Por decir algo

Cuando inicié esta “segunda edición” de Escrito en el agua, tenía muy claro lo que iba a ser. De hecho, al igual que lo había sido en mi página anterior, deseaba que fuera simplemente una columna de opinión donde pudiera eyacular (iba a decir “verter”, pero para el caso…) mis pensamientos sobre lo que pasa en el mundo (nada bueno, por lo general), en la literatura (alguna cosilla que merece la pena, de vez en cuando) o el cine (que te da sorpresas cuando menos te lo esperas; porque, claro, de no ser así, no serían sorpresas). Vamos, hablar de los temas que me interesan y compartirlos con la gente, poca o mucha, a la que le diese por pasar por aquí. Y ahí es donde entra el componente inevitablemente arrogante y pagado de sí mismo de cualquier blog (o cualquier actividad “creativa” destinada a un público): creer que existe gente a la pueden interesarle mis opiniones sobre esos temas.

Pero bueno, al fin y al cabo, soy escritor: estoy acostumbrado (sea cierto o no) a considerar que a la gente le interesa lo que tengo que decir y que hasta, a veces, están dispuestos a pagar por leer cómo lo digo.

Tenía muy claro también que éste no sería un blog al uso, de esos donde uno decide hacer de psiquiatra de sí mismo y se pone a airear alegremente al mundo sus neurosis personales y sus obsesiones íntimas; o uno de esos donde te miras el ombligo (y ocasionalmente bajas la vista a la entrepierna y, coño, descubres que ahí hay algo y que a lo mejor hasta tiene utilidad) y les dices a los demás lo guapo que lo tienes, lo de puta madre que está colocado y lo impresionantemente atractivo que te resulta a ti mismo (y cómo tú, por definición, tienes buen gusto, si los demás no comparten esa opinión es que no tienen ni puta idea de nada). No, nada de esos blogs donde uno muestra el contenido de sus bolsillos, habla del último juguetito tecnológico que se compró o comenta su homérico viaje a Carrefour en busca de una lata de espárragos.

El hombre propone y Dios dispone, claro. O, como decía John Lennon (tipo que nunca me ha caído demasiado bien, pero que en los últimos tiempos estoy viéndome condenado a citar una y otra vez) Life is what happens to you while you’re busy making other plans (que en cristiano quiere decir que ya puedes planear todo lo que quieras, que cuando llegue el momento la vida se encargará de llevarte por donde ni habías pensado ni querías ir; o a lo mejor sí que querías, pero no sabías que se podía ir).

No es que haya convertido mi blog en un lugar donde expurgar mis neurosis personales o donde demostrar a los demás la vida tan interesante que llevo (lo cual me recuerda una cosa: si uno llevase realmente una vida interesante, ¿iba a perder el tiempo contándoselo a los demás en lugar de disfrutarla? Para mí que no), lo listo que soy. En general, si uno repasa los contenidos, verá que me he limitado a hablar de libros, películas, cómics o discos que me gustan y a intentar explicar por qué, sin tratar demasiado de hacerme el ingenioso y sólo ocasionalmente el gracioso. De vez en cuando he comentado cosas chocantes de la realidad que me rodea y pocas veces he hablado de mí mismo en plan “querido diario”, aunque sí que me he mostrado algo críptico en algún momento. Sin embargo, creo que más o menos la línea en plan “columna de opinión” ha sido preponderante y, por tanto, debería sentirme satisfecho de cómo me está quedando el asunto.

Y lo estoy.

Y no lo estoy.

Porque en los últimos tiempos estoy descubriendo que lo que me pide el cuerpo es, simplemente, hablar. Pillar el teclado y escribir una cosilla no muy larga hablando tranquilamente (o exaltadamente) de lo que me salga de las narices. Eso no quita para que deje de comentar libros, cómics o películas (ya que estamos, tenéis que ver El hundimiento, peaso peliculón, Dios mío) que me resultan interesantes. Pero, cada vez con más frecuencia, lo que me apetece es, simplemente, hablar de lo que sea.

Con esto no quiero decir que este Escrito en el agua vaya a sufrir un vertiginoso e inesperado cambio de orientación (lo que debería sufrir es una recuperación de la frecuencia con la que lo actualizo, me diréis, y razón no os falta; pero normalmente que uno tenga razón no suele servir para que le hagan caso, así que armaos de paciencia, niños y niñas). O a lo mejor sí.

En realidad, no sé muy bien qué quiero decir. Digamos que, hace como unos diez minutos, me senté al teclado y me apeteció escribir algo.

Y esto es lo que ha salido.

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