“El señor de los anillos” de los conejos

Vivimos en un mundo en el que, si hay algún problema con la información, es precisamente su exceso. Resulta difícil ponerse a ver una película, leer un libro o un cómic, escuchar un disco sin estar sobre aviso, sin haber oído antes algún comentario y sin tener, más o menos una idea de por dónde van los tiros, de qué es lo que vamos a encontrar.

Las veces que uno se enfrenta a la lectura de un libro sin ninguna información previa son escasas; y más aún lo son las ocasiones en las que se conjuga esa falta de datos con una obra satisfactoria. Cuando ambas condiciones confluyen es como si se produjera un milagro. Ese milagro se produjo para mí con la lectura de La colina de Watership.

Tendría yo unos doce o trece años cuando encontré este libro en la biblioteca de mi abuelo. Su portada me llamó la atención y no precisamente porque me pareciera bonita, sino por todo lo contrario; pese a todo despertó mi curiosidad y empecé a leer. Y antes de saber lo que pasaba, antes de tener siquiera tiempo de preguntarme qué era lo que estaba leyendo, me encontré inmerso en una novela absolutamente deliciosa, en la que cada página era como un descubrimiento, y en la que el aliento épico, la imaginación desbordante y el realismo minucioso se conjugaban tan a la perfección que hasta parecía fácil de hacer.

Estamos ante un relato de corte clásico, que sigue los parámetros del quest, esa estructura tan querida por la literatura de aventuras anglosajona: un grupo de individuos abandonan su hogar en busca de mejores pastos; por el camino pasan por una serie de aventuras, pierden miembros en el grupo y se les incorporan otros, descubren ambientes desconocidos, y al fin llegan a su destino, solo para descubrir que es allí donde les espera la mayor de las dificultades; enfrentados a esta y, por supuesto, triunfantes, nuestros protagonistas pueden tomarse un merecido descanso.

Nada novedoso, pues. Hasta que te das cuenta que los individuos que abandonan su hogar son conejos, que en toda la novela el hombre es visto siempre como una presencia remota y, generalmente maligna, y que lo que nos están contando son las vicisitudes de un grupo de animalitos de campo en busca de una nueva madriguera y sus enfrentamientos (y alianzas) con otros animales. Y la historia está contada desde su propio punto de vista, son los conejos quienes hablan, y los lectores vemos lo que ocurre a través de sus ojos, y sentimos lo que sienten a través de sus necesidades e instintos, distintos a los humanos pero comprensibles por estos.

Aunque supongo que considerada por la crítica como una obra de literatura infantil, en realidad La colina de Watership es uno de los mejores relatos épicos del pasado siglo XX, y el tono de la obra no tiene, afortunadamente, la menor reminiscencia de ese didactismo tonto o ese falso “colegueo” del que están llenas las novelas escritas para el mercado de la literatura infantil. El autor cuenta la historia de su grupo de conejos tal y como ellos la narrarían si pudieran, y no nos ahorra ni los momentos de oscuridad ni las situaciones que desde el punto de vista de un adulto serían consideradas escabrosas para la mentalidad infantil. Adams narra con sencillez, eficacia y honradez y nos envuelve en un relato fantástico que tiene poco o nada que envidiar a las más reconocidas novelas del género.

A veces me gustaría volver a ser ese chaval de trece años para poder leer por primera vez esta obra, para abrir sus páginas sin tener la menor idea de lo que me iba a encontrar en ellas y sumergirme junto a Quinto, Avellano, Pelucón y los demás en sus fascinantes aventuras, para oír a su lado (sentado quizá en la madriguera) las historias sobre el mítico príncipe de los conejos, El-Arairal, y la forma en que con astucia, buen humor y desparpajo consigue siempre eludir y burlar a esos Mil Enemigos que le dan nombre.

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