Al otro lado del mundo

El cuerpo reclinado hacia atrás, el rostro alzado hacia mí, el inicio de una sonrisa en los ojos entrecerrados.

Mi boca explora tu cuello, se detiene en el cartílago dulce de tu oreja, saborea el lóbulo tembloroso, encuentra por fin tus labios donde soy aceptado como un viajero que llega a casa tras un largo viaje.

Mis manos, de dos zarpazos tiernos, hacen desaparecer tu ropa.

Tendida, ansiosa, trémula, me recibes.

Entre tus muslos, me detengo un tiempo interminable.

Tu respiración es un maullido entrecortado. En tu boca, soy devorado, explorado, recorrido, paladeado con una rabia dulce y hambrienta.

Me miras, y dices mi nombre. Tres sílabas absurdas que nunca han sonado tan bien.

Te alzo. Te sostengo. Te dejo caer sobre mí, infinitamente despacio, y me abro camino como si te conociera desde siempre. La curva de tu espalda forma una pregunta dirigida hacia mí y nadie más.

Me miras, absorta en tu placer, y susurras de nuevo mi nombre.

Silencio.

Y el largo y lento ronroneo de tu cuerpo; satisfecho, pero nunca saciado.

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