Alta fidelidad (demasiada)

Nunca estamos contentos. Llevamos años quejándonos de lo poco fieles que son las adaptaciones del cómic a la pantalla (que si a Batman le cambian el traje, que si Kingpin es negro, que si Lobezno resulta demasiado alto) y ahora, cuando nos encontrarmos con una película en la que, casi viñeta a viñeta, se ha traducido el cómic original a la pantalla cinematográfica, respetando no sólo la estética, el aspecto de los personajes la narrativa y, a veces, hasta los encuadres, vamos y nos quejamos de que resulta demasiado fiel.

Pero es que es así. Lo que funciona en cómic no lo hace necesariamente en cine. Ciertos diálogos (o, como en el caso de Sin City, monólogos) que resultan creíbles y narrativamente eficaces al ser leídos, chirrían al oírlos en voz alta y pierden toda su carga dramática. Determinados acontecimientos (el atropello sucesivo de Marv a cargo de Wendy, por ejemplo) no sólo quedan bien el cómic cuando se exageran, sino que a veces es necesario exagerarlos para que tengan toda la intensidad necesaria. En cambio, si lo haces exactamente igual en el cine, el resultado es grotesco y a menudo (y contra las intenciones del director) hilarante.

Aclaro que he disfrutado con la adaptación cinematográfica de Sin City: su lograda estética (artificial pero convincente), su extrema y estilizada violencia, el ritmo de la narración y, en general, ese aire que tiene de “hard boiled postmoderno” que ya estaba en el cómic original de Miller. Sin embargo, para que la película terminase de funcionar como tal película, un poco menos de fidelidad al original habría sido deseable. Tan sólo un poco. Un “pelín”, delicada unidad de medida que, como dijo cierta vez un militar español, depende mucho de otra medida no menos delicada llamada “ojo de buen cubero”.

Y es que los aficionados nunca estamos contentos con nada, hombre. Seremos cabrones.

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