There and back again

Descubrir que ya no tienes veintipico años, que ya no eres un joven escritor prometedor que busca hacerse un hueco, hambriento de publicar y de hacerse un nombre (aunque sea un “nombrecito”), puede llegar a ser algo francamente incómodo… si es que eres tan tonto de hacer caso a la realidad que insiste en decirte todas esas estupideces. Al fin y al cabo, sigues “crazy after all these years”, aún tratas de buscar cosas nuevas y estás tan hambriento de publicar y hacerte un nombre como hace quince años. Vale que tu cuerpo insiste en llevarte la contraria (por no mencionar que tu pelo está empeñado en huir a algún lugar ignoto), pero ese es su problema, no el tuyo, al fin y al cabo.

Esto iba a ser una crónica de mi visita a Barcelona, con motivo de los actos del cincuenta aniversario de Ediciones Minotauro. Y quizá todavía lo sea, no pierdo la esperanza. Sin embargo, mientras me preparaba para escribir, ha salido al paso esa idea de que, a medida que pasa el tiempo y uno se va volviendo mayor debe ir encajando en ciertos esquemas, comportándose de determinada manera y ajustándose a unos moldes concretos establecidos para cada edad. Algo parecido al dicho aquel de que el que de joven no es progresista es que carece de corazón y el que no es conservador de mayor, es que carece de cabeza. Bueno, a menudo me han acusado de tener menos sensibilidad que un boquerón en conserva y en cuanto a lo de tener cabeza o no… las opiniones suelen ser encontradas y no muy favorables. Así que no voy a empezar a preocuparme por estas cosas, a estas alturas de mi vida.

En realidad, para lo único para lo que me ha servido ir creciendo estos años (y no es poco, me parece) es para haber ido perdiendo el miedo de comportarme tal como soy, que me importe tres narices que me miren con caras raras por la calle o que no se me de una higa el hecho de que no me estoy comportando de acuerdo a lo que se espera de un hombre que acaba de cumplir los cuarenta. O sea, crecer ha servido para sentirme a gusto conmigo mismo, y al cuerno con todo lo demás.

No es que estos días pasado en Barnacity hayan sido los causantes de que me dé cuenta de ello. Es algo que ya sé desde hace unos años. Pero quizá sí que le he dado vueltas al asunto mientras me paseaba por las ramblas, me tomaba algo en una terraza en Plaza Cataluña o asistía intentando no perder los estribos a algún que otro comportamiento maleducado que se intentaba disfrazar tras el “respeto al hecho diferencial” con más bien poca fortuna. Pero no, no voy a despeñarme ahora por los peligrosos abismos de la diatriba política (por más que ciertos comportamientos prepotentes estén pidiendo a gritos eso y muchas otras cosas). Dejémoslo para otro día.

Como decía, durante estos días en Barcelona he aprovechado para pensar un poco en el asunto. También he aprovechado para hacer otras cosas, evidentemente. Ver a los amigos. Participar en los actos del cincuentenario de Minotauro. Comprar algún libro y algo de merchandising (bueno, no gran cosa, en realidad, un nueva camiseta de Superman nada más). Pasear. Comer (bastante bien, en general). Tomar algo en una terraza. Discutir sobre lo divino y lo humano, contar chistes, hablar mal de algunas personas que se lo merecen, y bien de otras que sin duda se lo han ganado. Poner cara de poker y morderme la lengua ante ciertos comentarios supuestamente “bien informados” a los que, sin embargo, les faltaban piezas vitales de información. Adquirir algo de perspectiva sobre algunas cosas. Hablar (demasiado brevemente, eso sí) con alguno de mis editores sobre mis posibles nuevos libros. Compartir nostalgias, anécdotas, filias y fobias.

Pasarlo bien, en una palabra. O sea, en dos.

Y, de vez en cuando, preguntarme cómo he llegado a ser lo que soy y hasta qué punto me siento a gusto con ello. La respuesta, no muy difícil, la verdad, es que sí, que me siento a gusto. Muy a gusto. Tanto que, salvo en dos o tres detalles, soy la persona que quería ser hace unos veinticinco años; entonces no tenía ni la experiencia ni, seguramente, el valor para serlo. Y, para llegar a ello he tenido que pasar por varios accidentes, errores, crisis y replanteamientos vitales que no merece la pena ni mencionar. Al fin y al cabo, quién no ha pasado por algo más o menos similar.

En cuanto al hecho de no ser lo que, supuestamente, se espera de mí, reconozco que es muy gratificante. Quizá demasiado. Hay un punto de vanidad en mirar a mi alrededor y ver que no termino de encajar en el molde. Una punzada de orgullo; seguramente tonto, puede que inmaduro. Pero agradable, qué demonios.

Sigo llevándome mal con el concepto autoridad (sobre todo cuando esa autoridad se limita a ordenar y no razona ni argumenta sus órdenes). Continúo discrepando con buena parte de los conceptos éticos y morales que la sociedad en la que vivo da por buenos. No puedo decir que viva como me da la gana, claro, quién puede decirlo: pero sí que lo intento en la medida de mis posibilidades y reconozco que suelo conseguirlo más veces de las que fracaso. Y, sobre todo, procuro que mis únicas deudas sean con aquellas personas a las que yo mismo he decidido convertir en importantes en mi vida y con nadie más.

En cuanto a las apariencias, las miradas de incomprensión o reprobación por no estar haciendo lo que se espera de un adulto sensato y asentado de mi edad, en las inmortales palabras de Rhett Butler: “Frankly, dear, I don’t give a damm”.

Fotografías: © 2005, Marisa Cuesta.

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