Bizantismo recurrente

Ya lo he comentado otras veces: hay ciertas discusiones recurrentes (e indudablemente bizantinas) en el mundillo de aficionados a la ciencia ficción. Que si Heinlein era facha o no. Que si Deckard era un replicante o un humano. Que si nos gustan más los gatos que los perros (los gatos, por supuesto. faltaría más). Que si existen unos baremos objetivos para juzgar el arte… Precisamente esta discusión han reaparecido estos días en la lista de correo de la revista Gigamesh. Como suele ocurrir casi siempre, Julián Díez y yo nos hemos pasado un par de días mostrándonos en desacuerdo el uno con el otro, por más que, en la cuestión general, eso creo, coincidimos y tendemos a disentir en los pequeños detalles. Pero, claro, los detalles son importantes, a menudo definitivos.

En uno de los últimos mensajes que envié a la lista intentaba resumir cuál era mi punto de vista sobre la cuestión. Me parecido que podría ser interesante reproducirlo aquí:

La cuestión es si realmente existen o no unos baremos objetivos para definir si una obra de arte es buena o no y si el hecho de tener unos determinados conocimientos sobre las técnicas que hay tras cualquier obra de arte le facultan a uno, aparte de para el hecho de evidente de poder juzgar cómo han sido aplicadas esas técnicas, para poder decidir si esa obra desde un punto de vista estrictamente estético es buena o no.

Nunca he negado el valor que tiene un buen crítico. Pero desde mi punto de vista un buen crítico lo es, o sea, es bueno, porque lo ha demostrado con sus críticas, tomándose la molestia de argumentar sus opiniones y, además, haciéndolo bien y de un modo convincente. Y no porque tenga unas determinadas cualificaciones académicas que le facultarán para saber lo que es una sinécdoque y cuantos puntos de vista narrativos ha usado el autor, pero para poco más.

En mi experiencia de cinco años en la Facultad de Filología (que, evidentemente, es una experiencia personal y sin vocación alguna de convertirse en universal e inatacable) eso es lo único que adquieres en la universidad: conocimientos, información, datos. Conocimientos, información y datos que te permiten situar la obra en un contexto histórico o social, saber adscribirla a un género, a una corriente o a una escuela literaria, realizar un análisis filológico y analizar el modo en el que el autor usa determinadas técnicas narrativas, poéticas, dramáticas…

Todo eso es muy interesante, e incluso importante. Jamás se me ocurriría negar la importancia que tienen los conocimientos: son la base para adquirir todo lo demás. Pero la base no garantiza “todo lo demás”. Y, por otro lado, hay otros métodos de adquirir esos mismos conocimientos distintos a los académicos.

En cualquier caso, la información, los datos no te dan ni un ápice de “criterio estético”. La mera erudición no es cultura. Por supuesto debería proporcionarte una serie da criterios históricos, lingüísticos y de otras clases que, evidentemente, te resultarán útiles y a veces necesarios, pero nada más.

En realidad, lo máximo que te permite lo que has aprendido en la facultad (y está bien que así sea, pues sobre el papel, esa es su pretensión) es explicar cómo una obra consigue determinados efectos. Recalco lo de “explicar”. No emitir un juicio de valor sobre si esa obra es buena o mala. Y explicar siempre teniendo en cuenta que esa explicación es válida y correcta para una época y en una sociedad determinada y que probablemente no lo sería con parámetros espacio-socio-temporales distintos.

Por otro lado, el arte tiene una pretensión bien clara y definida: proporcionar placer al público al que va destinado. (Y en este contexto hay que entender “placer” como un término muy amplio que abarca dfisfrute, entretenimiento, emoción, reflexión y un montón de cosas más). Y que ese placer va a depender en una gran medida de las características del público que recibe la obra. Cosas que hoy a nosotros nos parecen “indudablemente” buenas, sometidas al juicio del público de otras épocas y otras sociedades pueden parecer auténticas bazofias y viceversa.

¿Quiénes tenían razón, los griegos con su obsesión porque cada cosa debía ir en su sitio y uno no debe mezclar tragedia con comedia o prosa con verso, o nosotros para los que eso es irrelevante mientras el autor nos de otras cosas? Me temo que ninguno de los dos. Cada sociedad desarrolla unos estándares de lo que es el buen o el mal gusto, y sólo son aplicables a esa sociedad: fuera de ella carecen de sentido. Es decir, son una convención, un consenso y, por definición, algo subjetivo. Que, además, va a ir cambiando, a medida que la sociedad que desarrolló esos estándares cambie.

Negarse a ver que el hecho artístico y su valoración estética es algo fundamentalmente subjetivo (por más que detrás haya aspectos que pueden ser considerados, con muchas comillas, “objetivos”, como el dominio de determinadas técnicas) me resulta francamente incomprensible.

¿Quiero decir con eso que la crítica no sirve para nada, que mejor nos limitamos todos a decir “esto me mola/esto no” y Santas Pascuas?

No, en absoluto. La crítica es útil.

Es útil la mal llamada “crítica científica” (y digo “mal llamada” porque intenta aplicar ciertos aspectos del método científico a lugares donde, con ciertos cambios, sí que pueden ser aplicados -de nuevo los aspectos lingüísticos, técnicos, narrativos, el uso de metáforas… etc, en el caso concreto de la literatura-, pero no contenta con eso se permite intentar aplicar el métedo científico a aspectos del arte que no son cuantificables: los estéticos y el goce que pueden proporcionar al lector) por cuanto un buen análisis de una obra determinada puede ayudar a comprenderla mejor y, quizá, a disfrutarla más.

Y es útil la crítica puramente periodística (que es la que solemos ver en el día a día) pues si el crítico se toma la molestia de hacer su trabajo con un mínimo de seriedad (lo que, desde mi personalísimo y seguro que intransferible estándar, significa ser consciente de que está dando una opinión y que su deber es argumentarla para que tenga alguna validez mayor que el papel en el que está escrita) puede ser una guía útil para el lector en un mundo en el que se publica demasiado y no hay tiempo material para leerlo todo.

Pero creo que hay que tener en cuenta, siempre, que cualquier valoración crítica (sobre todo si esa valoración crítica implica, no sólo un análisis, sino un juicio de valor de la obra criticada) es, una vez eliminado todo lo no esencial, una opinión. Y que, como tal opinión, su valor es relativo y depende de un montón de cosas, muchas de ellas difícilmente cuantificables.

Con lo cual llegamos de nuevo a si algunas opiniones son mejores que otras. No sé si el término “mejores” es el más adecuado. Pero sí que tengo claro que hay opiniones que están mejor fundamentadas y mejor argumentadas que otras, y que esas opiniones me merecen más crédito que las que no lo están.

Pero esas opiniones mejor fundamentadas pueden haber sido emitidas por el tipo del quiosco que tengo debajo de casa, por un catedrático de literatura o por el loro de mi vecina, eso es irrelevante. Como lector, lo que me importa es la opinión en sí y lo buena o lo mala que sea la argumentación que hay detrás, no quien la ha emitido.

Es decir, una opinión es tan buena como los argumentos (y, por supuesto, los conocimientos del tema acerca del que está hablando) que hay detrás de esa opinión. Pero nunca, jamás, por una cuestión de pura “autoridad”, nunca con el argumento -si es que se le puede calificar de tal cosa- de “como soy un experto esto va a misa, no necesito explicar por qué pienso así y si estás en desacuerdo te jodes, y además eres un analfabeto inculto”, ni mucho menos con el argumento (que, de nuevo, difícilmente puede ser calificado como tal) de “la crítica opina unanimemente que esta obra es genial, así que más vale que tú lo pienses también”.

No, amigo. En ambos casos la respuesta es “si quieres convencerme, inténtalo: razona, argumenta, expón y explica”. Y una vez oídos tus razonamientos, argumentos, exposiciones y explicaciones yo, que soy el juez último de mi propio criterio estético, decidiré si me han convencido o no, y si tienes razón o no. En última instancia soy yo, como lector, quien decido si una obra me parece buena, mala, mediocre o genial. Para llegar a esa decisión podré usar determindas ayudas, como una buena crítica, por supuesto, pero en última instancia, lo único que tengo es mi propio criterio y decidiré en base a él, en base a mi estándar personal e intransferible de lo que es la calidad y lo que no -que, como soy humano igual que el crítico y vivo en la misma sociedad que el crítico, es probable que coincida en un amplio porcentaje con su propio estándar, pero no necesariamente-. Nadie puede decidir por mí si una obra de arte es buena o mala. Lo siento, pero no.

Porque la obra de arte está destinada a mí, a mi apreciación y disfrute. Y por tanto, soy tan juez de ella (y, en última instancia tan válido: no olvidemos que al final estamos hablando de algo que no es más que una convención, un artificio; algo que fuera de la sociedad humana carece de sentido) como el más sesudo de los críticos.

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