La irritante casualidad de los guarismos

No soy supersticioso (que da muy mala suerte serlo, dicen). De hecho, normalmente me tengo por un racionalista extremo que no cree en ninguna de esas zarandajas como el destino, la suerte o los hados, por no mencionar cualquier otra manifestación de lo que podamos considerar sobrenatural. Paso bajo escaleras, rompo espejos, abro paraguas en casa, siempre dejo las tijeras abiertas y no sólo no evito cruzarme en el camino de los gatos negros, sino que no me importa sentarlos en mi regazo y dejar que se acomoden allí si les apetece.

Sin embargo…

Hay algo con los años que acaban en cinco. Algo… turbio, como diría mi buen amigo Chus Parrado. En 1995 hubo importantes cambios en mi carrera como escritor: publiqué mi primera novela, gané un premio literario, empezó a considerárseme por los aficionados al fantástico como un nombre al que había que tener en cuenta y, en general, digamos que mi labor como escritor despegó con fuerza ese año. También en lo personal fue un año importante por muchos motivos; me permitiréis que guarde silencio sobre el particular. A veces a uno lo asaltan extraños ramalazos de pudor victoriano, qué le vamos a hacer.

Y ahora, en 2005, se ha repetido el asunto. No sólo atravieso una fase creativa tan fértil que a mí mismo me sobrecoge, sino que gano el premio Minotauro de Novela Fantástica, publico tres nuevos libros, escribo una nueva novela, estoy en proceso con otra y culmino una novelita corta de fantasía oscura. Y las ideas bullen en mi cabeza con la misma intensidad con la que lo hacían cuando era adolescente. Algo que, por cierto, y si me permitís la pequeña digresión, es curioso. Porque cuando uno empieza con esto de la literatura, parece que lo que le sobran son las buenas ideas y lo que le falta son las herramientas para hacer algo interesante con ellas. Y a medida que uno crece y aprende y va teniendo un poco de experiencia y descubriendo algún truquillo aquí y allá, resulta que las ideas cada vez van apareciendo con más dificultad, como si se hubieran cansado de acudir a un terreno poco adecuado y se buscaran pastos más frescos (lo cual, por cierto, si aceptamos la teoría de cómo funcionan las ideas acuñada por Terry Pratchett en su serie de Mundodisco, quizá no esté muy lejos de la verdad). Sin embargo, en este año que ahora acaba me encuentro en la situación de que las ideas no son, precisamente parcas; y al mismo tiempo, tengo la habilidad para, por fin, sacarles el partido que se merecen. (Ups, eso ha salpicado un poco, como diría una amiga mía. Mis disculpas).

Y en lo personal ha sido un año cuando menos… interesante. Y complicado. Dejémoslo así. A menudo la vieja maldición china (ya sabéis: “ojalá vivas tiempos interesantes”) ha acudido a mi mente a lo largo de estos 364 días. Sin embargo, con todas las complicaciones y problemas que puede traer, prefiero este estado a otros quizá más tranquilos. Como dice otro buen amigo: “Mejor tener algo de lo que quejarte que no tener nada en absoluto”. Y, por otro lado, reconozco que tampoco me quejo. Y no, no es porque sea muy sufrido, que no lo soy, sino porque no creo que tenga motivos para hacerlo.

En fin. Que sigo sin creer en todas esas cosas. Y que un año acabado en cinco no tiene nada de especial. Y que basta pensar un poco para comprender que acaba en cinco de pura chiripa y que de haber vivido en otra cultura, acabaría en siete en nueve o ni siquiera tendría una cifra que lo identificase y sería “el año después de la lluvia brutal tras la muerte del emperador al que le gustaba emascular chinches verdes (pero no blancas ni marrones)”.

Y sin embargo…

Pues eso, que y sin embargo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.