Saber y sentir

Saber algo con la cabeza es una cosa; saberlo con las tripas, otra muy distinta.

Siempre he sabido que era un adicto. Bueno, soy un adicto a muchas cosas, claro. A escribir, a la lasaña de carne del Vesubio, al sashimi, a la música de Oldfield, a la comida basura, al cómic de superhéroes, al surrealismo más desenfrenado del ’27, a las chaquetas de cuero y la ropa negra, al cine porno, al space opera cañero y sin complejos, a la más inverosímil pareja de policías de todos los tiempos interpretada por Mel Gibson y Danny Glover, a Tolkien, a Star Wars, a la lubina a la espalda de El Planeta, a Superman… A muchas cosas.

Pero en este caso concreto, hablo del tabaco.

Como decía, siempre he sido consciente de que era un adicto.

Y sin embargo, eso no es cierto. Porque lo sabía con la cabeza. Pero hasta que no he dejado de fumar, hace poco más de una semana, no he comprendido realmente que lo era. No fue hasta no experimentar el ansia física, casi irrefrenable, de encender un cigarrillo y aspirar las primeras bocanadas como si hubiera estado a punto de ahogarme y sólo entonces, con el humo entrando en mis pulmones, consiguiera por fin respirar. Y luego, pasado ya el “mono” físico, esas ocasionales punzadas de deseo, esos momento en los que sientes que, joder, qué bien estarías ahora mismo con un cigarillo entre los labios.

Hasta entonces no comprendí realmente lo enganchado que estaba. Como decía Arturo en Excalibur: “Ignoraba el vacío de mi existencia hasta que la he llenado”. Pues algo parecido, pero al revés.

Sí, curioso. Somos criaturas supuestamente racionales. Eso es lo que nos define, dicen. Pero en realidad, no conocemos realmente las cosas, no las sentimos como auténticamente ciertas hata que no las experimentamos con nuestras vísceras. Hasta que no sentimos, no sabemos.

Es algo que ya sabía. Pero que, en realidad, hasta que no lo he sentido, no lo he sabido de verdad.

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