Primer contacto

Hace ya unos cuantos años del asunto. Por TeleCinco (en una época en que las cadenas privadas de TV eran una novedad y hasta esperábamos algo de ellas) comenzaron a emitir una serie titulada Shogun que, vista la publicidad, iba de japoneses. Me senté a verla sin mucha curiosidad, pero me atrapó prácticamente desde el primer capítulo. Cuando vi en los créditos que estaba basada en una novela del mismo título de un tal James Clavell no me lo pensé dos veces antes de correr a la librería. Luego me di cuenta de que a eso de las diez de la noche era poco probable que encontrase abierta alguna y decidí (con sensatez insólita por mi parte) que era mejor esperar el día siguiente.

Ese fue mi primer contacto con una obra de James Clavell, pero desde luego no el último. A Shogun le siguieron Tai-pan, La Noble Casa y Gaijin (por no mencionar una de mis películas favoritas, La gran evasión, de cuyo guion era responsable Clavell). Y espero que algún día King rat se cruce en mi camino. Cuando supe que durante la Segunda Guerra Mundial Clavell había estado en un campo de prisioneros de guerra japonés, aquello me resultó chocante. Sabida es la fama de crueles e implacables que tenían los japoneses en esos entornos y tardé tiempo en comprender cómo alguien que había estado en un lugar así pudo luego sentirse fascinado por la cultura japonesa hasta el punto de dedicar buena parte de su carrera literaria a explorar la historia de Japón y de China. Lo comprendería tiempo después, al darme cuenta de que lo que narra Clavell en sus novelas es siempre el enfrentamiento entre dos formas de pensar y ver el mundo tan mutuamente alienígenas como son la occidental y la oriental, y el modo en que unos a otros se consideraban bárbaros salvajes con los que podía merecer la pena comerciar o entrar en guerra, pero nunca tomarse la molestia de ver la situación desde los ojos del otro. Junto a eso, siempre está presente el protagonista, ese personaje que comienza con los pies firmemente asentados en su cultura natal y que termina convertido en un hombre de dos mundos irreconciliables sin comprender muchas veces cómo ha llegado a esa situación.

Y lo curioso es que Clavell no es precisamente un escritor brillante. Su estilo no va más allá de esa escritura mecánica que caracteriza a la mayoría de los escritores de best-sellers: con un buen dominio del diálogo y buen pulso en las partes narrativas pero insulso en las descriptivas, por no mencionar el hecho de que, cuando intenta la transcripción directa del pensamiento de los personajes el resultado que obtiene es un texto forzado, que no fluye con la suficiente naturalidad para considerarlo un pedazo creíble de pensamiento.

Pero el detalle que lo redime, que hace que se alce por encima de otros autores que se ganan la vida vendiendo sagas multipersonjes en ambientes exóticos o atractivos es el hecho de que Clavell está tan fascinado por el ambiente que describe como si fuera otro lector más, y consigue traspasar esa fascinación al papel gracias un ímprobo esfuerzo de documentación (que sin embargo logra huir siempre del “salgarismo”) y al truco mil veces usado desde que el mundo es mundo de situar en la acción un personaje ajeno al ambiente en que esta se desarrolla y que proporciona al lector un punto de anclaje donde puede descansar y con el que puede compartir su perplejidad ante lo que ocurre.

En Shogun el personaje en cuestión es Blackthorne, un inglés que se irá “japonesizando” progresivamente hasta acabar convertido en un samurai al servicio de un señor feudal japonés. El lector acompaña a Blackthorne en su viaje, comparte con él su incomprensión y buena parte de sus prejuicios y, a medida que transcurre el viaje, va perdiendo estos casi a la vez que él.

Dándole la vuelta al argumento, siempre me he preguntado qué pensaría un lector japonés al leer una novela así, hasta qué punto se comprendería mejor a sí mismo al ver retratada una parte de su cultura y su historia desde los ojos de un bárbaro occidental.

Clavell escribe, casi siempre, desde una objetividad fría y distante, sin juzgar jamás lo que ocurre y permitiendo que sean los acontecimientos los que hablen por sí mismos. Describe cada personaje y cada cultura desde dentro de ellos mismos y, al mismo tiempo, desde los ojos de quienes los contemplan, consiguiendo así un retrato complejo y fascinante y una novela que se lee de un tirón, tragando páginas con avidez y deseando, por un lado, que el relato alcance su conclusión y, por el otro, que la historia no termine jamás.

Desde que la leí por primera vez hace casi veinte años, Shogun se ha convertido en uno de mis libros de referencia ineludibles. Acudo a él cada cierto tiempo y me dejo envolver por la historia que me narra, adentrándome en una cultura que casi parece propia de una especie alienígena, y contemplándola con fascinación. Dudo mucho que Clavell pase como un nombre importante a la historia de la literatura, pero en mi historia personal ocupa un puesto relevante.

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