¿Te quedas o te vas, colega?

Hay ciertos temas que procuro no tocar, porque en cuanto lo haces es fácil empezar a herir susceptibilidades y provocar malos rollos. Así que generalmente, cuando la cuestión nacionalista sale en medio de una conversación procuro no intervenir demasiado, especialmente si hay entre los presentes alguien perteneciente a una de esas comunidades que afirman tener como característica básica un «hecho diferencial» (como si no lo tuviera todo el mundo, pero bueno, mejor abandonamos esa línea de razonamiento). Sin embargo, en los últimos tiempos cada vez me resulta más difícil morderme la lengua. Así que no he podido evitar escribir unos cuantos parrafillos al respecto. He intentado mantener la calma, las formas y no ser demasiado caústico. No sé si lo habré conseguido.

Hay cosas que uno piensa que nunca dirá, pero que acaba diciendo. Y una de ellas, que viene a mi mente cada vez con más frecuencia en los últimos días, ha sido la siguiente: «Con Felipe González, esto no habría pasado».

En el PSOE liderado por Felipe González, Maragall nunca se habría atrevido a abrir la boca ni, mucho menos, a ponerse gallito. A la primera vez que lo hubiera intentado le habría caído una hostia que lo habría dejado temblando y sin ganas de más tonterías. Perdón por mi francés, como se suele decir vulgarmente, pero hay veces que de nada sirve ser sutil.

En el PSOE actual, donde su supuesto líder carece prácticamente de poder alguno real, cada baroncete regional hace y dice lo que le sale de las narices y cada uno de ellos tira para su lado intentando pillarse una porción lo más grande posible del pastel. Y, claro, «a río revuelto, ganancia de pescadores». Mientras un PSOE descabezado, descentralizado y débil se tambalea de aquí para allá, otros grupillos se aprovechan de la situación, se frotan las manos y se preparan para conseguir lo que quieren a costa de lo que sea, mientras el precio, claro, lo paguen otros y no ellos.

Respeto los nacionalismos políticos, si bien no termino de entenderlos del todo. Especialmente esa parte de comportamiento tribal prehistórico que conllevan a veces; por no mencionar la extraña mezcla de complejo de inferioridad y desprecio hacia los demás que a menudo implican. Porque, no lo olvidemos, en general cuando alguien dice «es que somos distintos al resto de los habitantes del país, tenemos unas ciertas peculiaridades» en el fondo lo que está diciendo, sin que se le note demasiado, es que se siente superior a ellos. En cuanto a la parte de complejo de inferioridad, ésta es más evidente aún: alguien que se siente seguro de su legado cultural y de su identidad personal y nacional no necesita estar pregonándola continuamente a los cuatro vientos ni, mucho menos, jugar con ella a hacerse la víctima, tratar de imponérsela a los demás o agitarla como una bandera.

En cualquier caso, me parece de cajón el hecho de que cualquier colectivo tenga como uno de sus derechos básicos el del autogobierno. Si Cataluña o el País Vasco o cualquier otra comunidad no se siente española, sin duda está en su derecho a fundar su propia nación…

Pero, cuidadín, fundarla con todas las consecuencias. El espectáculo al que ahora estamos asistiendo implica quedarse con todo lo bueno de ser una nación independiente pero sin prescindir de ninguna de las ventajas que da ser parte de un estado mayor. O sea, estamos en procesión y repicando. Lo queremos todo.

Y no, colegas, esto no es así. Si quieres seguir siendo parte del Estado español, tendrás que serlo con todas las consecuencias y asumir como propias las leyes básicas de ese estado, una de las cuales, la Constitución, dice que todos sus ciudadanos son iguales ante la ley, sin que puedan hacerse distinciones. Tú no puedes tener privilegios por haber nacido en una parte de España en lugar de en otra.

«Eh», me dice alguien «pero yo aporto a las arcas comunes del Estado más de lo que recibo. Si aporto más es justo que reciba más. Y además, estoy en mi derecho a ser yo quien gestione cómo se gastan mis impuestos». En primer lugar, tu afirmación es discutible. Pero es que, aunque fuera cierta, las cosas no funcionan así; diría además que afortunadamente. Porque si empezamos a aplicar esa misma norma a niveles cada vez más concretos llegaremos a la conclusión de que, dentro de una misma ciudad, la parte más rica aporta más dinero con sus impuestos y, por lo tanto, debe recibir más a cambio. Con lo cual, las partes más ricas de la ciudad serán cada vez más ricas, y las más pobres estarán cada vez más empobrecidas. ¿De qué sirve entonces tener un sistema impositivo? Que cada uno se pague lo suyo si puede permitírselo, y si no es así, que se joda. A la mierda con el concepto de reparto solidario. Un reparto que, evidentemente, debe hacer el estado central, que conoce la situación general y puede decidir con los datos adecuados dónde y en qué momento es necesario invertir más o menos, no en función de lo que hayan pagado, sino de las necesidades generales de todo el país.

Y, como decía antes, si eso no te gusta, si te parece injusto que tú estés pagando más para recibir menos que otros… bueno, tienes, en efecto, la opción del autogobierno. Te vas. Te declaras independiente. Te constituyes como una nación autónoma. Te aseguro que tienes mi apoyo total para hacerlo. No vas a encontrar oposición alguna por mi parte, y afirmaré allí donde haga falta que estás en tu derecho a hacerlo.

Pero, claro, a hacerlo con todas las consecuencias, evidentemente. ¿Cuáles son? Sencillo, te enumero algunas a continuación:

1. Ya no eres parte de España. Por lo tanto, no eres parte de la Comunidad Europea. Eso significa que no puedes acceder a los fondos comunitarios. Y significa también que aquellas de tus empresas que funcionen en territorio europeo (incluida España, por supuesto) serán tratadas como pertenecientes a terceros países y no tendrán los derechos a subvenciones, desgravaciones o lo que sea que sí tendría una empresa europea.

2. Antes de que te vayas, discutamos un momento. Porque, claro, en lo que ahora es tu nación hay una serie de infraestructuras que han sido creadas con el dinero de todos los españoles. Y, a lo mejor, si echamos cuentas, resulta que nos debes unas pesetillas (perdón, unos eurillos) a cambio de esas infraestructuras. Así que negociemos, a ver quién está en deuda con quién. Igual te sorprendes.

3. No tienes acceso a las arcas comunes del estado español. Esas que según tú se llevaban tu dinero y no te daban lo suficiente a cambio. A lo mejor ahora descubres que no era exactamente así.

4. Resulta que tu recién creada nación es deficitaria en… no sé, pongamos, patatas. Tienes que importarlas. Y ya no se trata de traerlas de otra parte del país, sino de importarlas del extranjero. Ya no te cuesta el mismo dinero.

Si pese a todo consideras que esos «pequeños inconvenientes» compensan por el hecho de tener tu propia nación, gobernada por sus propios habitantes y gestionada por ellos, ya lo he dicho, adelante que cuentas con todo mi apoyo. Pero, por favor, no intentes tomarme por tonto: si te vas a ir, hazlo de verdad, con todas las consecuencias. Si te vas de casa, por favor, no me traigas la ropa a lavar, no me asaltes el frigorífico en busca de comida ni me pidas dinero para salir con los amigos los fines de semana. Te has vuelto independiente, te lo has montado por tu cuenta y por tu cuenta saldrás adelante. O no.

¿No es eso lo que quieres? Pues si quieres seguir en casa, tendremos que intentar llevarnos todos bien y que todos los que la habiten tengan los mismos derechos, que ninguno tenga privilegios sobre los otros y, sobre todo, que el dinero que es de todos se reparta de acuerdo a las necesidades de todos.

Así que o estás dentro o estás fuera. Lo de estar dentro cuando te conviene y fuera cuando te favorece… como que no. No está bien, no es ni correcto ni justo. Y, sobre todo, da la impresión de que nos tomas por tontos al resto de los habitantes del país.

Y eso nos cabrea, de verdad. Bastante.

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