Callejones sin salida

Desde que empecé a publicar en fanzines de escasa tirada y menor distribución, allá por 1987, siempre tuve la ambición de recopilar algún día toda mi obra breve en un volumen. Un libro de cuentos que recogiera mis mejores relatos cortos y del que me pudiera sentir orgulloso.

Conociendo mi ego no le extrañará a nadie saber que, con el paso de los años, yo mismo fui encargándome de compilar algo parecido: distribuía los cuentos como mejor me parecía, los ordenaba según un orden de lectura que creía el más apropiado, escribía introducciones, comentarios a cada uno de los relatos… Y, por supuesto, probé alguna vez que otra a ofrecérselos a algún editor. Aunque alguno se mostró interesado, todos terminaron rechazando la idea con el sempiterno argumento de que, en este país, los libros de cuentos se vendían mal, salvo que uno fuera un nombre consagrado, cosa que ni era ni soy.

Para mi sorpresa, sin embargo, el año pasado contactó conmigo un editor cordobés y me dijo que estaba interesado en publicar una antología de relatos míos. La sorpresa aumentó cuando vi que sus intenciones no eran simplemente elegir los cuentos suficientes para construir un libro, sino, en la medida de lo posible, editar una suerte de “cuentos completos”.

Hablé con mi agente, quien a su vez habló con el editor, y llegamos a un acuerdo. Finalmente, la antología terminó convirtiéndose en dos libros: el primero recogería mis relatos de ciencia ficción; el segundo, todos los demás, fundamentalmente los de fantasía junto a varias piezas inclasificables que bordeaban el territorio del fantástico, pero no terminaban de entrar en él del todo.

El primero de los dos libros ya está en la calle bajo el título de Callejones sin salida. Como siempre que dse publica un libro mío (y ahorradme los comentarios sobre mi enorme ego o las onomatopeyas del estilo de CHOOOOOF!) lo primero que he hecho ha sido leerlo.

Mientras lo hacía, me preguntaba qué quedaba ahora del tipo que había escrito todo aquello. Al fin y al cabo, el más antigo de los relatos tenía más de veinte años y, por aquel entonces, yo no era ni de lejos la persona que soy ahora. Estaba en camino de serlo, claro, pero también estaba en camino de ser muchas otras cosas que, afortunadamente, se perdieron por el camino.

Y queda bastante, en realidad. En lo básico sigo siendo yo, aunque sea un “yo” lleno de matices, curvas y recovecos que antes no estaban allí. “Sólo cambiamos para parecernos más a nosotros mismos”, dice Lúrquer, un personaje de mi novela El sueño del Rey Rojo y, aunque la frase en principio parece una de esa perogrulladas crípticas a que tan aficionado es el pensamiento oriental, cuanto más pienso en ella, más sentido le veo. En los cuentos que componen estos Callejones sin salida, estoy yo, sin la menor duda. Un yo que aún está tanteando su camino, buscando hacia donde quiere ir, encontrándolo en muchos casos sin saber que lo ha encontrado.

¿Hablas de tu literatura o de ti mismo?, me preguntaréis. En realidad de los dos. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay?

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