2001: el futuro que no fue

Es imposible predecir el futuro. Todos los intentos de hacerlo así parecen ridículos al cabo de pocos años.
Arthur C. Clarke: Perfiles del futuro

La costumbre suele ser acusar a la ciencia ficción de demasiado optimista en sus previsiones. En 1968 el futuro que diseñaron Clarke y Kubrik parecía a la vuelta de la esquina: resultaba lógico (casi inevitable) pensar que en el año 2001 pudiéramos tener una verdadera inteligencia artificial, que hubiera una estación permanente en la luna, que existieran transbordadores comerciales o se preparara una misión tripulada a Júpiter.Sin embargo, nada de todo eso ha ocurrido: la crisis de mediados de los setenta paralizó el programa espacial americano y llevamos más de dos décadas limitándonos a salir a órbita, dar un par de vueltas a la manzana y regresar a casa. El fallo de predicción de Clarke y Kubrik no fue tecnológico: salvo en el caso de la inteligencia artificial, tenemos a prácticamente nuestro alcance toda la parafernalia técnica que ambos describen en su película. Su error fue social, no fueron capaces de predecir el cansancio del público por la carrera espacial, el modo en cómo los astronautas dejaron de ser héroes para convertirse en funcionarios, por no mencionar la crisis energética de los setenta y su consecuencia más inmediata: el repliegue en la audacia, la vuelta a la prudencia.

Pero a poco que lo pensemos eso es irrelevante: de acuerdo en que cineasta y escritor pecaron de optimistas y situaron demasiado cercanas sus previsiones. Sin embargo casi todo lo que cuentan en 2001 es una posibilidad que está a nuestro alcance y sólo es cuestión de tiempo que lleguemos a ese punto.

Lo realmente interesante son todas esas cosas, no ya que le ciencia ficción anticipó demasiado pronto, sino que fue incapaz de ver venir. Ningún autor de CF pudo prever el desarrollo de la microinformática. HAL 9000 podía ser un ordenador consciente e inteligente, pero era de un tamaño mastodóntico y se comunicaba con sus usuarios por la voz y mediante tarjetas perforadas: ni una mala interfaz de teclado-monitor aparece en 2001, por más que en 2010 (una de las películas más injustamente infravaloradas por crítica y aficionados, por más que luego Hyams se dedicase a perpetrar bodrios del calibre de El mosquetero o El sonido del trueno) se intente obviar ese detalle y la Discovery se vea llena de teclados por todas partes como si siempre hubieran estado allí. Casi nadie vio llegar la era del teléfono móvil, salvo Star Treck y sus comunicadores del siglo XXIII que ya nos parecen anticuados en el XXI. ¿Quién anticipó la llegada de las PDA, de la vitrocerámica, de los robots domésticos contenidos en el espacio de una uña? Contados fueron los autores capaces de describir Internet con cierta antelación.

Asimov diseñó el ordenador definitivo (capaz incluso con el tiempo de invertir la tendencia a la entropía y reconstruir el Universo) en sus historias de Multivac, pero era un ordenador que ocupaba él solo la mayor parte de las Montañas Rocosas y cuyo método de comunicación era una engorrosa codificación en símbolos matemáticos que requería batallones de expertos: ¿dónde queda ago tan trivial como unos iconos y un click de ratón?

En El libro del día del Juicio Final, la estupenda novela de Connie Willis sobre viajes en el tiempo publicada a principios de los noventa, los personajes se pasan buena parte de la novela corriendo de un lado a otro, intercambiándose mensajes mediante personas que se patean desesperadas la universidad de Oxford en busca de su destinatario, y todo eso a mediados del siglo XXI. ¿No hay ahí algo que falla? ¿A qué tanta agitación si hubiera bastado con tirar de teléfono móvil y localizar a quien hiciera falta? Pero la autora americana no anticipó el auge de ese minúsculo aparato que hoy se ha convertido casi en parte imprescindible de nuestra indumentaria. De haberlo tenido en cuenta, buena parte de su novela carecería de sentido o sería muy distinta.

Los fallos de anticipación en la CF son, a menudo increíblemente curiosos, por cuanto muchas veces son capaces de predecir impensables avances mientras, al mismo tiempo no se dan cuenta de minúsculos detalles que van surgiendo a su alrededor y son los que dan forma realmente al mundo en el que vivimos. John Brunner pudo anticipar, ya a mediados de los setenta, el nacimiento de Internet y la globalización de las comunicaciones en su magnífica novela El jinete en la onda del shock, pero no supo ver cómo la telefonía móvil, los ordenadores de bolsillo y la red de redes podían combinarse en un todo difícilmente separable que podría proporcionar a los hackers un anonimato y una capacidad de acceso que jamás habrían soñado.

Hoy tenemos en nuestras casas ordenadores que multiplican por mil la capacidad de cálculo de las máquinas que la NASA usaba hace apenas treinta años y que sin embargo ocupan menos que una maleta. Tenemos la posibilidad, sin movernos de nuestro salón, de escribir, maquetar e imprimir un libro con una calidad que pocas imprentas habrían soñado hace veinte años. Podemos acceder a la programación de televisión de casi cualquier parte del mundo sin movernos de nuestra casa y mediante una ridículamente pequeña antena parabólica. Podemos sacar nuestras fotos de Navidad, introducirlas en nuestro humilde PC doméstico y un segundo más tarde enviárselas a nuestros primos de Argentina. Podemos recorrer el mundo no en ochenta días, sino en menos de ochenta horas.

Por supuesto seguimos sin helicópteros unipersonales. Un viaje de luna de miel o de fin de semana a la Luna está fuera de lugar. Marte permanece fuera de nuestro alcance. Y no hay inteligencias artificiales que se defienden de sus asesinos y luchan por su supervivencia.

Pero mientras los escritores de ciencia ficción seguían soñando con robots de apariencia humana a los que esclavizar, la tecnología los sobrepasó y llenó nuestras casas de autómatas cada vez más complejos que caben en la palma de la mano.

Mientras los escritores de ciencia ficción dirigían su mirada a las estrellas y soñaban con un sistema solar poblado por el hombre, la maquinaria ha ido convirtiendo nuestro planeta en una aldea cada vez más pequeña.

No vivimos en el siglo XXI que los escritores anticiparon. En algunos casos aún nos falta mucho para llegar a él. Pero en otros lo hemos rebasado con creces y sin apenas darnos cuenta.

En cuanto a lo que nos deparará este siglo que acaba de empezar, como dijo ya Arthur C. Clarke hace más de veinte años en su estudio de prospectiva Perfiles del futuro: “la única cosa del futuro de la que podemos estar completamente seguros es que será extremadamente fantástico”.

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