentarse a Dios (que en este contexto podría ser considerado como el Misterio Último y Definitivo) y analizarlo. Orson Scott Card lo explica mucho mejor que yo en su antología Mapas en un espejo cuando dice:

… la ciencia ficción exige que los dioses estén ausentes o explicados.

Así, no es extraño que las obras donde se ha tratado el tema de la divinidad pertenezcan a la ciencia ficción antes que a la fantasía.

Casos sintomáticos son el Hyperion de Dan Simmons que podría considerarse, en un resumen quizá en exceso simplista, como el enfrentamiento entre dos Divinidades Supremas y la historia de cómo retroceden en el tiempo para impedir el nacimiento de su antagonista. El ejemplo de Hyperion sirve además para ilustrar la manera en que los escritores anglosajones se enfrentan a la religión establecida y al hecho curioso de que, cuando quieren hacer aparecer una Iglesia “seria” y organizada de un modo coherente invariablemente acaban echando mano de la Católica: detalle no tan raro una vez que nos damos cuenta de que la Iglesia Católica es la heredera natural del sistema jerárquico del Imperio Romano. Por no mencionar el detalle, prácticamente inevitable, de que si quieren un sacerdote de mentalidad abierta, capaz de enfrentarse a sus prejuicios y con una inteligencia despierta son incapaces de huir del estereotipo del jesuita. Nunca me he molestado en investigar si cuando quieren usar un sacerdote oscurantista y fanático emplean un dominico, pero no me sorprendería demasiado.

Otro ejemplo perfecto es el relato “La Estrella”, de Arthur C. Clarke donde, otra vez un jesuita, se enfrenta a un hecho que por un lado corrobora su fe en Dios y por otro pone a prueba su creencia en la misericordia infinita del Mismo. El propio Clarke volvería a abordar el tema de la religión en buena parte de su obra hasta llegar a considerarla en 3001: odisea final (posiblemente su novela más lamentable) como una enfermedad mental que una humanidad más evolucionada ha erradicado. Sorprendente consideración, como si el impulso religioso fuera lo único que ha dado problemas a la humanidad a lo largo de su Historia; Por no mencionar que, en la apacible, aburrida, equilibrada y atea sociedad de 3001 a nadie se le ha pasado por la cabeza suprimir el impulso sexual, con todos los componentes de agresividad, posesión y lucha por la supremacía en la manada que conlleva.

Hay dos relatos de Lester Del Rey que especulan sobre la religión de un modo muy inteligente. Uno es “El canto del crepúsculo”, incluido en Visiones peligrosas, donde un Dios encarcelado por las que un día fueron sus criaturas huye inútilmente por todo el universo, solo para ser arrinconado por el hombre en lo que fuera el Jardín del Edén. El otro es la novela corta “Porque soy un pueblo celoso” donde Del Rey especula, no sobre las obligaciones de la criatura hacia su creador, sino las de éste hacia sus creaciones. En uno de los mejores finales de la ciencia ficción, el sacerdote que es uno de los protagonistas de la historia denuncia la traición de Dios hacia la humanidad y anuncia una guerra contra el mismísimo Cielo. Porque si Dios exigía adoración incondicional y el abandono de los demás dioses, la humanidad no exige menos de su Creador: el compromiso debe ser recíproco.
Pero no he venido aquí a hablar de cómo y por qué la ciencia ficción ha tratado el tema de Dios, si no de por qué lo hace la ciencia ficción española y, más concretamente, por qué si buena parte de los autores españoles se confiesan ateos o agnósticos, siguen empeñados una y otra vez en hablar de Dios.

Hay una respuesta sencilla, directa y tramposa. Al fin y al cabo, un autor de western no cree que los vaqueros fueran caballeros andantes de las grandes praderas, y un autor de fantasía no considera a los dragones criaturas reales. Escribe sobre esos caracteres o estereotipos porque le resultan atractivos, no necesariamente porque crea que existen o han existido.

Pero como he dicho, eso no resuelve nada. De acuerdo, que un autor escriba sobre Dios no implica que crea en él, solo que la idea le resulta interesante. Lo cual nos lleva a otra pregunta ¿por qué lo considera interesante?

Muy arrogante sería si respondiera a esa pregunta y dijera porque otros escritores juzgan atrayente el concepto de la divinidad. Y, si bien es cierto que no soy precisamente un dechado de humildad y modestia, mi arrogancia no traspasa ciertos límites

Eso solo nos deja una opción, por supuesto, hablar de por qué yo, si no creo en Dios, sí considero interesante explorar y jugar con la idea de Dios.
De toda mi obra publicada quizá sea en las novelas cortas “Los celos de Dios” y “Este relámpago, esta locura” donde más evidente puede resultar la presencia del hecho religioso. Éste, sin embargo, no está ajeno en Tierra de Nadie: Jormungand y, aunque no lo parezca a primera vista, discurre de forma soterrada por toda la trama de La sonrisa del gato. De mis cuentos cortos, por otra parte, el más explícitamente religioso quizá sea “Sintonía previa”, que forma parte de mi serie Horizonte de Sucesos.

En “Los celos de Dios” me interesaba explorar (entre otras cosas) la idea de la obediencia ciega, el modo en que alguien puede dejar a un lado su criterio personal y consagrar su vida a seguir un código moral impuesto desde fuera, sin dudas ni vacilaciones. Hamuel, el personaje central de la historia, inicia una tarea encomendada personalmente por su Dios, y la emprende sin dudas por más que se le haya ordenado investigar la Abominación Máxima de su fe. A medida que la búsqueda de Hamuel avanza, su fe se va tambaleando, y cuando llega el momento de presentar los resultados ante Dios, Hamuel ya no sabe qué pensar. Al final, cuando los fundamentos de su fe le son arrancados, cuando el suelo es bruscamente retirado de sus pies, Hamuel cae como una marioneta desmadejada, y es incapaz de encontrar un foco que le permita seguir adelante.

En cierto modo, “Los celos de Dios” es un intento de analizar algo que no comprendo. Como individualista vocacional que soy, me resultan difíciles de comprender conceptos tales como patria, tribu y comunidad, y nunca he podido entender como alguien puede considerar su lugar de nacimiento por encima de cualquier otro por el hecho, absurdo y completamente debido al azar, de que ha nacido allí y no en otro sitio. Es muy probable, entonces, que en “Los celos de dios” haya sido injusto: para mí el comportamiento tribal, el seguir el pensamiento de otros, el consagrar tu vida a las ideas de un líder y no actuar de acuerdo a tu propio criterio sino al que te imponen una fe o unas tradiciones, son conceptos que me resultan tan ajenos como el de una mente alienígena capaz de percibir nueve dimensiones. Así que seguramente, en mi intento de describir desde dentro cómo funcionaría una mente así, he cometido más de un error en más de un momento.

En “Este relámpago, esta locura” me interesaba analizar otras cosas. Por desgracia, buena parte de ese análisis quedó a mitad de camino y la novela -que en otras circunstancias quizá podría haberse convertido en mi mejor obra- fracasa y no alcanza a cumplir las expectativas.

Por un lado tenemos la historia de un sacerdote en medio de una crisis de fe, pero es una crisis de fe un tanto extraña. Incapaz ya de creer en Dios, de sentir Su presencia como la sentía cuando era más joven, se lamenta una y otra vez de una Iglesia cada vez más secularizada. No hace falta ser muy perspicaz para ver en esa actitud un trasunto de la mía: no soy creyente en ningún tipo de Dios, pero al mismo tiempo pienso que, si lo fuera, no podría aceptar estar en una Iglesia que, cada vez más, ha convertido a Dios en una marca registrada e intenta venderlo utilizando técnicas de marketing. Yo mismo sufrí esas técnicas en mi adolescencia: atrapado en una imagen de Iglesia progre y con guitarritas, con sacerdotes de buen rollo y mejor colegueo que trataban de hacernos ver que la religión no era esa cosa ardua y costosa que nos habían inculcado desde niños, sino algo alegre, fácil y sin compromiso y que nada nos iba a costar. Es decir, con tal de atraer nuevos clientes, no les importaba despojar al producto de sus características básicas. Porque tal y como lo veo, la fe no puede ser algo fácil y sin compromiso. Si crees, eso afecta a tu vida en todos sus niveles, y muchas veces te resultará difícil renunciar a aquello que consideras agradable o beneficioso a corto plazo en favor de un bien a más largo plazo que es posible que ni siquiera comprendas del todo. Hacer lo que ahora hace buena parte de la Iglesia para atraer a los jóvenes, presentar la fe como algo no muy distinto de un club de aficionados al cómic, siempre me ha parecido abominable. Si la consecuencia de presentar la fe tal y como es (ardua y con una serie de compromisos personales a veces difíciles de aceptar) tiene como consecuencia que la Iglesia pierda adeptos, mala suerte para ella, pero siempre será mejor que conseguir fieles a toda costa, y especialmente despojando a la religión de aquello que la hace ser religión.

En mi sacerdote quería reflejar precisamente eso, cómo alguien que una vez ha sido creyente y ya no puede serlo por una crisis personal ve como la Iglesia a la que una vez perteneció se rinde al mundo y se dejar ganar por éste: un hombre que no cree pero quisiera creer, y desde luego es incapaz de creer en la Iglesia falsa, hipócrita y edulcorada en la que vive.

El otro tema central de la novela viene motivado por mi afición de muchos años al cómic de superhéroes y a la inverosimilitud de base que hay en el que siempre ha sido mi personaje favorito: Supermán. Y no me refiero a que sus poderes y habilidades carezcan o no de fundamento científico, sino al hecho de que su propia personalidad no se sostiene. ¿Puede Supermán seguir siendo -y deseando ser- Clark Kent pese a todo?

Es una pregunta que Alan Moore ya se planteó en su Miracleman y su respuesta fue negativa. Al final, Miracleman no tiene otra opción, pese a sí mismo y sus deseos, que abandonar su identidad humana para siempre y asumir el papel de Dios que sus poderes le otorgan. Una vez perdido ese Michael Moran que le anclaba a la humanidad, y convertido en cabeza de un nuevo panteón de dioses vivientes, Miracleman trasciende las necesidades y deseos humanos y se convierte en un nuevo tipo de criatura, incomprensible para nosotros.

Supermán, en cambio, adopta una postura totalmente distinta. Él es Clark Kent antes que cualquier otra cosa, y no renunciaría nunca a su faceta humana. De hecho, es esa faceta humana la que permite que todo lo demás exista, la que hace que Supermán, por muy poderoso que sea, no se convierta nunca en un dios. En realidad, Supermán no existe como tal hasta que Clark Kent manifiesta sus poderes en público por primera vez: es la reacción de la masa humana ante sus proezas lo que le hace darse cuenta de que no puede seguir siendo el humano Clark y al mismo tiempo ayudar a los demás con sus habilidades. Para poder continuar siendo un hombre crea la personalidad de Supermán, un disfraz heroico que, una vez colgado, le permite seguir siendo humano. (De paso, podríamos comentar que eso es justo lo que separa a Supermán de Batman: el primero es, ante todo, Clark Kent, y Supermán solo el traje que se pone cuando ayuda a los demás. El segundo es, primeramente, Batman, y Bruce Wayne uno más de sus múltiples disfraces. Un detalle que Neil Gaiman muestra de forma magistral en la aparición de ambos personajes en el funeral del Señor de los Sueños: esté tiene lugar en territorio onírico, y por tanto, los dos están soñando y aparecen con su verdadera personalidad. Es decir, los que están presentes en el funeral no son Supermán y Batman o Clark Kent y Bruce Wayne, sino Clark Kent y Batman).

Pero, ¿es creíble la actitud de Supermán? ¿Si tienes el poder de remodelar la Tierra con solo un encogimiento de hombros, podrás negarte a usarlo? ¿Y una vez que lo uses, no estarás atrapado por él?

En “Este relámpago, esta locura”, intenté explorar eso, mostrar un dios renuente a serlo y ver hasta qué punto podía negarse a aceptar su condición. Al final, llega a la conclusión de que el único modo en que puede seguir siendo humano es no usando sus poderes. También comprende que, por mucho que lo intente, tarde o temprano ocurrirá algo que le obligará a serlo. Atrapado en ese dilema, el personaje sólo puede huir.

En Tierra de Nadie: Jormungand en uno de los subargumentos aparece una raza de ratas inteligentes que no han desarrollado el concepto de lo sobrenatural y, por tanto, no han llegado a concebir la idea de Dios. Desgraciadamente, esa historia se pierde entre la multitud de tramas que aparecen en la novela y apenas si tiene relevancia para el desarrollo de la misma. Pese a eso, la idea de una especie inteligente incapaz de concebir lo sobrenatural siempre me ha resultado muy atractiva para especular sobre ella. ¿Estamos condenados a construir un Dios? ¿Hay algo en nuestros genes que nos impele a buscar un sentido a nuestra vida fuera de ella? Arthur C. Clarke, en Las fuentes del paraíso parece responder afirmativamente a esa pregunta, cuando una sonda estelar revela a los humanos que en toda la galaxia, solo las especies con un comportamiento y una biología análogos a los de los mamíferos han desarrollado el pensamiento religioso.

Y llegamos a La sonrisa del gato, novela donde, en apariencia, no hay ningún interés por la religión. Y además, puedo asegurar que en mi mente consciente no había ningún deseo de tocar temas religiosos cuando la escribía (claro que tampoco era consciente, mientras trabajaba en la novela, de que “La Peonza” es en realidad Bespin, la ciudad minera de Lando Calrissian en El Imperio contraataca, o de que el cilindro axial por donde mis personajes vuelan no es otra cosa que el lugar donde Darth Vader cortó la mano de Luke Skywalker antes de revelar quién era su padre). Ya hace algunos años que Pedro Jorge Romero me hizo notar que en realidad la novela cuenta el enfrentamiento entre dos tipos muy distintos de dioses.

Por un lado está el robótico Dios de Nod, una divinidad fría y lejana que envía a sus acólitos a hacer el trabajo y no tiene el menor problema en sacrificarlos en su beneficio. Para él sus criaturas no son otra cosa que peones a su servicio, y como tales sacrificables por un bien mayor.

Y por otro lado está Chandler, que actúa como deidad tutelar de los adolescentes que tiene a su cargo. Al contrario que el Dios de Nod, Chandler se implica en lo que hacen sus subordinados, intenta protegerlos y, en última instancia, termina realizando el mayor de los sacrificios, el de su propia vida, para salvar a uno de sus chicos.

En realidad esos dos tipos de dioses no son más que dos aspectos distintos de esa amalgama llena de contradicciones que es el Dios judeocristiano. Resulta claro que yo no era consciente de estar explorando ese terreno cuando escribía la novela, pero no es menos claro que uno no puede evitar ser hijo de la cultura en la que se desarrolla, así que no es sorprendente que ese subtexto se colara en lo que escribía. Incluso es posible, aunque no puedo asegurarlo, que en aquel momento tuviera en mente uno de los mejores momentos del Hyperion de Dan Simmons, aquel en el que Sol Weintraub se enfrenta a Dios y le dice que ya está bien de que el Creador le imponga pruebas a la humanidad, que quizá ha llegado el momento de que sea la criatura quien ponga a prueba a su Creador. Desde luego, cuando escribí La sonrisa del gato ya había leído las novelas de Simmons, así que es muy posible que algo así pasara por mi cabeza.

Pero quizá mi historia más explícitamente religiosa sea mi relato “Sintonía Previa”, en la que un científico, enfrentado a la visión de Dios, no puede sino enloquecer. Y es curioso, porque en la versión original del cuento, no había mención alguna a temas religiosos. Su premisa era muy simple: un físico recibe y decodifica radiación anterior al Big Bang y lo que contempla es tan ajeno a sus esquemas mentales que no puede evitar volverse loco. Ahí terminaba la historia. Y luego, de repente, recordé lo que Dios le dice a Moisés en el libro del Éxodo: “pero mi faz no podrás verla, pues no puede hombre verla y vivir”. Así que decidí dar un paso más: supongamos que al decodificar esa radiación anterior al Big Bang nuestro protagonista no ve una encarnación anterior del universo, sino que lo que contempla es que no hay encarnación anterior, sólo el Creador de todo, allí en medio de la nada. ¿Cómo podría evitar enloquecer? En realidad, “Sintonía Previa” comienza siendo ciencia ficción y termina como fantasía, puesto que su final es una claudicación, es el reconocimiento de que el Misterio Último no puede ser resuelto y lo único que nos queda es el temor reverente ante él. Esta es una idea que no coincide para nada con mi propia visión del universo. Sin embargo, es al mismo tiempo tan adecuada, desde un punto de vista poético y literario, que no pude resistirme a ella.
Y me doy cuenta ahora de que en realidad, y tras todas las explicaciones, no he explicado nada. He contado qué partes del sentir religioso o la divinidad me interesaba explorar en mi obra, pero en ningún momento he dicho por qué me interesaba.

En realidad, yo mismo no lo sé. La idea de Dios, la idea de la fe, me resulta tremendamente atractiva como hecho sobre el que especular literariamente. Es posible que porque, independientemente de que uno sea creyente o no, la idea de un Dios (y especialmente de un Dios único, omnisciente y omnipotente) ha estado tanto tiempo con nosotros que no podemos evitar dar vueltas a su alrededor con las herramientas que tenemos a nuestro alcance.

En mi caso con la literatura.

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