Premios, tiempos paradójicos y maleficios

“Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”, decía San Agustín. Seguramente, hoy en día, una frase como esa haría que al pobre hombre le diagnosticasen una esquizofrenia galopante. Bueno, puede. Pero en cualquier caso, me temo que le entiendo. Y si no le entiendo y estoy interpretando la frase por donde no es, bueno, qué más da. Soy feliz en mi error. Y en muchos otros sitios.

En cualquier caso, eso es lo de menos. Ha empezado un nuevo año. Uno que no termina en cinco, por lo que, en teoría, debería ser un año tranquilo, incluso aburrido, quién sabe. Pero, en realidad, dudo que vaya a serlo. Demonios, seamos sinceros, espero que no lo sea.

Y no ha empezado mal. Aún no había terminado la semana y ya estaba acumulando un montón de premios. Nada más y nada menos que el Manolito, el P-WC, el Mini-toro, el Satélite y, para rematar, el Lego, ese premio que todos los escritores de ciencia ficción ambicionamos. Aunque, ¿es el Lego, o será más bien el Ego?

Me imagino vuestras caras de estupor, así que paso a explicarme. Más o menos. Resulta que a mis cuarenta años me da por hacer lo que no hice a los veinte. No, no es eso que estáis pensando. Bueno, quizá sí, pero era de eso de lo que quería hablar. Los que me conocen, saben que tiendo a ser ligeramente antinavideño (bueno, tal vez pesadamente, más que ligeramente, pero no vamos a entrar ahora en detalles molestos). No es que tenga nada en contra de estas fiestas, por sí mismas; tan sólo me irrita ese papanitismo que te condena a, porque sí, ser feliz y estar rebosante de buena voluntad por los cuatro costados; o a perdonar las ofensas recibidas durante todo el año; a portarte bien, hablar con esas personas a las que no puedes ver y que en cualquier circunstancia normal preferirías abrirles la cabeza con un buen bate de beisbol; a atragantarte con doce estúpidas uvas y, en general, cumplir una serie de rituales a los que cada vez les veo menos sentido. Y ni siquiera mencionaré el que, de pronto, las calles se llenan de gente y el aire de canciones horteras. No, mejor lo dejo.

Pero bueno, me estoy yendo por las ramas. Algo que me pasa bastante últimamente. De hecho, no sé quién me dijo que tiendo a aportar demasiada información innecesaria.

Pues bueno, pues vale.

El caso es que, por segundo año consecutivo, he accedido a participar en esa tradición llamada “amigo invisible”. Ya sabéis, se juntan unos cuantos amigos, escriben su nombre en unos papelillos y luego se los intercambian. La gracia está en que nadie sepa quién le ha regalado qué.

Y sí, lo reconozco. Lo disfruto.

Este año, mi amigo invisible (aunque sospecho más bien que se trata de una amiga y no diré su nombre salvo para comentar que las tiras de Buendía quizá guardan alguna relación con ella) ha tenido la ocurrencia de modelarme en arcilla versiones jocosas de algunos de los premios literarios más importantes del fantástico (y no tan del fantástico). Reconozco que el regalo me ha encantado y, por supuesto, los nuevos premios ocupan un lugar de honor en mi colección. (¿Ha sonado tan mal como pienso eso de “mi colección”? Sí, me temo que sí. Bueno, como para preocuparme de eso a estas alturas de mi vida.)

No ha sido el único regalo “interesante”. Germán Herrán recibió, por ejemplo, un ejemplar único e intransferible de El libro gordo de los villanos cutres, un apasionante repaso por el mundillo del cómic de super-héroes que muestra algunas de las menos afortunadas creaciones de guionistas y dibujantes, incluyendo, como no podía ser menos, a Pete Pote de Pasta y a ese tipo que llevaba una palanqueta en la mano y un pasamontañas en la cara (el Palanqueta para nosotros, aunque seguro que tendría un nombre más rimbombante, aunque igualmente ridículo). Sospecho también quién ha sido el responsable de ese regalo y, de nuevo creo que las tiras de Buendía quizá guardan alguna relación con él.

Javier Cuevas se acabó llevando para casa una unidad meteorológico-aspersora, que le permitirá regar de forma automática su jardín y detectar la presencia de la lluvia para no tener que malgastar el agua. Vamos, un aparato que ya quisieran los fremen para sí y que sin duda hará las delicias de Javier, visto lo que comentó en cierta ocasión en su blog.

Podría hablar del resto de los regalos, por supuesto. Desde el utilísimo kit de Bene Gesserit que recibió Marisa Cuesta (lo que, unido a la figura diseñada por Giger que alguien le había regalado el día anterior produjo un efecto inquietante) al cargador de pilas (con pilas) que acabó en poder de Sergio, pasando por la genuina espada de luz de Chus Mañoso, el no menos genuino CD de Laura Pausini que apareció en las manos de Belén, el utilísimo kit de porreta de Álvaro Muñiz, el Spiderman sodomita-trepador de Iván Olmedo, el cuchillo emasculador de Belinda González o el Jack Squeleton (o como demonios se escriba) inflable de Carolina González que seguro que hará más agradables sus noches.

¿La conclusión? Que los asturianos estamos un tanto pirados. Pero eso ni es una novedad ni creo que le sorprenda a nadie.

¿La otra conclusión, aunque no tenga nada que ver con lo que he estado contando hasta ahora? Que cada día creo con más firmeza que Javier Cuevas tiene razón cuando dice que el fin de la civilización occidental tal y como la conocemos está cerca y que, como mucho, nos quedan cuatro o cinco afeitados (o dos depilaciones).

¿Y por qué lo pienso? Bueno, por muchos motivos. Digamos sólo uno. Ayer fuimos al cine y cometimos el error de ver Doom. No es que esperasemos una maravilla, pero al menos esperábamos entretenernos. Y ni eso. Bueno, hubo momentos interesantes, como ver a The Rock tratando de actuar sin hacer honor a su nombre. Intento fallido, pero meritorio, sin duda.

Pero otra vez me estoy yendo por las ramas. Y ni de coña, que yo quiero un pupitre, como los blancos, que decía el viejo chiste.

Así que vamos allá. Mientras sacábamos las entradas vi algo que me llamó la atención. Los cines están en un centro comercial en el que, por supuesto, desde el uno de enero, está prohibido fumar. Lo que vi, a la puerta de una cafetería en el interior del centro comercial, fue una máquina expendedora de tabaco, adornada por un enorme cartel que ponía… sí, lo habéis adivinado: “Prohibido fumar”. No pude resistir la tentación de sacarle una foto. No le he puesto pie, pero de hacerlo, sólo podría ser el inevitable “El signo de los tiempos”, o algo muy parecido. Y, si ahora me diese por ponerme sespiriano, que nunca me da, no podría evitar exclamar aquello de “The time is out of joint”. Y no añadiré aquello otro de “O cursed spite that ever I was born to set it right!” que luego alguien se pone a hacer CHOOOOOF! y ya está armada.

Y, bueno, termino ya, que se hace tarde. Mejor no repaso lo que he escrito, porque entonces tendría que borrar la mayoría. Así que lo dejo tal cual.

“Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”, dije que había dicho San Agustín. Le comprendo, la verdad, le comprendo muy bien. Podría decir que uno de los dos está aquí y el otro, sin moverse del sitio, ha cruzado unos cuantos cientos de kilómetros para estar en otro lugar. Pero eso, como decía Michael Ende (¿o era Conan?) es otra historia. Y no tengo la menor idea de si será contada en otra ocasión.

Fotografías: © 2006, Rodolfo Martínez, Jesús Mañoso, Iván Olmedo.

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