Sondela

Acabo de terminar (más o menos: luego vendrá el inevitable ciclo de correcciones y revisiones) quizá lo más extraño que he escrito en mi vida. Extraño no porque, eso creo, a los lectores les vaya a resultar difícil de leer, poco comprensible o estrafalario, sino por el modo en que ha surgido y, sobre todo, la forma en se ha ido escribiendo, casi diríamos que por sí mismo.

Todo empezó con una idea de mi amigo Sergio Iglesias para un escenario de futuro cercano en el que magia y tecnología conviven de forma incómoda en un mundo que está cambiando de un modo imprevisible. Sergio fue lo bastante amable para ofrecer su escenario a quien quisiese usarlo y confieso que no pude resistir la tentación de aprovechar la oportunidad. En principio, mi idea era escribir sencillamente una novelita corta en la que se presentase ese mundo que Sergio había diseñado y que, más o menos, dejara esbozadas sus principales características.

Empecé a escribir a principios de mayo. Pero no pasé de las siete páginas.

Luego, en julio, mientras iba de camino al trabajo, volví sobre la idea y empecé a darle vueltas en la cabeza. De pronto, me di cuenta del enfoque que podía darle, hacía dónde podía dirigir la historia y, sobre todo, cuáles serían las relaciones de los distintos personajes. Todo encajó con una facilidad pasmosa.

Dos días más tarde había escrito unas ochenta páginas.

Estaba agotado. Emocional e intelectualmente. Lo segundo no creo que necesite explicación. Lo primero se debió al hecho de que, casi sin pretenderlo, empecé a poner gran parte de mí mismo en lo que escribía y, al hacerlo, me descubrí en una especie de “meseta emocional” intensa y agotadora que, sin embargo, no me permitía dejar de escribir mientras no hubiera contado lo que tenía que contar.

Y, así, agotado como estaba, descubrí que no podía detenerme. De aquella primera novela corta surgieron nuevas historias y cada relato que escribía me iba dando pistas para el siguiente. Cada nueva pieza de información que aportaba sobre el pasado, las relaciones, los movimientos de mis personajes, me hacían descubrir cuál sería el siguiente paso del camino. De ese modo, en algo menos de mes y medio fui escribiendo una serie de relatos entrelazados (poco más de trescientas páginas en total) que iban contando algo que me afectaba muy de cerca y que, en cierto modo, sentía real como nada que hubiese escrito antes. Cada historia estaba contada de un modo distinto, jugando con el modo de narrar, las voces, los puntos de vista, el tiempo, y sin embargo, el todo mantenía una unidad temática y argumental lo bastante consistente para ser considerada una novela. Al mismo tiempo, me preocupaba que ese juego estilístico no fuera vacío, que viniera a cuento, que en cierto modo el relato en sí, la anécdota que estaba contando, demandase esa forma concreta de narrar.

Creo que lo he conseguido. Y las reacciones de las personas que lo han leído hasta ahora son lo bastante positivas para que piense que no estoy equivocado. Lo cierto es que me resulta difícil juzgar este material. Estoy demasiado cerca de él. Si he tenido éxito, probablemente será una de las mejores cosas que he escrito en estos veintiocho años que llevo tramando historias y pasándolas al papel. Si he fracasado… bueno, aprenderé para la próxima vez.

En cualquier caso, esta estraña novela episódica (a la que he titulado Sondela) ha tenido ocupados mis pensamientos casi al cien por cien en el último mes y medio. Probablemente a causa de eso, no he sido una compañía demasiado buena. Y, ahora que he acabado, siento una extraña sensación de vacío, como si un hijo se me acabara de ir de casa y fuese a tardar en volver.

Soy un escritor básicamente intuitivo. Generalmente, sé cuándo lo que estoy escribiendo funciona y cuándo no, pero raras veces sé explicar por qué lo hace o deja de hacerlo. Creo que Sondela funciona. Lo ha hecho para mí, desde luego, a un nivel muy personal, pero creo que lo hará tambien para los lectores cuando (o si) sea publicada.

Seguiremos hablando entonces.

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